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La Dama de Espadas

Alexandr Puchkin

I

Un d√≠a en casa del oficial de la Guardia Nar√ļmov jugaban a las cartas. La larga noche de invierno pas√≥ sin que nadie lo notara; se sentaron a cenar pasadas las cuatro de la ma√Īana. Los que hab√≠an ganado com√≠an con gran apetito; los dem√°s permanec√≠an sentados ante sus platos vac√≠os con aire distra√≠do. Pero apareci√≥ el champ√°n, la conversaci√≥n se anim√≥ y todos tomaron parte en ella.

-¬ŅQu√© has hecho, Surin? -pregunt√≥ el amo de la casa.

-Perder, como de costumbre. He de admitir que no tengo suerte: juego sin subir las apuestas, nunca me acaloro, no hay modo de sacarme de quicio, ¬°y de todos modos sigo perdiendo!

-¬ŅY alguna vez no te has dejado llevar por la tentaci√≥n? ¬ŅPonerlo todo a una carta?... Me asombra tu firmeza...

-¬°Pues ah√≠ ten√©is a Guermann! -dijo uno de los presentes se√Īalando a un joven oficial de ingenieros-. ¬°Jam√°s en su vida ha tenido una carta en las manos, nunca ha hecho ni un p√°roli, y, en cambio, se queda con nosotros hasta las cinco a mirar c√≥mo jugamos!

-Me atrae mucho el juego -dijo Guermann-, pero no estoy en condiciones de sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir sobrado.

-Guermann es alemán, cuenta su dinero, ¡eso es todo! -observó Tomski-. Pero si hay alguien a quien no entiendo es a mi abuela, la condesa Anna Fedótovna.

-¬ŅC√≥mo?, ¬Ņqui√©n? -exclamaron los contertulios.

-¡No me entra en la cabeza -prosiguió Tomski-, cómo puede ser que mi abuela no juegue!

-¬ŅQu√© tiene de extra√Īo que una vieja ochentona no juegue? -dijo Nar√ļmov.

-¬ŅPero no sab√©is nada de ella?

-¬°No! ¬°De verdad, nada!

-¬ŅNo? Pues, escuchad:

¬ęDeb√©is saber que mi abuela, har√° unos sesenta a√Īos, vivi√≥ en Par√≠s e hizo all√≠ aut√©ntico furor. La gente corr√≠a tras ella para ver a la V√©nus moscovite; Richelieu estaba prendado de ella y la abuela asegura que casi se pega un tiro por la crueldad con que ella lo trat√≥.

¬ęEn aquel tiempo las damas jugaban al fara√≥n. Cierta vez, jugando en la corte, perdi√≥ bajo palabra con el duque de Orle√°ns no s√© qu√© suma inmensa. La abuela, al llegar a casa, mientras se despegaba los lunares de la cara y se desataba el miri√Īaque, le comunic√≥ al abuelo que hab√≠a perdido en el juego y le mand√≥ que se hiciera cargo de la deuda.

¬ęPor cuanto recuerdo, mi difunto abuelo era una especie de mayordomo de la abuela. Le tem√≠a como al fuego y, sin embargo, al o√≠r la horrorosa suma, perdi√≥ los estribos: se trajo el libro de cuentas y, tras mostrarle que en medio a√Īo se hab√≠an gastado medio mill√≥n y que ni su aldea cercana a Mosc√ļ ni la de Sar√°tov se encontraban en las afueras de Par√≠s, se neg√≥ en redondo a pagar. La abuela le dio un bofet√≥n y se acost√≥ sola en se√Īal de enojo.

¬ęAl d√≠a siguiente mand√≥ llamar a su marido con la esperanza de que el castigo dom√©stico hubiera surtido efecto, pero lo encontr√≥ inc√≥lume. Por primera vez en su vida la abuela accedi√≥ a entrar en raz√≥n y a dar explicaciones; pensaba avergonzarlo, y se dign√≥ a demostrarle que hab√≠a deudas y deudas, como hab√≠a diferencia entre un pr√≠ncipe y un carretero. ¬°Pero ni modo! ¬°El abuelo se hab√≠a sublevado y segu√≠a en sus trece! La abuela no sab√≠a qu√© hacer.

¬ęAnna Fed√≥tovna era amiga √≠ntima de un hombre muy notable. Habr√©is o√≠do hablar del conde Saint-Germain, de quien tantos prodigios se cuentan. Como sabr√©is, se hac√≠a pasar por el Jud√≠o errante, por el inventor del el√≠xir de la vida, de la piedra filosofal y de muchas cosas m√°s. La gente se re√≠a de √©l tom√°ndolo por un charlat√°n, y Casanova en sus Memorias dice que era un esp√≠a. En cualquier caso, a pesar de todo el misterio que lo envolv√≠a, SaintGermain ten√≠a un aspecto muy distinguido y en sociedad era una persona muy amable. La abuela, que lo sigue venerando hasta hoy y se enfada cuando hablan de √©l sin el debido respeto, sab√≠a que Saint-Germain pod√≠a disponer de grandes sumas de dinero, y decidi√≥ recurrir a √©l. Le escribi√≥ una nota en la que le ped√≠a que viniera a verla de inmediato.

¬ęEl estrafalario viejo se present√≥ al punto y hall√≥ a la dama sumida en una horrible pena. La mujer le describi√≥ el b√°rbaro proceder de su marido en los tonos m√°s negros, para acabar diciendo que depositaba todas sus esperanzas en la amistad y en la amabilidad del franc√©s.

¬ęSaint-Germain se qued√≥ pensativo.

¬ę-Yo puedo proporcionarle esta suma -le dijo-, pero como s√© que usted no se sentir√≠a tranquila hasta no resarcirme la deuda, no querr√≠a yo abrumarla con nuevos quebraderos de cabeza. Existe otro medio: puede usted recuperar su deuda.

¬ę-Pero, mi querido conde -le dijo la abuela-, si le estoy diciendo que no tenemos nada de dinero.

¬ę-Ni falta que le hace -replic√≥ Saint-Germain-: tenga la bondad de escucharme.

¬ęY entonces le descubri√≥ un secreto por el cual cualquiera de nosotros dar√≠a lo que fuera...

Los jóvenes jugadores redoblaron su atención. Tomski encendió una pipa, dio una bocanada y prosiguió su relato:

-Aquel mismo d√≠a la abuela se present√≥ en Versalles, au jeu de la Reine. El duque de Orle√°ns llevaba la banca; la abuela le dio una vaga excusa por no haberle satisfecho la deuda, para justificarse se invent√≥ una peque√Īa historia y se sent√≥ enfrente apostando contra √©l. Eligi√≥ tres cartas, las coloc√≥ una tras otra: gan√≥ las tres manos y recuper√≥ todo lo perdido.

-¬°Por casualidad! -dijo uno de los contertulios.

-¡Esto es un cuento! -observó Guermann.

-¬ŅNo ser√≠an cartas marcadas? -a√Īadi√≥ un tercero.

-No lo creo -respondió Tomski con aire grave.

-¬°C√≥mo! -dijo Nar√ļmov-. ¬ŅTienes una abuela que acierta tres cartas seguidas y hasta ahora no te has hecho con su cabal√≠stica?

-¡Qué más quisiera! -replicó Tomski-. La abuela tuvo cuatro hijos, entre ellos a mi padre: los cuatro son unos jugadores empedernidos y a ninguno de los cuatro les ha revelado su secreto; aunque no les hubiera ido mal, como tampoco a mí, conocerlo.

¬ęPero o√≠d lo que me cont√≥ mi t√≠o el conde Iv√°n Ilich, asegur√°ndome por su honor la veracidad de la historia. El difunto Chaplitski -el mismo que muri√≥ en la miseria despu√©s de haber despilfarrado sus millones-, cierta vez en su juventud y, si no recuerdo mal, con Z√≥rich, perdi√≥ cerca de trescientos mil rublos. El hombre estaba desesperado. La abuela, que siempre hab√≠a sido muy severa con las travesuras de los j√≥venes, esta vez parece que se apiad√≥ de Chaplitski. Le dio tres cartas para que las apostara una tras otra y le hizo jurar que ya no jugar√≠a nunca m√°s. Chaplitski se present√≥ ante su ganador; se pusieron a jugar. Chaplitski apost√≥ a su primera carta cincuenta mil y gan√≥; hizo un p√°roli y lo dobl√≥ en la siguiente jugada, y as√≠ sald√≥ su deuda y a√ļn sali√≥ ganado...

¬ęPero es hora de irse a dormir: ya son las seis menos cuarto.

En efecto, ya amanecía: los jóvenes apuraron sus copas y se marcharon.

 

II

La vieja condesa *** se hallaba en su tocador ante el espejo. La rodeaban tres doncellas. Una sosten√≠a un tarro de arrebol; otra, una cajita con horquillas, y la tercera, una alta cofia con cintas de color de fuego. La condesa no pretend√≠a en lo m√°s m√≠nimo verse hermosa, su belleza hac√≠a tiempo que se hab√≠a marchitado, pero conservaba todos los h√°bitos de sus a√Īos j√≥venes, segu√≠a rigurosamente la moda de los setenta y se vest√≠a con la misma lentitud, con el mismo esmero de hace sesenta a√Īos. Junto a la ventana se sentaba ante su labor una se√Īorita, su pupila.

-Buenos días, grand'maman -dijo al entrar un joven oficial-. Bonjour, mademoiselle Lise. Grand' maman, he venido a pedirle un favor.

-¬ŅQu√©, Paul?

-Quisiera presentarle a uno de mis compa√Īeros para que lo invite usted a su baile el viernes.

-Tr√°elo directamente a la fiesta y all√≠ me lo presentas. ¬ŅEstuviste ayer en casa de ***?

-¡Cómo no! Fue una fiesta muy alegre; bailamos hasta las cinco. ¡Yelétskaya estuvo encantadora!

-¬°Qu√© dices, querido! ¬°Qu√© tiene de encantadora esa muchacha? Ni comparar con su abuela, la princesa Daria Petrovna... Por cierto, ¬Ņla princesa Daria Petrovna se ver√° muy envejecida?

-¬ŅC√≥mo, envejecida? -respondi√≥ distra√≠do Tomski-, si se muri√≥ har√° unos siete a√Īos.

La se√Īorita levant√≥ la cabeza e hizo una se√Īa al joven. √Čste record√≥ que a la vieja condesa le ocultaban la muerte de las mujeres de su edad y se mordi√≥ el labio. Pero la condesa escuch√≥ la noticia, nueva para ella, con gran indiferencia.

-¬°Ha muerto! -dijo-. Y yo sin saberlo. Pues cuando nos hicieron damas de honor a las dos, su majestad...

Y por centésima vez empezó a contar la anécdota a su nieto.

-Bien Paul -dijo luego-, ahora ay√ļdame a levantarme. Liza, ¬Ņd√≥nde est√° mi tabaquera?

La condesa se dirigi√≥ con sus doncellas detr√°s del biombo para acabar de arreglarse y Tomski se qued√≥ con la se√Īorita.

-¬ŅA qui√©n le quiere presentar? -pregunt√≥ en voz baja Lizaveta Iv√°novna.

-A Nar√ļmov. ¬ŅLo conoce?

-¬°No! ¬ŅEs militar o civil?

-Militar.

-¬ŅIngeniero?

-No. De caballer√≠a. ¬ŅY por qu√© ha cre√≠do usted que era ingeniero?

La se√Īorita se ri√≥, pero no dijo ni palabra.

-¡Paul! -gritó la condesa desde detrás del biombo-, mándame alguna novela nueva, pero, por favor, que no sea de las de ahora.

-¬ŅC√≥mo es eso, grand'maman?

-Quiero decir, una novela en la que el héroe no estrangule a su padre o a su madre, y en la que no haya ahogados. ¡Tengo un pánico terrible a los ahogados!

-Novelas as√≠ hoy ya ni existen. ¬ŅNo querr√° una novela rusa?

-¬ŅPero es que hay novelas rusas?... ¬°Pues m√°ndame una, querido, te lo ruego, m√°ndamela!

-Le ruego que me excuse, grand'maman: tengo prisa... Perdone, Lizaveta Iv√°novna. Pero, ¬Ņpor qu√© ha pensado usted que Nar√ļmov era ingeniero?

Y Tomski abandonó el tocador.

Lizaveta Iv√°novna se qued√≥ sola: abandon√≥ su labor y se puso a mirar por la ventana. Al poco, a un lado de la calle, desde la casa de la esquina, apareci√≥ un joven oficial. Un rubor cubri√≥ las mejillas de la se√Īorita, que retorn√≥ a su labor e inclin√≥ la cabeza hasta la misma trama. En este momento entr√≥ la condesa ya del todo arreglada.

-Liza -se dirigi√≥ a la se√Īorita-, manda que enganchen la carroza, vamos a dar un paseo.

Liza se levantó y se puso a recoger su labor.

-¬°Pero, por Dios, chiquilla, ¬Ņest√°s sorda?! -grit√≥ la condesa-. Manda que enganchen cuanto antes la carroza.

-¬°Ahora mismo! -respondi√≥ con voz queda la se√Īorita y ech√≥ a correr hacia el recibidor.

Entró un sirviente y entregó a la condesa unos libros de parte del príncipe Pável Aleksándrovich.

-¬°Bien! Que le den las gracias -dijo la condesa-. ¬°Liza, Liza! Pero ¬Ņad√≥nde vas corriendo?

-A vestirme.

-Ya tendrás tiempo, chiquilla. Siéntate aquí. Abre el primer tomo; lee en voz alta...

La se√Īorita tom√≥ el libro y ley√≥ varias l√≠neas.

-¬°M√°s alto! -dijo la condesa-. ¬ŅQu√© te pasa, chiquilla? ¬ŅHas perdido la voz, o qu√©?... Espera; ac√©rcame el banco un poco m√°s... ¬°m√°s cerca!

Lizaveta Ivánovna leyó dos páginas más. La condesa bostezó.

-Deja ese libro -dijo-, ¬°qu√© estupidez! Devu√©lvele eso al pr√≠ncipe P√°vel y di que se lo agradezcan de mi parte... Pero, ¬Ņqu√© pasa con la carroza?

-Ya est√° lista -dijo Lizaveta Iv√°novna lanzando una mirada hacia la ventana.

-¬ŅY qu√© haces que no est√°s vestida? -dijo la condesa-. ¬°Siempre hay que esperarte! Chiquilla, esto resulta insoportable.

Liza corrió a su habitación. No pasaron ni dos minutos que la condesa se puso a tocar la campanilla con todas sus fuerzas. Las tres doncellas entraron corriendo por una puerta, y el ayuda de cámara, por otra.

-¬ŅQu√© pasa que no hay modo de que veng√°is cuando se os llama? -les dijo la condesa-. Decidle a Lizaveta Iv√°novna que la estoy esperando.

Entró Lizaveta Ivánovna, con la capa y el sombrero.

-¬°Por fin, muchacha! -dijo la condesa-. ¬°Qu√© emperifollada! ¬ŅPara qu√©?... ¬ŅA qui√©n quieres engatusar?... ¬ŅY el tiempo, qu√© tal? Parece que haga viento.

-¬°De ning√ļn modo, excelencia! ¬°Todo est√° en calma! -replic√≥ el ayuda de c√°mara.

-Siempre habláis sin ton ni son. Abrid la ventanilla. Lo que yo decía: ¡hace viento! ¡Y helado!

¬°Que desenganchen la carroza! No vamos a salir, Liza, te est√° bien por disfrazarte tanto.

¬ę¬°Qu√© vida!¬Ľ, pens√≥ Lizaveta Iv√°novna.

En efecto, Lizaveta Iv√°novna era una criatura desdichada. Amargo sabe el pan ajeno, dice Dante, y pesados los escalones de una casa extra√Īa, ¬Ņy qui√©n mejor que la pobre pupila de una vieja arist√≥crata para conocer la amargura de la dependencia? La condesa *** no ten√≠a mal coraz√≥n, por supuesto, pero era antojadiza, como toda mujer mimada por la alta sociedad, avara y llena de fr√≠o ego√≠smo, como toda la gente mayor, que tras haber agotado en su tiempo el amor, hoy vive de espaldas al presente. Participaba en todas las vanidades del gran mundo, asist√≠a a los bailes, donde se sentaba en un rinc√≥n, con la cara pintada y vestida a la vieja moda, igual que un ornamento deforme e imprescindible del sal√≥n; los invitados al llegar se le acercaban entre profundas reverencias, como si lo mandara el ceremonial, pero luego ya nadie se ocupaba de ella. Recib√≠a en su casa a toda la ciudad, observando la m√°s rigurosa etiqueta y no reconoc√≠a a nadie por la cara. Su numerosa servidumbre, que engordaba y encanec√≠a en su antesala y en el cuarto de las doncellas, hac√≠a lo que le ven√≠a en gana y desplumaba a cu√°l m√°s a la moribunda anciana.

Lizaveta Iv√°novna era la m√°rtir de la casa. Ella serv√≠a el t√© y recib√≠a las reprimendas por el excesivo gasto de az√ļcar; le√≠a en voz alta las novelas y era la culpable de todos los errores del autor; acompa√Īaba a la vieja en sus paseos y respond√≠a del tiempo y por el estado del empedrado. Se le hab√≠a asignado un sueldo que nunca le acababan de pagar; en cambio, se le exig√≠a que fuera vestida como todas, es decir, como muy pocas. En sociedad desempe√Īaba el papel m√°s lamentable. Todos la conoc√≠an, pero nadie notaba su presencia; en las fiestas s√≥lo bailaba cuando faltaba alguien para un vis-√†-vis y las damas se la llevaban del brazo siempre que, para recomponer algo de sus atuendos, deb√≠an ir al tocador. Ten√≠a mucho amor propio, se apercib√≠a vivamente de su condici√≥n y miraba a su alrededor esperando con impaciencia a su salvador. Pero los j√≥venes calculadores en su despreocupada vanidad, no le prestaban atenci√≥n, aunque Lizaveta Iv√°novna era cien veces m√°s hermosa que las descaradas y fr√≠as muchachas casaderas en cuyo derredor aquellos revoloteaban. ¬°Cu√°ntas veces, tras abandonar imperceptiblemente el aburrido y suntuoso sal√≥n, se retiraba a llorar a su modesto cuarto con un biombo empapelado, una c√≥moda, un peque√Īo espejo y una cama pintada, y donde la vela de sebo ard√≠a mortecina sobre una palmatoria de bronce!

En cierta ocasi√≥n -esto suced√≠a a los dos d√≠as de la velada descrita al comienzo del relato y una semana antes de la escena en que nos hemos detenido-, Lizaveta Iv√°novna, sentada junto a la ventana con su bastidor, mir√≥ casualmente a la calle y vio a un joven oficial de ingenieros que inm√≥vil manten√≠a fija la mirada en su ventana. La joven baj√≥ la cabeza y retorn√≥ a su labor; al cabo de cinco minutos mir√≥ de nuevo: el joven oficial segu√≠a en el mismo lugar. Como no ten√≠a costumbre de coquetear con cualquier oficial, dej√≥ de mirar al exterior y estuvo bordando cerca de dos horas sin levantar la cabeza. Llamaron a comer. La joven se levant√≥, comenz√≥ a recoger el bastidor y, al echar un vistazo casual a la calle, de nuevo vio al oficial. El hecho le pareci√≥ bastante extra√Īo. Despu√©s de comer se acerc√≥ a la ventana con sensaci√≥n de cierto desasosiego, pero el oficial ya no estaba, y se olvid√≥ de √©l... Al cabo de dos d√≠as, al salir con la condesa a tomar la carroza, lo vio de nuevo. Estaba justo delante del portal, con la cara cubierta con un cuello de piel de castor: sus ojos negros centelleaban bajo el gorro. Lizaveta Iv√°novna, ella misma sin saber por qu√©, se asust√≥ y subi√≥ a la carroza con un temblor inexplicable.

Al regresar a casa, corrió a la ventana: el oficial estaba donde siempre, con la mirada fija en ella. La joven se apartó venciendo la curiosidad, turbada por un sentimiento completamente nuevo para ella.

Desde entonces no había día en que el joven, a la misma hora, no apareciera bajo las ventanas de la casa. Entre ambos se estableció una relación inadvertida. Sentada junto a su labor, ella notaba su llegada, levantaba la cabeza y lo miraba cada vez más largo rato. El joven parecía estarle agradecido por ello: la muchacha, con la aguda mirada de la juventud, veía cómo un repentino rubor cubría las pálidas mejillas del oficial cada vez que sus miradas se encontraban. Al cabo de una semana ella le sonrió...

Cuando Tomski vino a pedir permiso a la condesa para presentarle a su amigo, el coraz√≥n de la pobre muchacha lati√≥ con fuerza. Pero, al enterarse de que Nar√ļmov no era un oficial de ingenieros, sino de caballer√≠a, lament√≥ que con aquella indiscreta pregunta hubiera descubierto al alocado Tomski su secreto.

Guermann era hijo de un alem√°n afincado en Rusia que hab√≠a dejado a su hijo un peque√Īo capital. Firmemente convencido como estaba de la necesidad de afianzar su independencia, Guermann no tocaba siquiera los intereses del dinero, viv√≠a de su paga y no se permit√≠a el menor de los caprichos. Pero dado su car√°cter reservado y ambicioso, sus compa√Īeros rara vez ten√≠an ocasi√≥n de burlarse de su desmedido sentido del ahorro. Era un hombre de fuertes pasiones y con una desbocada imaginaci√≥n, pero su entereza lo hab√≠a salvado de los acostumbrados extrav√≠os de la juventud. As√≠, por ejemplo, siendo en el fondo de su alma un jugador, nunca hab√≠a tocado unas cartas, pues estimaba que su fortuna no le permit√≠a (como sol√≠a decir) sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir sobrado, y, entretanto, se pasaba noches enteras en torno a las mesas de juego y segu√≠a con frenes√≠ febril cada una de las evoluciones de la partida.

La anécdota de las tres cartas impresionó poderosamente su imaginación y en toda la noche no le salió de la cabeza.

¬ę¬°Qu√© pasar√≠a si la vieja condesa me descubre su secreto! -pensaba en la tarde del d√≠a siguiente vagando por Petersburgo-, ¬°o si me indica las tres cartas de la suerte! ¬ŅPor qu√© no puedo yo probar fortuna?... Podr√≠a presentarme a ella, ganarme su favor, tal vez convertirme en su amante; aunque para todo esto se necesita tiempo, y la vieja tiene ochenta y siete a√Īos, puede morirse en una semana, ¬°o dentro de dos d√≠as!... Y la historia misma... ¬ŅSe puede creer en ella?... ¬°No! ¬°Las cuentas claras, la moderaci√≥n y el amor al trabajo: √©stas son mis tres cartas de la suerte! ¬°Esto es lo que triplicar√°, lo que multiplicar√° por siete mi capital y me permitir√° alcanzar el sosiego y la independencia!¬Ľ

Pensando de este modo se encontró en una de las calles principales de Petersburgo, ante una casa de estilo antiguo. El paseo estaba abarrotado de coches, las carrozas se detenían una tras otra ante el iluminado portal. De ellas a cada instante asomaba o la esbelta pierna de una bella joven, o una estruendosa bota, ya una media a rayas, ya los botines de un diplomático. Abrigos de piel y capotes se deslizaban ante un majestuoso portero. Guermann se detuvo.

-¬ŅDe qui√©n es esta casa? -pregunt√≥ al guardia de la garita de la esquina.

-De la condesa *** -contestó el de la garita.

Guermann se estremeci√≥. De nuevo en su imaginaci√≥n se dibuj√≥ la asombrosa historia. Se puso a rondar junto a la casa pensando en su due√Īa y en su m√°gico don. Regres√≥ tarde a su humilde rinc√≥n, tard√≥ mucho en dormirse, y cuando le venci√≥ el sue√Īo se le aparecieron unas cartas, una mesa verde monta√Īas de billetes y montones de monedas. Tiraba una carta tras otra, doblaba las apuestas con decisi√≥n, ganaba sin parar, recog√≠a el oro a manos llenas y atestaba de billetes los bolsillos.

Al despertar, tarde ya, suspir√≥ ante la p√©rdida de su fant√°stica fortuna, se march√≥ a vagar de nuevo por la ciudad y otra vez se encontr√≥ ante la casa de la condesa ***. Al parecer, una fuerza invisible lo atra√≠a hacia el lugar. Se detuvo y se puso a mirar a las ventanas. En una de ellas vio una cabecita de cabellos morenos, inclinada seguramente sobre alg√ļn libro o una labor. La cabecita se alz√≥. Guermann vio un rostro fresco y unos ojos negros. Aquel instante decidi√≥ su suerte.

 

III

No había tenido tiempo Lizaveta Ivánovna de quitarse la capa y el sombrero que ya la condesa la había mandado llamar para ordenarle que engancharan de nuevo los caballos. En el preciso momento en que dos lacayos levantaban a la vieja y la introducían a través de las portezuelas en la carroza, Lizaveta Ivánovna vio junto a la misma rueda a su ingeniero; él la asió de la mano, ella no pudo reaccionar del susto, y el joven desapareció: en la mano de la muchacha quedó una carta. La escondió dentro del guante y durante todo el paseo ni vio ni oyó nada.

En la carroza la condesa ten√≠a la costumbre de hacer preguntas sin parar: ¬Ņqui√©n es ese que se ha cruzado con nosotros?, ¬Ņc√≥mo se llama este puente?, ¬Ņqu√© dice ese anuncio? En esta ocasi√≥n Lizaveta Iv√°novna contestaba sin ton ni son y a destiempo a las preguntas y enoj√≥ a la condesa.

-¬°¬ŅQu√© te ocurre, chiquilla?! ¬ŅO es que te ha dado un pasmo? ¬ŅQu√© pasa, no me oyes o no me entiendes?... ¬°Gracias a Dios que no soy tartamuda ni he perdido la raz√≥n!

Lizaveta Ivánovna no la escuchaba. De regreso a casa corrió a su cuarto, sacó del guante la carta: no estaba sellada. Lizaveta Ivánovna la leyó. La nota contenía una declaración de amor: unas palabras tiernas, respetuosas y tomadas letra por letra de una novela alemana. Pero Lizaveta Ivánovna no sabía alemán y quedó muy satisfecha.

Y, sin embargo, la carta, que ella hab√≠a aceptado, la dej√≥ sumamente preocupada. Era la primera vez que entablaba una relaci√≥n secreta y estrecha con un hombre joven. El atrevimiento de √©ste la horrorizaba. Se reprochaba su imprudente conducta y no sab√≠a qu√© hacer: ¬Ņdejar de sentarse junto a la ventana y, con su desd√©n, enfriar en el joven oficial su af√°n de proseguir con el acoso?, ¬Ņdevolverle la carta?, ¬Ņo bien responderle en tono fr√≠o y decidido? No ten√≠a a qui√©n pedir consejo, ni una amiga, o mentora. Lizaveta Iv√°novna opt√≥ por contestar.

Se sentó a la mesa del escritorio, tomó pluma y papel y se puso a pensar. Comenzó la carta varias veces y la rompió otras tantas: unas su tono le parecía demasiado condescendiente, otras en exceso cruel. Por fin logró escribir varias líneas de las que se sintió satisfecha:

Estoy convencida de que sus intenciones son honestas -escribía- y que con este paso irreflexivo no ha querido usted ofenderme; pero nuestro trato no debería dar comienzo de este modo. Le devuelvo la carta esperando no tener motivos para lamentar en el futuro una inmerecida falta de respeto por su parte.

Al día siguiente, al ver pasar a Guermann, Lizaveta Ivánovna se levantó abandonando su labor, entró en la sala, abrió la ventanilla y, confiando en la destreza del joven oficial, arrojó la carta a la calle. Guermann se lanzó hacia el lugar, recogió el sobre y entró en una confitería. Arrancando el sello encontró su carta y la respuesta de Lizaveta Ivánovna. Era justo lo que esperaba, y muy absorto en su intriga regresó a su casa.

Tres d√≠as despu√©s, una mademoiselle jovencita y de ojos vivarachos trajo de una tienda de modas una nota para Lizaveta Iv√°novna. √Čsta la abri√≥ preocupada temiendo encontrarse con alg√ļn pago que le reclamaban, pero, de pronto, reconoci√≥ la letra de Guermann.

-Se ha equivocado usted, jovencita -dijo-; esta nota no es para mí.

-No. ¡Es para usted, seguro! -respondió la valiente chica sin esconder una sonrisa maliciosa-. ¡Tenga la bondad de leerla!

Lizaveta Ivánovna recorrió la hoja de papel. Guermann le pedía una cita.

-¬°No puede ser! -dijo Lizaveta Iv√°novna asustada tanto por lo apremiante de la petici√≥n como por el m√©todo empleado para hacerla-. ¬°Seguro que no es para m√≠! -y rompi√≥ la carta en peque√Īos pedacitos.

-Si no era para usted, entonces ¬Ņpor qu√© ha roto la carta? -dijo la mademoiselle-. Se la habr√≠a devuelto a quien la ha mandado.

-Le ruego, jovencita -replic√≥ Lizaveta Iv√°novna ruboriz√°ndose ante aquella observaci√≥n-, que en adelante no me traiga m√°s notas. Y a quien la env√≠a d√≠gale que deber√≠a darle verg√ľenza...

Pero Guermann no se dio por vencido. Lizaveta Ivánovna, de un modo o de otro, recibía notas suyas cada día. Ya no eran cartas traducidas del alemán. Guermann las escribía inspirado por la pasión, hablaba con sus propias palabras: en ellas se expresaba tanto lo irrenunciable de su deseo, como el desorden de su desbocada imaginación. Lizaveta Ivánovna abandonó la idea de devolver las cartas: se embriagaba con ellas; comenzó a contestarlas, y sus notas por momentos se tornaban más largas y más tiernas. Por fin le arrojó por la ventanilla la carta siguiente:

Hoy se celebra un baile en casa del embajador de ***. La condesa ir√°. Nos quedaremos hasta las dos. He aqu√≠ la ocasi√≥n para verme a solas. En cuanto la condesa se haya marchado, lo m√°s probable es que los sirvientes tambi√©n se vayan; en el zagu√°n se queda el conserje, pero acostumbra a encerrarse en su cuartucho. Venga usted hacia las once y media. Dir√≠jase directamente a la escalinata. Si se encuentra a alguien en el recibidor pregunte usted si la condesa est√° en casa. Le dir√°n que no y, ¬°qu√© le vamos a hacer!. deber√° usted marcharse. Pero es probable que no encuentre usted a nadie. Las doncellas se recluyen todas en su alcoba. Del recibidor dir√≠jase hacia la izquierda, siga todo recto hasta el dormitorio de la condesa. All√≠, tras el biombo ver√° usted dos peque√Īas puertas. La de la derecha da al despacho, donde la condesa no entra nunca; la de la izquierda, a un pasillo, all√≠ ver√° una estrecha escalera de caracol. La escalera conduce a mi cuarto.

Guermann se estremec√≠a como un tigre, en espera del momento se√Īalado. A las diez de la noche ya se encontraba ante la casa de la condesa. El tiempo era horroroso: aullaba el viento, una nieve h√ļmeda ca√≠a a grandes copos, las farolas ard√≠an mortecinas, las calles estaban desiertas. De vez en cuando se arrastraba un coche de alquiler con su flaco jamelgo en busca de alg√ļn cliente rezagado. Guermann permanec√≠a de pie, s√≥lo con su levita, sin notar ni el viento ni la nieve.

Por fin apareció la carroza de la condesa. Guermann vio cómo los lacayos sacaron a la encorvada dama llevándola del brazo, envuelta en un abrigo de marta cebellina, y cómo, tras ella, cubierta por una capa liviana, con la cabeza adornada de flores naturales, se deslizó su pupila. Se cerraron las portezuelas. La carroza arrancó pesadamente por la fláccida nieve. El conserje cerró la puerta. La luz de las ventanas se apagó.

Guermann echó a andar junto a la casa vacía; se acercó a una farola, miró el reloj, eran las once y veinte. Se quedó junto a la farola con los ojos clavados en la aguja del reloj esperando que transcurrieran los minutos restantes.

Justo a las once y media Guermann pisó el porche de la condesa y subió al zaguán brillantemente iluminado. El conserje no estaba. Guermann subió corriendo por la escalinata, abrió la puerta y vio a un criado que dormía bajo la lámpara en un sillón vetusto y manchado. Con paso ligero y firme Guermann pasó junto a aquel. El salón y el recibidor estaban a oscuras. La lámpara los iluminaba débilmente desde la entrada.

Guermann entr√≥ en el dormitorio. En el rinc√≥n de los iconos, repleto de im√°genes antiguas, ard√≠a tenue una lamparilla de oro. Unos deste√Īidos sillones y divanes damasquinos con cojines de plumas y dorados desgastados se dispon√≠an en triste simetr√≠a junto a las paredes cubiertas de seda china. En una de ellas colgaban dos retratos pintados en Par√≠s por madame Lebrun. Un cuadro representaba a un hombre de unos cuarenta a√Īos, sonrosado y grueso, con uniforme verde claro y una estrella; el otro, a una joven belleza de nariz aguile√Īa, las sienes peinadas hacia arriba y una rosa en el empolvado cabello. Por todas partes asomaban pastorcillas de porcelana, un reloj de mesa obra del c√©lebre Leroy, cofrecillos, yoy√≥s, abanicos y diversos juguetes de se√Īora inventados a finales del siglo pasado a la par que el globo de los Montgolfier y el magnetismo de Mesmer.

Guermann se dirigi√≥ detr√°s del biombo. Tras √©ste se encontraba una peque√Īa cama de hierro; a la derecha se ve√≠a una puerta que conduc√≠a al despacho; a la izquierda, otra, que daba a un pasillo. Guermann la abri√≥ y vio la estrecha escalera de caracol que conduc√≠a al cuarto de la pobre pupila... Pero regres√≥ y entr√≥ en el oscuro despacho.

El tiempo pasaba lentamente. Todo estaba en silencio. En el salón sonaron doce campanadas; en todas las habitaciones, uno tras otro, los relojes dieron las doce, y de nuevo todo quedó en silencio. Guermann esperaba de pie, apoyado en la fría estufa. Estaba sereno, su corazón latía acompasado, como el de un hombre decidido a una empresa peligrosa, pero necesaria.

Los relojes dieron la una, luego las dos de la madrugada, y el joven oyó el lejano ruido de la carroza. Le dominó una emoción incontenible. La carroza se acercó a la casa y se detuvo. Guermann oyó el ruido del estribo al bajar.

La casa se puso en movimiento. Los criados echaron a correr, sonaron voces y la casa se iluminó. Entraron corriendo en la habitación las tres viejas doncellas, y apareció la condesa que, más muerta que viva, se dejó caer en el sillón Voltaire. Guermann miraba a través de una rendija: Lizaveta Ivánovna pasó a su lado. Guermann oyó sus apresurados pasos subiendo por la escalera. En su corazón brotó y se apagó de nuevo algo parecido a un remordimiento. El joven estaba petrificado.

La condesa comenz√≥ a desvestirse ante el espejo. Le desprendieron las agujas de la cofia adornada de rosas; le quitaron la empolvada peluca de su cabeza canosa y de pelo muy corto. Los alfileres volaban como una lluvia a su alrededor. El vestido amarillo, bordado de plata, cay√≥ a sus pies hinchados. Guermann era testigo de los repugnantes misterios de su tocador; por fin la condesa se qued√≥ en camis√≥n y gorro de dormir; con este atuendo, m√°s propio de sus muchos a√Īos, parec√≠a menos horrorosa y deforme.

Como toda la gente mayor, también la condesa padecía de insomnio. Una vez desvestida, se sentó junto a la ventana en su sillón Voltaire y despidió a las doncellas. Se llevaron las velas y de nuevo la habitación quedó sólo iluminada con la mariposa. La condesa, toda amarilla, sentada en su sillón, meneaba sus labios fláccidos balanceándose a izquierda y derecha. En su turbia mirada se reflejaba la ausencia de todo pensamiento; al verla se podría pensar que el balanceo de la espantosa vieja, más que deberse a su propia voluntad, era fruto de un oculto galvanismo.

De pronto su rostro muerto se alteró de manera indescriptible. Sus labios dejaron de moverse, la mirada cobró vida: ante la condesa se encontraba un desconocido.

-¬°No se asuste, por Dios, no se asuste! -dijo √©ste con voz clara y queda-. No tengo la intenci√≥n de hacerle da√Īo; he venido a implorarle que me conceda una merced.

La vieja lo miraba en silencio y parecía como si no lo oyera. Guermann pensó que era sorda e, inclinándose hasta casi tocar su oreja le repitió las mismas palabras. La vieja seguía callada.

-Usted puede hacerme feliz para el resto de mi vida -prosiguió Guermann-, y no le va a costar nada: yo sé que usted puede adivinar tres cartas seguidas...

Guermann calló. La condesa, al parecer, comprendió lo que querían de ella; se diría que buscaba las palabras para responder.

-¬°Aquello fue una broma! -dijo al fin-. ¬°Se lo juro! ¬°Una broma!

-¡Con cosas así no se bromea! -replicó enojado Guermann-. Acuérdese de Chaplitski, al que ayudó usted a recuperar su deuda.

La condesa pareció turbarse. Los rasgos de su cara reflejaron una poderosa emoción en su alma pero en seguida la anciana se sumergió en la impasividad de antes.

-¬ŅPuede usted indicarme estas tres cartas seguras? -a√Īadi√≥ Guermann.

La condesa seguía callada; Guermann prosiguió:

-¬ŅPara qui√©n quiere usted guardarse su secreto? ¬ŅPara los nietos? ¬ŅQu√© falta les hace si ya son ricos? Si ni siquiera conocen el valor del dinero. A manirrotos como ellos sus tres cartas no les ser√°n de ayuda. Quien no sabe cuidar de la herencia paterna, por muchas artes diab√≥licas que tenga a su alcance, de todos modos ha de morir en la miseria. Pero yo no soy un derrochador; yo s√© el valor del dinero. Conmigo sus tres cartas no caer√°n en saco roto. ¬°¬ŅY bien?!...

Guermann calló y esperó anhelante la respuesta. La condesa callaba; Guermann se arrodilló.

-Si alguna vez -dijo- su coraz√≥n ha conocido el sentimiento del amor, si recuerda usted cu√°nta emoci√≥n el amor depara, si ha sonre√≠do siquiera una vez ante el primer llanto de su hijo reci√©n nacido, si alg√ļn sentimiento humano ha palpitado en su pecho, le imploro a usted, por su amor de esposa, de amante y de madre, por lo m√°s sagrado que haya en este mundo, ¬°no rechace mi s√ļplica! ¬°Desc√ļbrame su secreto! ¬ŅQu√© m√°s le da a usted?... ¬ŅQuiz√° el secreto entra√Īe un pecado horrible, la p√©rdida de la dicha eterna, un pacto con el diablo?... Pi√©nselo; usted ya es vieja, no le queda mucho de vida; yo, en cambio, estoy dispuesto a cargar con su pecado. Lo √ļnico que le pido es que me revele su secreto. Piense que la felicidad de un hombre se halla en sus manos, que no s√≥lo yo, sino mis hijos, mis nietos y biznietos bendecir√°n su nombre y honrar√°n su memoria como a una santa...

La vieja no decía ni palabra.

Guermann se levantó.

-¡Vieja bruja! -dijo apretando los dientes-. ¡Yo te haré hablar!...

Dicho esto, sacó del bolsillo una pistola.

Al ver el arma, la condesa mostró de nuevo en su rostro una poderosa emoción. Movió de arriba abajo la cabeza y levantó una mano como si se protegiera del disparo... Después cayó hacia atrás y se quedó inmóvil.

-D√©jese de chiquilladas -dijo Guermann tom√°ndola de la mano-. Se lo pregunto por √ļltima vez: ¬Ņquiere usted decirme sus tres cartas? ¬ŅS√≠ o no?

La condesa no contestaba. Guermann vio que estaba muerta.

 

IV

Lizaveta Iv√°novna, sentada en su habitaci√≥n a√ļn con el vestido de baile, se hallaba sumida en profundos pensamientos. Al llegar a casa, se apresur√≥ a despedir a la so√Īolienta doncella que le hab√≠a ofrecido con desgana sus servicios, dici√©ndole que ella misma se desvestir√≠a, entr√≥ temblorosa en su cuarto con la esperanza de ver all√≠ a Guermann y deseando no encontrarlo. Comprob√≥ a primera vista su ausencia y agradeci√≥ al destino por el contratiempo que hab√≠a impedido aquella cita. Se sent√≥ sin quitarse el vestido y se puso a rememorar todas las circunstancias que en tan poco tiempo tan lejos la hab√≠an llevado.

No habían pasado ni tres semanas desde que viera por primera vez tras la ventana a aquel joven, y ya mantenía con él correspondencia, ¡y éste ya le había arrancado una cita nocturna! Sabía su nombre sólo porque algunas de sus cartas iban firmadas; nunca le había dirigido la palabra, no conocía su voz y no había oído hablar de Guermann... hasta aquella misma noche. ¡Qué raro!

Justo aquella noche, en el baile, Tomski, enojado con la joven princesa Polina *** que, en contra de lo habitual, coqueteaba con otro, quiso vengarse de ella mostrándose indiferente: invitó a Lizaveta Ivánovna y bailó con ella una interminable mazurca. Durante todo el rato se burló de su interés por los oficiales de ingenieros. Le confesó que sabía muchas más cosas de las que ella podía suponer, y algunas de sus bromas fueron tan atinadas que Lizaveta Ivánovna pensó varias veces que Tomski conocía su secreto.

-¬ŅPor qui√©n se ha enterado de todo esto? -le pregunt√≥ ella entre risas.

-Por un compa√Īero de quien usted sabe -contest√≥ Tomski-, ¬°una persona muy notable!

-¬ŅY qui√©n es esta persona notable?

-Se llama Guermann.

Lizaveta Iv√°novna no dijo nada, pero las manos y los pies se le helaron...

-Este Guermann -prosiguió Tomski- es un personaje en verdad romántico: tiene el perfil de Napoleón y el alma de Mefistófeles. Creo que sobre su conciencia pesan al menos tres crímenes. ¡Cómo ha palidecido usted!

-Me duele la cabeza... ¬ŅQu√© es lo que le dec√≠a su Guermann, o como se llame?...

-Guermann est√° muy disgustado con su compa√Īero: dice que en su lugar √©l se hubiera comportado de muy otro modo... Yo supongo, incluso, que el propio Guermann le ha echado a usted el ojo; al menos escucha sin perder detalle las expansiones amorosas de su amigo.

-¬ŅY d√≥nde me habr√° visto?

-En la iglesia, tal vez... en alg√ļn paseo... ¬°El diablo lo sabe! A lo mejor, en su habitaci√≥n, mientras usted dorm√≠a: √©l es capaz...

Tres damas se acercaron a ellos con la pregunta ¬ęoubli ou regret?¬Ľ e interrumpieron aquella charla que aguijoneaba cada vez de modo m√°s torturante la curiosidad de Lizaveta Iv√°novna. La dama elegida por Tomski fue la propia princesa ***. √Čsta se tom√≥ el tiempo suficiente para aclarar sus malentendidos en las varias vueltas que dio y en el largo camino que recorri√≥ con √©l hasta la silla, de modo que Tomski al regresar a su lugar ya no pensaba ni en Guermann ni en Lizaveta Iv√°novna. Ella quer√≠a reanudar sin falta la charla interrumpida, pero la mazurca hab√≠a llegado a su fin y al poco rato la condesa decidi√≥ irse.

Las palabras de Tomski no eran otra cosa que pura palabrer√≠a de sal√≥n, pero calaron muy hondo en el alma de la joven so√Īadora. El retrato esbozado por Tomski se asemejaba al que se hab√≠a formado ella, y, gracias a las novelas m√°s recientes, este rostro entonces ya vulgar espantaba y atra√≠a a la vez su imaginaci√≥n.

Se hallaba sentada con los brazos cruzados inclinando sobre el pecho descubierto su cabeza a√ļn adornada de flores... De pronto la puerta se abri√≥ y entr√≥ Guermann. Lizaveta Iv√°novna se ech√≥ a temblar...

-Pero, ¬Ņd√≥nde estaba usted? -pregunt√≥ ella en un susurro espantado.

-En el dormitorio de la vieja condesa -respondió Guermann-; ahora vengo de verla. La condesa está muerta.

-¬°Dios santo!... ¬ŅQu√© dice usted?

-Y, al parecer -prosiguió Guermann-, yo soy la causa de su muerte.

Lizaveta Iv√°novna lo mir√≥ y las palabras de Tomski resonaron en su alma: ¬ę¬°Este hombre lleva sobre su conciencia tres cr√≠menes al menos!¬Ľ Guermann se sent√≥ en el alf√©izar de la ventana y se lo cont√≥ todo.

Lizaveta Ivánovna lo escuchó llena de horror. De modo que todas aquellas apasionadas cartas, aquellos encendidos ruegos, aquella persecución osada y tenaz, ¡todo eso no era amor! ¡Dinero: he aquí lo que ansiaba aquella alma! ¡La pobre pupila no era otra cosa que la ciega cómplice de un bandido, del asesino de su anciana protectora!...

La joven llor√≥ amargamente en un acceso de tard√≠o y torturado arrepentimiento. Guermann la miraba en silencio: tambi√©n su coraz√≥n se sent√≠a desgarrado, pero ni las l√°grimas de la desdichada muchacha ni la asombrosa belleza de su amargura conmov√≠an su esp√≠ritu severo. Guermann no sent√≠a remordimientos de conciencia ante la idea de la vieja muerta. S√≥lo una cosa lo llenaba de espanto: la irreparable p√©rdida del secreto con el que hab√≠a so√Īado enriquecerse.

-¬°Es usted un monstruo! -dijo al fin Lizaveta Iv√°novna.

-Yo no quería matarla -dijo Guermann-. La pistola no estaba cargada.

Ambos callaron.

Llegaba el amanecer. Lizaveta Iv√°novna apag√≥ la vela mortecina: una luz p√°lida ilumin√≥ la habitaci√≥n. Se enjug√≥ los ojos llorosos y alz√≥ la mirada hacia Guermann: √©ste segu√≠a sentado en el alf√©izar de la ventana, las manos cruzadas y el severo ce√Īo fruncido. En esta postura recordaba asombrosamente el retrato de Napole√≥n. Su parecido sorprendi√≥ incluso a Lizaveta Iv√°novna.

-¬ŅC√≥mo podr√° salir de la casa?-dijo finalmente Lizaveta Iv√°novna-. Pensaba conducirlo por una escalera secreta, pero hay que pasar por el dormitorio, y me da miedo.

-Dígame cómo encontrar esta escalera y me iré.

Lizaveta Ivánovna se levantó, sacó de la cómoda una llave, se la entregó a Guermann y le hizo una detallada descripción del camino. Guermann estrechó su fría e insensible mano. Besó su cabeza inclinada y salió.

Baj√≥ por la escalera de caracol y entr√≥ de nuevo en el dormitorio de la condesa. La vieja muerta segu√≠a sentada, su rostro petrificado expresaba una serenidad profunda. Guermann se detuvo ante ella, la mir√≥ largamente, como si quisiera cerciorarse de la horrible verdad; por fin entr√≥ en el despacho, encontr√≥ a tientas tras el tapizado de la pared una puerta y comenz√≥ a bajar por una oscura escalera, abrumado por extra√Īas sensaciones.

¬ęTal vez por esta misma escalera -pensaba- har√° unos sesenta a√Īos, a este mismo dormitorio y a la misma hora, con un caft√°n bordado, peinado √† l'oiseau royal, estrechando contra el pecho un sombrero de tres picos, se habr√≠a deslizado el joven afortunado que desde hace tiempo se pudre en su tumba; en cambio, ha sido hoy cuando el coraz√≥n de su anciana amante ha dejado de latir...¬Ľ

A final de la escalera Guermann encontró una puerta que abrió con la llave, y se encontró en un largo corredor que lo condujo a la calle.

 

V

Tres d√≠as despu√©s de la fat√≠dica noche, a las nueve de la ma√Īana, Guermann se dirigi√≥ al monasterio de ***, donde deb√≠an celebrarse los funerales de la difunta condesa. Sin sentirse arrepentido, no pod√≠a sin embargo ahogar del todo la voz de su conciencia que le repet√≠a: ¬°eres el asesino de la vieja! No era hombre de verdadera fe, pero s√≠ muy supersticioso. Cre√≠a que la condesa muerta pod√≠a ejercer un influjo mal√©fico sobre su vida, y para conseguir de ella el perd√≥n decidi√≥ presentarse al entierro.

La iglesia estaba llena. Guermann logr√≥ a duras penas abrirse paso entre la multitud. El f√©retro se alzaba sobre un rico catafalco bajo un baldaquino de terciopelo. La difunta yac√≠a en el ata√ļd, las manos cruzadas sobre el pecho, con una cofia de encaje y un vestido de raso blanco. A su alrededor se encontraban los suyos: la servidumbre, en caftanes negros con cintas blasonadas sobre el hombro y sosteniendo los candelabros; los familiares: hijos, nietos y biznietos, de luto riguroso. Nadie lloraba; las l√°grimas hubieran sido une affectation. La condesa era tan vieja que su muerte ya no pod√≠a extra√Īar a nadie, y desde hac√≠a tiempo, los familiares la ve√≠an como m√°s del otro mundo que de √©ste.

Un joven prelado pronunci√≥ la oraci√≥n f√ļnebre. Glos√≥ con expresiones sencillas y emotivas el tr√°nsito de la hija de Dios por este mundo, cuyos largos a√Īos de vida hab√≠an sido un callado y conmovedor preparativo para una cristiana muerte.

-El ángel de la muerte la ha tomado en plena vigilia -dijo el orador-, entregada a la piadosa reflexión y en espera del novio de la medianoche.

El servicio se desarroll√≥ con la tristeza y el decoro merecido. Los familiares fueron los primeros en dirigirse a dar el √ļltimo adi√≥s a la difunta. Tras ellos se puso en movimiento la numerosa muchedumbre reunida para inclinarse ante la dama que desde hac√≠a tantos a√Īos hab√≠a sido part√≠cipe de sus mundanas diversiones. Despu√©s tambi√©n sigui√≥ toda la servidumbre. Finalmente se acerc√≥ el ama de llaves de la se√Īora, una anciana de sus mismos a√Īos. Dos j√≥venes doncellas la conduc√≠an sujet√°ndola de los brazos. No tuvo fuerzas para inclinarse hasta el suelo, y fue la √ļnica en dejar caer unas cuantas l√°grimas al besar la fr√≠a mano de su se√Īora.

Tras ella, Guermann se decidi√≥ a acercarse al f√©retro. Hizo una reverencia hasta tocar el suelo y permaneci√≥ varios minutos sobre las fr√≠as losas cubiertas de ramas de abeto. Al fin se levant√≥, p√°lido como la propia difunta, subi√≥ los escalones del catafalco y se inclin√≥... En aquel instante le pareci√≥ que la muerta lo mir√≥ con expresi√≥n burlona y le gui√Ī√≥ un ojo. Guermann retrocedi√≥ con premura, tropez√≥ y cay√≥ de espaldas sobre el suelo. Lo levantaron. En aquel mismo instante sacaron al exterior a Lizaveta Iv√°novna desmayada.

El episodio perturb√≥ por varios minutos la solemnidad de la l√ļgubre ceremonia. Entre los asistentes se alz√≥ un sordo rumor, y un escu√°lido chambel√°n, pariente cercano de la difunta, le susurr√≥ al o√≠do a un ingl√©s que se encontraba a su lado que el joven oficial era un hijo natural de la condesa, a lo que el ingl√©s respondi√≥ con frialdad: ¬ŅOh?

Todo el d√≠a Guermann se sinti√≥ extraordinariamente disgustado. Durante el almuerzo en una apartada hoster√≠a, en contra de su costumbre, bebi√≥ much√≠simo con la esperanza de ahogar su desasosiego interior. Pero el vino enardec√≠a a√ļn m√°s su imaginaci√≥n. Al regresar a casa, se dej√≥ caer sin desnudarse sobre la cama y se durmi√≥ profundamente.

Se despert√≥ cuando ya era de noche: la luna iluminaba su habitaci√≥n. Mir√≥ el reloj: eran las tres menos cuarto. Le hab√≠a abandonado el sue√Īo; se sent√≥ en la cama y se qued√≥ pensando en el entierro de la vieja condesa.

En aquel momento alguien miró desde la calle a través de la ventana y se retiró al instante. Guermann no prestó atención alguna al hecho. Al cabo de un minuto oyó que abrían la puerta de la entrada. Guermann pensó que su ordenanza, borracho como de costumbre, regresaba de un paseo nocturno. Pero oyó unos pasos desconocidos: alguien andaba arrastrando silenciosamente los zapatos. La puerta se abrió, entró una mujer vestida de blanco. Guermann la tomó por su vieja aya y se asombró de verla en casa a aquellas horas. Pero la mujer de blanco, en un abrir y cerrar de ojos, de pronto apareció ante él, ¡y Guermann reconoció a la condesa!

-He venido a verte en contra de mi voluntad -dijo la condesa con voz firme-. Pero se me ha mandado que cumpla tu deseo. El tres, el siete y el as, uno tras otro, te harán ganar; pero, con una condición: que no apuestes más de una carta al día y que en lo sucesivo no juegues nunca más. Te perdono mi muerte con tal de que te cases con mi protegida Lizaveta Ivánovna...

Tras estas palabras se dio la vuelta en silencio, se dirigió hacia la puerta y desapareció arrastrando los zapatos. Guermann oyó cómo resonó la puerta en el zaguán y vio que alguien lo miró de nuevo por la ventana.

Guermann tardó mucho rato en recobrarse. Salió a la habitación contigua. Su ordenanza dormía en el suelo; Guermann lo despertó a duras penas. El ordenanza, como de costumbre, estaba borracho, de modo que no pudo sacar de él nada en claro. La puerta del zaguán estaba cerrada. Guermann regresó a su cuarto, encendió una vela y anotó su visión.

 

VI

Dos ideas fijas no pueden existir al mismo tiempo en el ámbito de lo moral, de igual modo que en el mundo físico dos cuerpos no pueden ocupar idéntico lugar. El tres, el siete y el as pronto desplazaron en la mente de Guermann la imagen de la vieja muerta. El tres, el siete y el as no salían de su imaginación y le brotaban constantemente en los labios. Al ver a una joven, decía:

-¡Qué esbelta es!... Un auténtico tres de corazones.

Le preguntaban la hora y contestaba:

-Faltan cinco minutos para... un siete.

Cualquier hombre barrigudo le recordaba a un as. El tres, el siete y el as lo persegu√≠an en sue√Īos adoptando todos los aspectos posibles: el tres florec√≠a ante sus ojos en forma de suntuosa magnolia; el siete se le aparec√≠a como un portal g√≥tico, y el as, como una enorme ara√Īa. Y todos sus pensamientos conflu√≠an en uno: c√≥mo sacar provecho del secreto que tan caro le hab√≠a costado.

Comenzó a pensar en pedir el retiro, en marchar de viaje. Quería hacerse con el tesoro de la encantada fortuna en alguna casa de juegos de París. Pero una ocasión le ahorró los quebraderos de cabeza.

En Mosc√ļ se hab√≠a formado una sociedad de ricos jugadores bajo la presidencia del c√©lebre Chekalinski, un hombre que se hab√≠a pasado la vida jugando a las cartas y que en su tiempo hab√≠a amasado millones ganando con talones y perdiendo en dinero contante y sonante. Los largos a√Īos de experiencia le granjearon la confianza de sus compa√Īeros, y la casa siempre abierta, su famoso cocinero y el trato amable y jovial le proporcionaron el respeto del p√ļblico. Chekalinski se instal√≥ en Petersburgo. Los j√≥venes inundaron sus salones abandonando los bailes por las cartas y prefiriendo las tentaciones del fara√≥n al atractivo del galanteo. All√≠ llev√≥ Nar√ļmov a Guermann.

Atravesaron una serie de salas espl√©ndidas llenas de corteses camareros. Varios generales y consejeros privados jugaban al whist; los j√≥venes se sentaban recostados en mullidos sof√°s, com√≠an helado y fumaban en pipa. En el sal√≥n, tras una larga mesa alrededor de la cual se agolpaban unos veinte jugadores, se sentaba el due√Īo, que llevaba la banca. Era un hombre de unos sesenta a√Īos, de la m√°s respetable apariencia; unas canas plateadas cubr√≠an su cabeza; su cara oronda y fresca era todo afabilidad; sus ojos, animados de una constante sonrisa, brillaban. Nar√ļmov le present√≥ a Guermann. Chekalinski le estrech√≥ amistosamente la mano, le rog√≥ que se sintiera como en su casa y sigui√≥ tallando.

La partida dur√≥ largo rato. Sobre el tapete hab√≠a m√°s de treinta cartas. Chekalinski se deten√≠a tras cada tirada para dar tiempo a los jugadores a que hicieran sus apuestas; apuntaba las p√©rdidas, atend√≠a cort√©smente las reclamaciones y con a√ļn mayor cortes√≠a alisaba m√°s de un pico doblado por alguna mano distra√≠da. Finalmente termin√≥ la partida. Chekalinski baraj√≥ las cartas y se dispuso a tallar de nuevo.

-Perm√≠tame jugar una mano -dijo Guermann alargando su brazo de detr√°s de un se√Īor gordo que estaba jugando. Chekalinski sonri√≥, inclin√≥ en silencio la cabeza en se√Īal de sumiso asentimiento. Nar√ļmov felicit√≥ entre risas a Guermann por haber roto su largo ayuno y le dese√≥ un buen comienzo.

-¬°Voy! -dijo Guermann tras escribir con tiza la apuesta en su carta.

-¬ŅCu√°nto? -pregunt√≥ entornando los ojos el de la banca-. Perdone, no lo veo bien.

-Cuarenta y siete mil -contestó Guermann.

Al o√≠r aquellas palabras, al instante, todas las cabezas y todas las miradas se dirigieron hacia Guermann. ¬ę¬°Se ha vuelto loco!¬Ľ, pens√≥ Nar√ļmov.

-Permítame advertirle -dijo Chekalinski con su imborrable sonrisa-, que juega usted muy fuerte; aquí nunca nadie ha apostado más de doscientos setenta y cinco a una sola carta.

-¬ŅY bien? -replic√≥ Guermann-. ¬ŅAcepta usted mi carta a no?

Chekalinski inclinó la cabeza con el aspecto de sumiso asentimiento de siempre.

-S√≥lo quer√≠a informarle -dijo- que la confianza con que me honran los compa√Īeros no me permite jugar con nada que no sea dinero en efectivo. Por mi parte, claro est√°, estoy seguro de que con su palabra basta, pero, para el buen orden del juego y de las cuentas, le ruego que coloque la suma sobre la carta.

Guermann extrajo del bolsillo un billete de banco y lo entregó a Chekalinski, quien, tras echarle un simple vistazo, lo colocó sobre la carta de Guermann. Lanzó dos cartas. A la derecha cayó un nueve, a la izquierda un tres.

-¡La mía gana! -dijo Guermann mostrando su carta.

Entre los jugadores se alz√≥ un murmullo. Chekalinski frunci√≥ el ce√Īo, pero al momento la sonrisa retorn√≥ a su cara.

-¬ŅDesea retirar sus ganancias? -le pregunt√≥ a Guermann.

-Si tiene la bondad.

Chekalinski sac√≥ del bolsillo varios billetes de banco y sald√≥ la deuda al punto. Guermann tom√≥ su dinero y se alej√≥ de la mesa. Nar√ļmov no pod√≠a recobrarse de su perplejidad. Guermann se bebi√≥ un vaso de limonada y se march√≥ a casa.

Al d√≠a siguiente por la noche se present√≥ de nuevo en casa de Chekalinski. El due√Īo llevaba la banca. Guermann se acerc√≥ a la mesa; los jugadores en seguida le hicieron sitio. Chekalinski lo salud√≥ con una cari√Īosa reverencia.

Guermann esperó la nueva partida, colocó su carta poniendo sobre ella sus cuarenta y siete mil rublos y lo ganado el día anterior.

Chekalinski lanzó las cartas. A la derecha cayó un valet, a la izquierda un siete.

Guermann descubrió su siete.

Todos lanzaron un ¡ah! Chekalinski se turbó visiblemente. Contó noventa y cuatro mil rublos y los entregó a Guermann. Este los tomó impasible y al punto se alejó.

A la noche siguiente Guermann apareció de nuevo ante la mesa. Todos lo esperaban. Los generales y consejeros privados abandonaron su whist para ver aquella inusitada partida. Los jóvenes oficiales saltaron de sus divanes; todos los camareros se reunieron en el salón. Todos rodeaban a Guermann. Los demás jugadores abandonaron sus cartas impacientes por ver cómo acabaría aquel joven. Guermann, de pie junto a la mesa, se disponía a apuntar él solo contra el pálido pero todavía sonriente Chekalinski. Cada uno desempaquetó una baraja de cartas. Chekalinski barajó. Guermann tomó y colocó su carta cubriéndola de un montón de billetes de banco. Aquello parecía un duelo. Reinaba un profundo silencio.

Chekalinski lanzó las cartas, las manos le temblaban. A la derecha se posó una dama, a la izquierda un as.

-¡El as ha ganado! -dijo Guermann y descubrió su carta.

-Han matado a su dama -dijo cari√Īoso Chekalinski.

Guermann se estremeció: en efecto, en lugar de un as tenía ante sí una dama de espadas. No daba crédito a sus ojos, no comprendía cómo había podido confundirse.

En aquel instante le pareci√≥ que la dama de espadas le gui√Ī√≥ un ojo y le sonri√≥ burlona. La inusitada semejanza lo fulmin√≥...

-¡La vieja! -gritó lleno de horror.

Chekalinski se acercó los billetes. Guermann seguía inmóvil. Cuando se apartó de la mesa, se alzó un rumor de voces.

-¬°Una jugada divina! -comentaban los jugadores.

Chekalinski barajó de nuevo las cartas; el juego siguió su curso.

 

EP√ćLOGO

Guermann ha perdido la raz√≥n. Est√° en la cl√≠nica Ob√ļjov, en la habitaci√≥n n√ļmero 17. No contesta a ninguna pregunta y murmura con inusitada celeridad: ¬ę¬°Tres, siete, as! ¬°Tres, siete, dama!...¬Ľ

Lizaveta Iv√°novna se ha casado con un joven muy afable que sirve en alguna parte y posee una fortuna considerable: es el hijo del que fuera el administrador de la difunta condesa. Lizaveta Iv√°novna tiene de pupila a una pariente pobre.

Tomski ha ascendido a capit√°n y se ha casado con la princesa Polina.





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