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La tempestad de nieve

Alexandr Puchkin

A finales de 1811, en tiempos de grata memoria, viv√≠a en su propiedad de Nenar√°dovo el bueno de Gavrila Gavr√≠lovich R**. Era famoso en toda la regi√≥n por su hospitalidad y car√°cter afable; los vecinos visitaban constantemente su casa, unos para comer, beber, o jugar al boston a cinco kopeks con su esposa, y otros para ver a su hija, Mar√≠a Gavr√≠lovna, una muchacha esbelta, p√°lida y de diecisiete a√Īos. Se la consideraba una novia rica y muchos la deseaban para s√≠ o para sus hijos.

María Gavrílovna se había educado en las novelas francesas y, por consiguiente, estaba enamorada. El elegido de su amor era un pobre alférez del ejército que se encontraba de permiso en su aldea. Sobra decir que el joven ardía en igual pasión y que los padres de su amada, al descubrir la mutua inclinación, prohibieron a la hija pensar siquiera en él, y en cuanto al propio joven, lo recibían peor que a un asesor retirado.

Nuestros enamorados se carteaban y todos los d√≠as se ve√≠an a solas en un pinar o junto a una vieja capilla. All√≠ se juraban amor eterno, se lamentaban de su suerte y hac√≠an todo g√©nero de proyectos. En sus cartas y conversaciones llegaron a la siguiente (y muy natural) conclusi√≥n: si no podemos ni respirar el uno sin el otro y si la voluntad de los crueles padres entorpece nuestra dicha, ¬Ņno podr√≠amos prescindir de este obst√°culo? Por supuesto que la feliz idea se le ocurri√≥ primero al joven y agrad√≥ much√≠simo a la imaginaci√≥n rom√°ntica de Mar√≠a Gavr√≠lovna.

Llegó el invierno y puso término a sus citas, pero la correspondencia se hizo más viva. En cada carta Vladímir Nikoláyevich suplicaba a su amada que confiara en él, que se casaran en secreto, se escondieran durante un tiempo y luego se postraran a los pies de sus padres, quienes, claro está, al fin se sentirían conmovidos ante la heroica constancia y la desdicha de los enamorados y les dirían sin falta:

-¬°Hijos, vengan a nuestros brazos!

Mar√≠a Gavr√≠lovna dud√≥ largo tiempo; se rechazaron muchos planes de fuga. Pero al final acept√≥: el d√≠a se√Īalado deb√≠a no cenar y retirarse a sus habitaciones bajo la excusa de una jaqueca. Su doncella estaba en la conspiraci√≥n; las dos ten√≠an que salir al jard√≠n por la puerta trasera, tras el jard√≠n llegar hasta un trineo listo para partir y dirigirse a cinco verstas de Nenar√°dovo, a la aldea de Zh√°drino, directamente a la iglesia, donde Vlad√≠mir las estar√≠a esperando.

En v√≠speras del d√≠a decisivo Mar√≠a Gavr√≠lovna no durmi√≥ en toda la noche; arregl√≥ sus cosas, recogi√≥ su ropa interior y los vestidos, escribi√≥ una larga carta a una se√Īorita muy sentimental, amiga suya, y otra a sus padres. Se desped√≠a de ellos en los t√©rminos m√°s conmovedores, justificaba su acto por la invencible fuerza de la pasi√≥n, y acababa diciendo que el d√≠a en que se le permitiera arrojarse a los pies de sus amad√≠simos padres lo considerar√≠a el momento m√°s sublime de su vida.

Tras sellar ambas cartas con una estampilla de Tula, en la que aparecían dos corazones llameantes con una inscripción al uso, justo antes del amanecer, se dejó caer sobre la cama y se quedó adormecida. Pero también entonces a cada instante la desvelaban imágenes pavorosas. Ora le parecía que en el momento en que se sentaba en el trineo para ir a casarse, su padre la detenía, la arrastraba por la nieve con torturante rapidez y la lanzaba a un oscuro subterráneo sin fondo... y ella se precipitaba al vacío con un inenarrable pánico en el corazón. Ora veía a Vladímir caído sobre la hierba, pálido y ensangrentado. Y éste, moribundo, le imploraba con gritos estridentes que se apresurara a casarse con él... Otras visiones horrendas e insensatas corrían una tras otra por su mente.

Por fin se levant√≥, m√°s p√°lida que de costumbre y con un ya no fingido dolor de cabeza. Sus padres se apercibieron de su desasosiego; la delicada inquietud e incesantes preguntas de √©stos -¬ę¬ŅQu√© te pasa, Masha? Masha, ¬Ņno estar√°s enferma?¬Ľ- le desgarraban el coraz√≥n. Ella se esforzaba por tranquilizarlos, por parecer alegre, pero no pod√≠a.

Lleg√≥ la tarde. La idea de que era la √ļltima vez que pasaba el d√≠a entre su familia le oprim√≠a el coraz√≥n. Estaba medio viva: se desped√≠a en secreto de todas las personas, de todos los objetos que la rodeaban. Sirvieron la cena. Su coraz√≥n se puso a latir con fuerza. Con voz temblorosa anunci√≥ que no le apetec√≠a cenar y se despidi√≥ de sus padres. √Čstos la besaron y la bendijeron, como era su costumbre: ella casi se echa a llorar. Al llegar a su cuarto se arroj√≥ sobre el sill√≥n y rompi√≥ en llanto. La doncella la convenc√≠a de que se calmara y recobrara el √°nimo. Todo estaba listo. Dentro de media hora Masha deb√≠a dejar para siempre la casa paterna, su habitaci√≥n, su callada vida de soltera...

Afuera hab√≠a nevasca. El viento ululaba, los postigos temblaban y daban golpes; todo se le antojaba una amenaza y un mal presagio. Al poco en la casa todo call√≥ y se durmi√≥. Masha se envolvi√≥ en un chal, se puso una capa abrigada, tom√≥ su arqueta y sali√≥ al porche trasero. La sirvienta tras ella llevaba dos hatos. Salieron al jard√≠n. La ventisca no amainaba; el viento soplaba de cara, como si se esforzara por detener a la joven fugitiva. A duras penas llegaron hasta el final del jard√≠n. En el camino las esperaba el trineo. Los caballos, ateridos de fr√≠o, no paraban quietos; el cochero de Vlad√≠mir se mov√≠a ante las varas, reteniendo a los briosos animales. Ayud√≥ a la se√Īorita y a su doncella a acomodarse y a colocar los bultos y la arqueta, tom√≥ las riendas, y los caballos echaron a volar.

Tras encomendar a la se√Īorita al cuidado del destino y al arte del cochero Terioshka, prestemos atenci√≥n ahora a nuestro joven enamorado.

Vlad√≠mir estuvo todo el d√≠a yendo de un lado a otro. Por la ma√Īana fue a ver al sacerdote de Zh√°drino, consigui√≥ persuadirlo, luego se fue a buscar padrinos entre los terratenientes del lugar. El primero a quien visit√≥, el corneta retirado Dravin, un hombre de cuarenta a√Īos, acept√≥ de buen grado. La aventura dec√≠a que le recordaba los viejos tiempos y las calaveradas de los h√ļsares. Convenci√≥ a Vlad√≠mir de que se quedara a comer con √©l y le asegur√≥ que con los otros dos testigos no habr√≠a problema. Y, en efecto, justo despu√©s de comer se presentaron el agrimensor Schmidt, con sus bigotes y sus espuelas, y un muchacho de unos diecis√©is a√Īos, hijo del capit√°n jefe de la polic√≠a local, que hac√≠a poco hab√≠a ingresado en los ulanos. Ambos no s√≥lo aceptaron la propuesta de Vlad√≠mir sino incluso le juraron estar dispuestos a dar la vida por √©l. Vlad√≠mir los abraz√≥ lleno de entusiasmo y se march√≥ a casa para hacer los preparativos.

Hac√≠a tiempo que ya era de noche. Vlad√≠mir envi√≥ a su fiel Terioshka con la troika a Nenar√°dovo con instrucciones detalladas y precisas, y para s√≠ mismo mand√≥ preparar un peque√Īo trineo de un caballo, y solo, sin cochero, se dirigi√≥ a Zh√°drino, donde al cabo de unas dos horas deb√≠a llegar tambi√©n Mar√≠a Gavr√≠lovna. Conoc√≠a el camino y s√≥lo tendr√≠a unos veinte minutos de viaje.

Pero, en cuanto Vlad√≠mir dej√≥ atr√°s las casas para internarse en el campo, se levant√≥ viento y se desat√≥ una nevasca tal que no pudo ver nada. En un minuto el camino qued√≥ cubierto de nieve, el paisaje desapareci√≥ en una oscuridad turbia y amarillenta a trav√©s de la que volaban los blancos copos de nieve; el cielo se fundi√≥ con la tierra. Vlad√≠mir se encontr√≥ en medio del campo y quiso in√ļtilmente retornar de nuevo al camino; el caballo marchaba a tientas y a cada instante daba con un mont√≥n de nieve o se hund√≠a en un hoyo; el trineo volcaba a cada momento. Vlad√≠mir no hac√≠a otra cosa que esforzarse por no perder la direcci√≥n que llevaba. Pero le parec√≠a que ya hab√≠a pasado media hora y a√ļn no hab√≠a alcanzado el bosque de Zh√°drino. Pasaron otros diez minutos y el bosque segu√≠a sin aparecer. Vlad√≠mir marchaba por un llano surcado de profundos barrancos. La ventisca no amainaba, el cielo segu√≠a cubierto. El caballo empezaba a agotarse, y el joven, a pesar de que a cada momento se hund√≠a en la nieve hasta la cintura, estaba ba√Īado en sudor.

Al fin Vladímir se convenció de que no iba en la buena dirección. Se detuvo, se puso a pensar, intentando recordar, hacer conjeturas, y llegó a la conclusión de que debía doblar hacia la derecha. Torció a la derecha. Su caballo apenas avanzaba. Ya llevaba más de una hora de camino. Zhádrino no debía estar lejos. Marchaba y marchaba, y el campo no tenía fin. Todo eran montones de nieve y barrancos: el trineo volcaba sin parar y él lo enderezaba una y otra vez. El tiempo pasaba; Vladímir comenzó a preocuparse de veras.

Por fin algo oscuro asomó a un lado. Vladímir dio la vuelta hacia allá. Al acercarse vio un bosque. Gracias a Dios, pensó, ya estamos cerca. Siguió a lo largo del bosque con la esperanza de llegar en seguida a la senda conocida o de rodearlo; Zhádrino se encontraba justo detrás. Encontró pronto la pista y se internó en la oscuridad de los árboles que el invierno había desnudado. Allí el viento no podía campar por sus fueros, el camino estaba liso, el caballo se animó y Vladímir se sintió más tranquilo.

Y sin embargo, seguía y seguía, y Zhádrino no aparecía por ninguna parte: el bosque no tenía fin. Vladímir comprobó con horror que se había internado en un bosque desconocido. La desesperación se apoderó de él. Fustigó el caballo, el pobre animal primero se lanzó al trote, pero pronto comenzó a aminorar la marcha y al cuarto de hora, a pesar de todos los esfuerzos del desdichado Vladímir, avanzó al paso.

Poco a poco los árboles comenzaron a clarear y Vladímir salió del bosque: Zhádrino no se veía. Debía de ser cerca de la medianoche. Las lágrimas saltaron de sus ojos, y marchó a la buena de Dios. El temporal se calmó, las nubes se alejaron, ante él se extendía una llanura cubierta de una alfombra blanca y ondulada. La noche era bastante clara. Vladímir vio no lejos una aldehuela de cuatro o cinco casas y se dirigió hacia ella. Junto a la primera isba saltó del trineo, se acercó corriendo a la ventana y llamó. Al cabo de varios minutos se levantó el postigo de madera y un viejo asomó su blanca barba.

-¬ŅQu√© quieres?

-¬ŅEst√° lejos Zh√°drino?

-¬ŅSi est√° lejos Zh√°drino?

-¬°S√≠, s√≠! ¬ŅEst√° lejos?

-No mucho. Habr√° unas diez verstas.

Al oír la respuesta Vladímir se agarró de los pelos y se quedó inmóvil, como un hombre al que hubieran condenado a muerte.

-¬ŅY t√ļ, de d√≥nde eres? -prosigui√≥ el viejo.

Vladímir no estaba para preguntas.

-Oye, abuelo -le dijo al viejo-. ¬ŅNo podr√≠as conseguirme unos caballos hasta Zh√°drino?

-¬ŅNosotros, caballos? -dijo el viejo.

-¬ŅPodr√≠as al menos conseguirme un gu√≠a? Le pagar√© lo que pida.

-Espera -dijo el viejo soltando el postigo-. Te mandar√© a mi hijo; √©l te acompa√Īar√°.

Vladímir se quedó esperando. No pasó un minuto que llamó de nuevo a la ventana. El postigo se levantó y apareció la barba.

-¬ŅQu√© quieres?

-¬ŅQu√© hay de tu hijo?

-Ahora sale. ¬ŅNo te habr√°s helado? Entra a calentarte.

-Te lo agradezco. Manda cuanto antes a tu hijo.

Las puertas chirriaron: salió un muchacho con un perro que echó a andar por delante, unas veces indicando el camino, otras buscándolo entre los montones de nieve que lo habían cubierto.

-¬ŅQu√© hora es? -le pregunt√≥ Vlad√≠mir.

-Pronto ha de amanecer -respondió el joven mujik, y Vladímir ya no dijo ni una sola palabra más.

Cantaban los gallos y había amanecido cuando lograron llegar a Zhádrino. La iglesia estaba cerrada. Vladímir pagó al guía y se dirigió a casa del sacerdote. Ante la casa no estaba su troika. ¡Qué noticia le aguardaba!

Pero volvamos a los buenos se√Īores de Nenar√°dovo y veamos que ocurr√≠a all√≠.

Pues nada.

Los viejos se levantaron y fueron al sal√≥n. Gavrila Gavr√≠lovich, con su gorro de dormir y chaquet√≥n de pa√Īo, y Praskovia Petrovna, con su bata guateada. Sirvieron el samovar, y Gavrila Gavr√≠lovich mand√≥ a la muchacha que se fuera a enterar de c√≥mo se encontraba de salud Mar√≠a Gavr√≠lovna y si hab√≠a descansado bien. La muchacha regres√≥ e inform√≥ a los se√Īores que la se√Īorita hab√≠a dormido mal, pero que ahora dec√≠a que se encontraba mejor y que al rato vendr√≠a al sal√≥n. Y, en efecto, la puerta se abri√≥ y Mar√≠a Gavr√≠lovna se acerc√≥ a saludar a su padre y a su madre.

-¬ŅQu√© tal tu cabeza, Masha? -pregunt√≥ Gavrila Gavr√≠lovich.

-Mejor, papá -respondió Masha.

-Seguro que ayer te atufaste -dijo Praskovia Petrovna.

-Puede ser, mamá -contestó Masha.

El d√≠a pas√≥ felizmente, pero por la noche Masha se encontr√≥ muy mal. Mandaron a buscar al m√©dico en la ciudad. √Čste lleg√≥ al anochecer y encontr√≥ a la enferma delirando. Se le declararon unas fuertes calenturas, y la pobre enferma estuvo durante dos semanas al borde de la muerte.

Nadie en la casa sab√≠a del intento de fuga. Las cartas que escribi√≥ la v√≠spera fueron quemadas: su doncella, temiendo la ira de los se√Īores, no dijo nada a nadie. El sacerdote, el corneta retirado, el agrimensor de bigotes y el peque√Īo ulano fueron discretos, y no en vano. Terioshka el cochero nunca dec√≠a nada de m√°s, ni siquiera cuando estaba bebido. De modo que la media docena larga de conjurados guardaron bien el secreto. Pero la propia Mar√≠a Gavr√≠lovna, que deliraba sin parar, lo pon√≠a al descubierto. Sin embargo, sus palabras eran tan confusas que la madre, que no se apartaba de su lado, s√≥lo pudo deducir de ellas que su hija estaba locamente enamorada de Vlad√≠mir Nikol√°yevich y que, probablemente, el amor era la causa de su dolencia.

La mujer consult√≥ con su marido, con algunos vecinos, y, finalmente, todos llegaron a la un√°nime conclusi√≥n de que, al parecer, aquel era el sino de Mar√≠a Gavr√≠lovna, que contra el destino todo es in√ļtil, que la pobreza no es pecado, que no se vive con el dinero sino con el compa√Īero, y as√≠ sucesivamente. Los proverbios morales son asombrosamente √ļtiles en los casos en que, por mucho que lo intentemos, no se nos ocurre nada para justificarnos.

Entretanto, la se√Īorita empez√≥ a reponerse. A Vlad√≠mir hac√≠a mucho tiempo que no se le ve√≠a en casa de Gavrila Gavr√≠lovich. El joven estaba escarmentado por los recibimientos de rigor. Decidieron mandar a buscarlo y anunciarle la inesperada y feliz decisi√≥n: el consentimiento para la boda. ¬°Pero cu√°l no ser√≠a el asombro de los se√Īores de Nenar√°dovo cuando, en respuesta a la invitaci√≥n, recibieron de √©l una carta m√°s propia de un loco! En ella les informaba que jam√°s volver√≠a a poner los pies en aquella casa, y les rogaba que se olvidaran de √©l, pues para un hombre tan desdichado como √©l no quedaba m√°s esperanza que la muerte. Al cabo de unos d√≠as se enteraron de que Vlad√≠mir se hab√≠a incorporado al ej√©rcito. Esto suced√≠a en 1812.

Durante largo tiempo nadie se atrevi√≥ a informar del hecho a la convaleciente Masha. √Čsta nunca mencionaba a Vlad√≠mir. Al cabo ya de varios meses, al descubrir su nombre entre los oficiales distinguidos y gravemente heridos en la batalla de Borodin√≥, Masha se desmay√≥, y se temi√≥ que le retornaran las calenturas. Pero, gracias a Dios, el desmayo no tuvo consecuencias.

Otra desgracia cayó sobre ella: falleció Gavrila Gavrílovich, dejándola heredera de toda la propiedad. Pero la herencia no la consoló; compartió sinceramente el dolor de la pobre Praskovia Petrovna y juró no separarse nunca de ella. Ambas dejaron Nenarádovo, lugar de tristes recuerdos, y se marcharon a vivir a sus tierras de ***.

Tambi√©n aqu√≠ los pretendientes revoloteaban en torno a la hermosa y rica joven: pero ella no daba la m√°s peque√Īa esperanza a nadie. A veces su madre insist√≠a en que deb√≠a elegir al compa√Īero de su vida, pero Mar√≠a Gavr√≠lovna negaba con la cabeza y se quedaba pensativa. Vlad√≠mir ya no exist√≠a: hab√≠a muerto en Mosc√ļ, en v√≠speras de la entrada de los franceses. Su recuerdo era sagrado para Masha; al menos la joven guardaba todo lo que pudiera recordarle: los libros que un d√≠a √©l hab√≠a le√≠do, sus dibujos, las partituras y los versos que √©l hab√≠a copiado para ella. Los vecinos, enterados de todo, se asombraban de su constancia y esperaban con curiosidad al h√©roe que deber√≠a, al fin, acabar venciendo la desdichada fidelidad de la virginal Artemisa.

Entretanto la guerra había acabado gloriosamente. Nuestros regimientos retornaban de allende las fronteras. El pueblo salía corriendo a su encuentro. Se entonaban las canciones conquistadas: Vive Henri-Quatre, valses tiroleses y arias de la Joconde. Los oficiales, que habían partido a la guerra siendo casi unos muchachos, regresaban, templados en el aire del combate, hechos unos hombres y cubiertos de cruces. Los soldados, en sus alegres charlas, entremezclaban a cada momento palabras alemanas y francesas. ¡Qué tiempo inolvidable! ¡Días de gloria y de entusiasmo! ¡Con qué fuerza latía el corazón ruso ante la palabra patria! ¡Qué dulces las lágrimas en los encuentros! ¡Con qué unanimidad se fundía en nosotros el sentimiento del orgullo nacional con el amor al soberano! ¡Y para él, qué momento sublime!

Las mujeres, las mujeres rusas no tuvieron rival en aquel tiempo. Su habitual frialdad desapareci√≥. Su entusiasmo era aut√©nticamente embriagador cuando al recibir a los vencedores gritaban: ¬ę¬°Hurra!

Y al aire sus cofias lanzaban

¬ŅQu√© oficial de aquel entonces no reconoce que debe a la mujer rusa la condecoraci√≥n m√°s noble y preciosa?...

En aquel tiempo esplendoroso Mar√≠a Gavr√≠lovna viv√≠a con su madre en la provincia de *** y no pod√≠a ver c√≥mo las dos capitales celebraban el regreso de las tropas. Pero en los distritos y en los pueblos el entusiasmo general era tal vez a√ļn mayor. La aparici√≥n de un oficial por aquellos lugares era para √©ste un aut√©ntico paseo triunfal, y el enamorado vestido de frac lo pasaba mal a su lado.

Ya hemos dicho que, a pesar de su frialdad, Mar√≠a Gavr√≠lovna segu√≠a como antes rodeada de pretendientes. Pero todos debieron ceder su lugar cuando en el castillo de la doncella apareci√≥ el coronel de h√ļsares Burm√≠n, herido, con una cruz de San Jorge en el ojal y de una interesante palidez, como dec√≠an las damiselas del lugar. Ten√≠a alrededor de veintis√©is a√Īos. Hab√≠a venido de permiso a su propiedad, vecina a la aldea de Mar√≠a Gavr√≠lovna. Mar√≠a Gavr√≠lovna le prestaba un inter√©s particular. Ante √©l su acostumbrado semblante pensativo se animaba. No se podr√≠a decir que coqueteara con √©l, pero el poeta, ante el modo de comportarse de la joven, hubiera dicho:

Se amor non è, che dunque?

Burm√≠n era realmente un joven muy agradable. Pose√≠a justamente esa inteligencia que gusta a las mujeres: el saber del decoro y de la observaci√≥n, carente de toda pretensi√≥n y dotado de una despreocupada iron√≠a. Su actitud hacia Mar√≠a Gavr√≠lovna era sencilla y libre; pero, cualquier cosa que dijera o hiciera ella, el alma y la mirada del joven no dejaban de seguirla. Parec√≠a de un car√°cter callado y discreto, y si bien los rumores aseguraban que en su tiempo fue un terrible calavera, ello no empa√Īaba su imagen ante Mar√≠a Gavr√≠lovna, que (como todas las j√≥venes en general) perdonaba de buen grado las travesuras que evidenciaban valent√≠a y car√°cter encendido.

Pero sobre todo... (m√°s que su delicadeza y agradable conversaci√≥n, m√°s que la interesante palidez, m√°s que el brazo vendado), lo que alimentaba sobremanera su curiosidad e imaginaci√≥n era el silencio del joven h√ļsar. Mar√≠a Gavr√≠lovna no pod√≠a ignorar que ella le gustaba mucho: probablemente, tambi√©n √©l, con su inteligencia y saber, ya pod√≠a haber notado que ella le distingu√≠a. ¬ŅA qu√© se deb√≠a entonces que ella no lo hubiera visto postrado a sus pies ni o√≠do su declaraci√≥n de amor? ¬ŅQu√© lo reten√≠a? ¬ŅLa timidez, inseparable de todo verdadero amor, el orgullo, o la coqueter√≠a de un astuto conquistador? Era para ella un enigma. Tras meditarlo bien, lleg√≥ a la conclusi√≥n de que la √ļnica raz√≥n para tal comportamiento era la timidez; se propuso animarlo mostrando hacia √©l mayor inter√©s y, seg√ļn las circunstancias, ternura incluso. Se preparaba para el desenlace m√°s inesperado y aguardaba con impaciencia el momento de la rom√°ntica declaraci√≥n de amor, pues el secreto, sea √©ste el que fuere, es siempre un peso dif√≠cil de llevar para el coraz√≥n de una mujer. Sus movimientos estrat√©gicos lograron el √©xito deseado: al menos Burm√≠n se sumi√≥ en un estado de ensimismamiento tal y sus ojos negros se deten√≠an en Mar√≠a Gavr√≠lovna con tanto fuego, que el momento decisivo parec√≠a pr√≥ximo. Los vecinos ya hablaban de la boda como de una cosa hecha, y la buena Praskovia Petrovna se mostraba contenta de que, por fin, su hija hubiera encontrado un novio digno de ella.

Una día la anciana se hallaba sola en el salón haciendo un solitario, cuando Burmín entró en la habitación y al punto preguntó por María Gavrílovna.

-Está en el jardín -dijo la anciana-. Vaya a verla, que yo lo esperaré aquí.

Burm√≠n sali√≥, y la anciana se santigu√≥ y se dijo: ¬ę¬°Ojal√° hoy se decida todo!¬Ľ

Burm√≠n encontr√≥ a Mar√≠a Gavr√≠lovna junto al estanque, bajo un sauce, con un libro en las manos y vestida de blanco, como una verdadera hero√≠na de novela. Tras las primeras preguntas Mar√≠a Gavr√≠lovna dej√≥ adrede de sostener la conversaci√≥n, ahondando de este modo el embarazo mutuo y del cual tal vez s√≥lo se podr√≠a salir con una repentina y decisiva declaraci√≥n de amor. Y as√≠ sucedi√≥: Burm√≠n, sintiendo lo dif√≠cil de su situaci√≥n, le dijo que hac√≠a tiempo que buscaba el momento para abrirle su coraz√≥n y le rog√≥ un minuto de su atenci√≥n. Mar√≠a Gavr√≠lovna cerr√≥ el libro y baj√≥ la mirada en se√Īal de asentimiento.

-La amo -dijo Burmín-, la quiero con pasión...

Mar√≠a Gavr√≠lovna enrojeci√≥ y dej√≥ caer a√ļn m√°s la cabeza

-He sido un imprudente al entregarme a una dulce costumbre, al hábito de verla y escucharla cada día...

María Gavrílovna recordó la primera carta de St.-Preux.

-Ahora ya es tarde para luchar contra mi destino; el recuerdo de usted, su imagen querida e incomparable, ser√° a partir de ahora un tormento y una dicha para mi existencia; pero a√ļn me queda un duro deber, descubrirle un horrible secreto y levantar as√≠ entre nosotros un insalvable abismo...

-√Čste siempre ha existido -lo interrumpi√≥ vivamente Mar√≠a Gavr√≠lovna-. Nunca hubiera podido ser su esposa...

-Lo s√© -le dijo √©l en voz baja-. S√© que en un tiempo usted am√≥, pero la muerte y tres a√Īos de dolor... ¬°Mi buena, mi querida Mar√≠a Gavr√≠lovna! No intente privarme de mi √ļnico consuelo, de la idea de que usted hubiera aceptado hacer mi felicidad si... Calle, por Dios se lo ruego, calle. Me est√° usted torturando. S√≠, lo s√©, siento que usted hubiera sido m√≠a, pero... soy la criatura m√°s desgraciada del mundo... ¬°estoy casado!

María Gavrílovna lo miró con asombro.

-¬°Estoy casado -prosigui√≥ Burm√≠n-; hace m√°s de tres a√Īos que lo estoy y no s√© qui√©n es mi mujer, ni d√≥nde est√°, ni si la volver√© a ver alg√ļn d√≠a!

-Pero ¬Ņqu√© dice? -exclam√≥ Mar√≠a Gavr√≠lovna-. ¬°Qu√© extra√Īo! Siga, luego le contar√©... pero siga, h√°game el favor.

-A principios de 1812 -contó Burmín-, me dirigía a toda prisa a Vilna, donde se encontraba nuestro regimiento. Al llegar ya entrada la noche a una estación de postas, mandé enganchar cuanto antes los caballos, cuando de pronto se levantó una terrible ventisca, y el jefe de postas y los cocheros me aconsejaron esperar. Les hice caso, pero un inexplicable desasosiego se apoderó de mí; parecía como si alguien no parara de empujarme. Mientras tanto la tempestad no amainaba, no pude aguantar más y mandé enganchar de nuevo y me puse en camino en medio de la tormenta. Al cochero se le ocurrió seguir el río, lo que debía acortarnos el viaje en tres verstas. Las orillas estaban cubiertas de nieve: el cochero pasó de largo el lugar donde debíamos retomar el camino, y de este modo nos encontramos en un paraje desconocido. La tormenta no amainaba; vi una lucecita y mandé que nos dirigiéramos hacia ella. Llegamos a una aldea: en la iglesia de madera había luz. La iglesia estaba abierta, tras la valla se veían varios trineos: por el atrio iba y venía gente.

¬ę¬°Aqu√≠! ¬°Aqu√≠!¬Ľ, gritaron varias voces. ¬ęPero, por Dios, ¬Ņd√≥nde te hab√≠as metido? -me dijo alguien-. La novia est√° desmayada, el pope no sabe qu√© hacer; ya nos dispon√≠amos a irnos. Entra r√°pido.¬Ľ

Salt√© en silencio del trineo y entr√© en la iglesia d√©bilmente iluminada con dos o tres velas. La joven se sentaba en un banco, en un rinc√≥n oscuro de la iglesia; otra muchacha le fregaba las sienes. ¬ęGracias a Dios -dijo √©sta-, al fin ha llegado usted. Casi nos consume usted a la se√Īorita.¬Ľ Un viejo sacerdote se me acerc√≥ para preguntarme: ¬ę¬ŅPodemos comenzar?¬Ľ ¬ęEmpiece, empiece, padre¬Ľ, le dije distra√≠do. Pusieron en pie a la se√Īorita. No me pareci√≥ fea... Una ligereza incomprensible, imperdonable, s√≠... Me coloqu√© a su lado ante el altar: el sacerdote ten√≠a prisa: los tres hombres y la doncella sosten√≠an a la novia y no se ocupaban m√°s que de ella. Nos desposaron. ¬ęB√©sense¬Ľ, nos dijeron. Mi esposa dirigi√≥ hacia m√≠ su p√°lido rostro. Yo quise darle un beso... Ella grit√≥: ¬ę¬°Ah, no es √©l! ¬°no es √©l!¬Ľ, y cay√≥ sin sentido. Los padrinos me dirigieron sus espantadas miradas. Yo me di la vuelta, sal√≠ de la iglesia sin encontrar obst√°culo alguno, me lanc√© hacia la kibitka y grit√©: ¬ę¬°En marcha!¬Ľ

-¬°Dios m√≠o! -exclam√≥ Mar√≠a Gavr√≠lovna-. ¬ŅY no sabe usted qu√© pas√≥ con su pobre esposa?

-No lo s√© -dijo Burm√≠n-, no s√© c√≥mo se llama la aldea en que me cas√©, no recuerdo de qu√© estaci√≥n de postas hab√≠a salido. Por entonces le di tan poca importancia a mi criminal travesura, que, al dejar atr√°s la iglesia, me dorm√≠ y despert√© al d√≠a siguiente por la ma√Īana, ya en la tercera estaci√≥n de postas. Mi sirviente, que entonces viajaba conmigo, muri√≥ durante la campa√Īa, de manera que ahora no tengo ni la esperanza siquiera de encontrar a la mujer a la que gast√© una broma tan cruel y que ahora tan cruelmente se ha vengado de m√≠.

-¬°Dios m√≠o, Dios m√≠o! -dijo Mar√≠a Gavr√≠lovna agarr√°ndole la mano-. ¬°De modo que era usted! ¬ŅY no me reconoce?

Burmín palideció... y se arrojó a sus pies...



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