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La venganza

Leonardo Santill谩n

Ella dorm铆a satisfecha, como sin culpa ni preocupaciones. Ocupaba casi toda la cama como siempre. Esta vez 茅l estaba despierto, sentado en un rinc贸n, con el ment贸n apoyado en sus rodillas y los ojos lacrimosos. Un haz de luz se colaba por un agujero de la vieja persiana blanca y hac铆a relucir, de a ratos, el cuchillo que sosten铆a su nerviosa mano izquierda. Deb铆an de ser las ocho y media, no m谩s. Afuera estaba nublado.

No apartaba la vista del cuerpo casi perfecto de su esposa. Reconocer esa perfecci贸n lo llevaba, inconscientemente, a asir con fuerza el mango del cuchillo; no advert铆a siquiera como se tensaban los tendones de su mano. Ese mismo cuerpo que a帽os antes lo hab铆a seducido, ahora le provocaba odio y rabia.

Se incorpor贸 y fue a hasta la cocina. Abri贸 la alacena, y detr谩s de unos paquetes de arroz sac贸 una botella de vodka. Sirvi贸 una medida en un vaso, pero termin贸 bebiendo del pico, un trago, dos, tres. Sinti贸 como un fuego l铆quido penetraba en su organismo. Intent贸 dejar de pensar, pero el alcohol era como una brisa que avivaba a煤n m谩s las llamas de sus recuerdos. Volvi贸 a sentarse, aunque para 茅l haya sido dejarse caer. Qued贸 apoyado contra la heladera, agarrando la botella con las dos manos. El cuchillo hab铆a quedado sobre la mesada. Bebi贸 un trago m谩s y las l谩grimas desbordaron sus ojos, que segu铆an destilando rabia e impotencia. Quiso evitar un sollozo pero no lo logr贸, y eso lo enoj贸 consigo mismo. Hab铆a jurado no permit铆rselo.

Se levant贸 ayud谩ndose con una mano. Cambi贸 la botella por el cuchillo y se dirigi贸 hacia la habitaci贸n. Ella estaba en otra posici贸n. Las s谩banas se hab铆an corrido hasta casi caerse de la cama, y ahora s贸lo cubr铆an sus piernas.

Recorri贸 el cuerpo de su esposa con la vista nublada. Primero los gl煤teos, luego la espalda y finalmente el pelo y el rostro. Reprimi贸 un nuevo sollozo. Ella, so帽olienta, se movi贸 un poco, como queriendo darse vuelta y eso lo alarm贸; no quer铆a que se despertara, no lo soportar铆a.

Sab铆a que deb铆a tomar una decisi贸n en ese preciso segundo, aunque no hab铆a podido hacerlo durante toda una noche. Ella despert贸 y se asust贸 al sentir la presencia de su esposo en la oscuridad de la habitaci贸n. Sus pupilas se contrajeron, como buscando una imagen m谩s n铆tida. La sobresalt贸 el estado en el que se encontraba su marido y se quiso incorporar, pero 茅l no toler贸 la intenci贸n, cualquiera que haya sido.

Levant贸 el cuchillo ante la mirada horrorizada de su mujer y, dirigi茅ndole una mirada vac铆a, se cort贸 el cuello. Mientras ca铆a pesadamente, unas l谩grimas corr铆an por su rostro y conclu铆an en su boca. Justo antes de morir observ贸 el ataque de nervios de su amada.

Alcanz贸 a pasar la lengua por sus labios y el sabor de la venganza le result贸 agradable.



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