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El bosque-raíz-laberinto

Italo Calvino

En un bosque tan frondoso que a√ļn de d√≠a estaba oscuro, el rey Clodoveo cabalgaba a la cabeza de su ej√©rcito, de retorno de la guerra. El rey estaba preocupado: sab√≠a que a un cierto punto el bosque deb√≠a terminar y entonces √©l habr√≠a llegado a la vista de la capital de su reino, Arbolburgo. A cada vuelta del sendero esperaba descubrir las torres de la ciudad. Nada, todo lo contrario. Hac√≠a mucho tiempo que avanzaban en el bosque y √©ste, sin embargo, no daba se√Īales de terminar.

-No se ve -dice el rey a su viejo escudero Amalberto-, no se ve todavía...

Y el escudero:

-A la vista s√≥lo tenemos troncos, ramas retorcidas, frondas, matas y zarzales. Majestad, ¬Ņc√≥mo podemos esperar ver la ciudad a trav√©s de un bosque tan denso?

-No recordaba que el bosque fuera as√≠ de extenso e intrincado -refunfu√Īaba el rey. Se hubiera dicho que mientras √©l estaba lejos la vegetaci√≥n hubiese crecido desmesuradamente, enrosc√°ndose e invadiendo los senderos.

El escudero Amalberto tuvo un sobresalto.

-¬°All√° est√° la ciudad!

-¬ŅD√≥nde?

-He visto aparecer a trav√©s de las ramas la c√ļpula del palacio real. Pero no logro divisarla ahora.

Y el rey:

-Est√°s so√Īando. No se ve m√°s que palos.

Pero en la vuelta siguiente fue el rey quien exclamara:

-¡Eh! ¡Es allí! ¡La he visto! ¡Las verjas del jardín real! Las garitas de los centinelas!

Y el escudero:

-¬ŅD√≥nde, d√≥nde, Majestad? No veo nada...

Ya la mirada del rey Clodoveo giraba desorientada alrededor.

-All√≠... No... Sin embargo, la hab√≠a visto... ¬ŅD√≥nde ha ido a parar?

La sombra se adensaba entre los √°rboles. El aire se volv√≠a siempre m√°s oscuro. Y entre las ramas m√°s altas se oy√≥ un batir de alas, acompa√Īado de un extra√Īo canto:

-Coac... Coac... -Un pájaro de colores y formas jamás vistos revoloteaba en el bosque. Tenía plumas tornasoladas como un faisán, grandes alas que se agitaban en el aire como las de un cuervo, un pico largo como el de un pájaro carpintero y una cresta de plumaje blanco y negro como el de una abubilla.

-¡Eh, atrápenlo! -gritó el rey-. ¡Eh, se nos escapa! ¡Sigámoslo!

El ejército, en filas compactas, dirigió su marcha de modo de seguir el vuelo del pájaro, giró a la izquierda, giró a la derecha, retrocedió. Pero el pájaro ya había desaparecido. Se oyó todavía el "Coac... Coac...", alejándose después el silencio.

El camino se les hacía penoso. Dijo el rey:

-Las ramas nos obstaculizan la marcha. No nos queda m√°s que descabalgar o rasgu√Īarnos con ellas.

Y el escudero:

-¬ŅRamas? Estas son ra√≠ces, Majestad.

-Si estas son raíces -replicó el rey- entonces nos estamos adentrando en la tierra.

-Y si éstas fueran ramas, -insistió el viejo Amalberto-, entonces hubiéramos perdido de vista el suelo y estaríamos suspendidos en el aire.

Reapareció el pájaro. O mejor dicho, se vio volar su sombra y se sintió una "Coac...Coac..."

-Este extra√Īo p√°jaro nos gu√≠a -dijo el rey-. ¬ŅPero ad√≥nde?

-Tanto vale seguirlo, se√Īor -dijo el escudero-. Desde hace rato hemos perdido el camino. Todo est√° oscuro.

-¡Enciendan las linternas! -ordenó el rey, y la fila de soldados se desanudó por el bosque como una bandada de luciérnagas.

Todo aquel d√≠a la princesa Verbena hab√≠a mirado con catalejo el horizonte desde el balc√≥n del palacio real de Arbolburgo, esperando el retorno de la guerra del rey Clodoveo, su padre. Pero fuera de los muros de la ciudad el bosque era tan espeso como para esconder a un ej√©rcito en marcha. En ese momento a Verbena le hab√≠a parecido ver una fila de alabardas y de lanzas despuntando entre las ramas, pero deb√≠a estar equivocada. All√≠, ahora le parec√≠a que algunos yelmos se asomaban entre las hojas.... No, era un enga√Īo de sus ojos.

Durante la ausencia del rey Clodoveo, el bosque allí abajo se había vuelto cada vez más espeso y amenazador, como si el reino vegetal quisiera asediar los muros de Arbolburgo. Y al mismo tiempo, en el interior de la ciudad, todas las plantas se habían marchitado, habían perdido las hojas y se habían muerto. La ciudad no era la misma desde que la reina Ferdibunda, segunda mujer del rey Clodoveo y madrastra de Verbena, en ausencia del marido, había tomado el mandó asistida por su primer ministro Curvaldo.

Verbena pensaba: "Querr√≠a fugarme de aqu√≠, salir al encuentro de mi padre". Pero, ¬Ņc√≥mo hacerlo en ese bosque impenetrable?

La reina Ferdibunda, que espiaba a Verbena detrás de una cortina, murmuró al primer ministro:

-Comienza a perder las esperanzas nuestra princesita. Los d√≠as pasan, los s√ļbditos est√°n cansados de esperar a un rey que no vuelve. Y yo tambi√©n estoy cansada, Curvaldo. Es tiempo de dar v√≠a libre a nuestra conjura.

Curvaldo sonrió maliciosamente.

-Los conjurados están prestos a reunirse en los lugares convenidos, reina mía, para después marchar sobre el palacio real y...

-...y proclamarte rey, Curvaldo -terminó Ferdibunda la frase.

-Si así lo quiere mi reina... -y Curvaldo, siempre sonriendo maliciosamente, inclinó la cabeza.

-Entonces -dijo la reina- arma tu trampa, Curvaldo, y advierte a tus hombres, es la hora.

Pero Curvaldo prefería proceder con cautela. En Arbolburgo loa fieles del rey eran todavía numerosos, y vigilaban. Las calles de la ciudad eran rectas y estaban expuestas a las miradas de todos: las idas y venidas de los conjurados serían rápidamente vistas por mucha gente.

La reina estaba impaciente.

-¬ŅQu√© piensas hacer, Curvaldo?

El primer ministro tenía un plan.

-Nuestros movimientos deben desenvolverse fuera de los muros de la ciudad -decidió-. Nos desplazaremos de una puerta a la otra por los caminos exteriores que pasan por el bosque. Sin ser vistos, los conjurados circundarán la ciudad.

Saliendo de la puerta norte, Ferdibunda y Curvaldo dieron órdenes a sus secuaces:

-Divídanse en dos grupos: uno rodeará la ciudad por el este y el otro por el oeste. A las nueve y cuarto precisamente penetrarán en Arbolburgo por las puertas laterales. Nosotros dos, entretanto, con un rodeo más largo, iremos hasta la puerta sur y desde allí haremos nuestra entrada triunfal a la ciudad, a las nueve y media en punto.

Habiendo dicho esto, la reina y el ministro se alejaron por un sendero trazado en forma de anillo en torno a Arbolburgo, apenas afuera de los muros. A decir verdad, mientras más avanzaban ellos, más parecía el sendero desprenderse de la ciudad. La reina comenzó a preguntarse si acaso no habían equivocado el sendero.

-No temas, -dijo Curvaldo- m√°s all√° de aquella vuelta, doblada la colina, estaremos cerca de los muros.

Y continuaron por el sendero.

-Eso, hay todavía un desvío, pero seguramente más allá volveremos al camino principal.

El sendero ya subía, ya bajaba.

-Apenas superados estos desniveles, nos encontraremos en la direcci√≥n correcta -dec√≠a Curvaldo, pero entretanto oscuros presentimientos invad√≠an el √°nimo de la reina. Ve√≠a la mara√Īa de la vegetaci√≥n adentr√°ndose como la trama de su traici√≥n, como si sus pensamientos fueran a embrollar la ciudad en un enredo inextricable.

Mientras tanto un pájaro de una especie jamás vista voló entre las ramas emitiendo un reclamo estridente:

-"Coac... Coac..."

-Qu√© extra√Īo p√°jaro -dijo Ferdibunda-. Parece que nos esperara, que deseara hacerse atrapar.

No, el pájaro volaba de rama en mata, se escondía, volvía a aparecer. Siguiéndolo la reina y Curvaldo se encontraron en un sendero más espacioso, aunque más oscuro y todo curvas.

-Est√° cayendo la noche... ¬ŅD√≥nde estamos?

El p√°jaro se dej√≥ o√≠r a√ļn:

-"Coac... Coac..."

-Sigamos el canto del pájaro -dijo Curvaldo-, por aquí, ven.

Mientras tanto, en otra parte del bosque, tambi√©n al rey Clodoveo le parec√≠a o√≠r el canto del p√°jaro. En aquella noche sin estrellas, en aquel laberinto de √°spera corteza nudosa, el "Coac... Coac..." era el √ļnico signo hacia el cual dirigir los propios pasos. El aceite de las linternas se hab√≠a acabado, pero los ojos de los soldados se hab√≠an vuelto luminosos como los de los b√ļhos y su resplandor constelaba la oscuridad. El ej√©rcito en marcha no emit√≠a m√°s un sonido met√°lico sino un frufr√ļ como si entre las armas y las corazas y los escudos hubiese crecido follaje. El viejo escudero Amalberto ya sent√≠a crecer el musgo sobre su espalda.

-¬ŅD√≥nde estar√° mi ciudad? -se preguntaba el rey Clodoveo-. ¬ŅY mi trono? ¬ŅY mi hija Verbena?

Verbena estaba en aquel momento bajo la morera de su patio. Esta vieja morera era el √ļnico √°rbol que hab√≠a quedado con vida en toda la ciudad. Los p√°jaros, desde tanto desaparecidos de los √°rboles de Arbolburgo, ven√≠an todav√≠a a visitar las ramas de la morera en la estaci√≥n de las moras. He aqu√≠ que entonces un p√°jaro de formas y colores jam√°s vistos viene agitando las alas, a posarse cerca de Verbena. Grazn√≥:

-"Coac... Coac..."

-P√°jaro, si pudiera volar contigo fuera de esta jaula... -suspiraba Verbena-. Si pudiera seguirte en tu vuelo... Pero, ¬Ņd√≥nde est√°s ahora? ¬ŅTe has escondido? ¬°Esp√©rame! ¬°No me dejes aqu√≠!

El tronco de la vieja morera estaba todo retorcido, lleno de sinuosidades, excavado por los siglos. Girar en torno a su tronco parecía cuestión de un instante, pero en cambio Verbena tuvo que salvar raíces que sobresalían, inclinarse bajo ramas bajas. Parecía que el árbol quisiera tomarla bajo su protección, atraerla hacía el río de savia que a través de corrientes subterráneas se ligaba con el bosque.

-"Coac... Coac.."

-Ah, has volado hasta all√° abajo -dijo Verbena-. Pero, ¬Ņen d√≥nde estoy? Quer√≠a sencillamente rodear el tronco y me he perdido entre sus ra√≠ces. Hay un bosque subterr√°neo que levanta los fundamentos de la ciudad... ¬ŅAd√≥nde he ido a parar?

Verbena no lograba comprender si había quedado prisionera dentro del tronco de la morera o entre las raíces enterradas o bien si había salido completamente afuera de la ciudad, al bosque amenazador que tanto la atemorizaba... al bosque libre que tanto la atraía.

Un joven llamado Ar√°ndano se acercaba a los muros de Arbolburgo y gritaba un llamado:

-¬°Eh, los de la ciudad! ¬°Centinelas de guardia en los muros! ¬ŅMe oyen?

Pero ninguno asomaba la cara.

Arándano estaba acostumbrado a llegar a la ciudad desde el bosque y a ver aparecer en lo alto y sobre los árboles las torres, los balcones, las pérgolas, los miradores, las verandas. Pero esta vez se encontraba el bosque tan crecido que sobre su cabeza no veía más que ramas retorcidas que parecían raíces.

-¬°Resp√≥ndanme! -gritaba Ar√°ndano-. ¬°Digan algo! ¬°Hagan una se√Īal! ¬ŅC√≥mo puedo llevarles nuevamente los cestos de frutillas silvestres, de rodellones, de bayas? ¬°Eh, los de la ciudad! ¬ŅC√≥mo har√© para volver a ver a la bella muchacha que un d√≠a se asom√≥ a un balc√≥n y acept√≥ en regalo un ramo de madreselvas?

Buscando ver m√°s lejos, Ar√°ndano subi√≥ sobre ramas m√°s altas pero la mara√Īa parec√≠a espesarse m√°s bien que dejar espacio a la luz.

-¬°Oh! ¬°Qu√© extra√Īo p√°jaro! -exclam√≥ de repente Ar√°ndano.

Y el p√°jaro:

-"Coac... Coac..."

El bosque era aquella ma√Īana un serpentear de senderos y de pensamientos de personas perdidas. El rey Clodoveo pensaba: "¬°Oh, ciudad inalcanzable! Me ense√Īaste a caminar por tus caminos rectos y luminosos y, ¬Ņde qu√© me sirve eso? Ahora debo abrirme paso por senderos serpenteantes y enmara√Īados y me he perdido..."

Y los pensamientos de Curvaldo eran éstos: "Más tortuoso el camino, más conviene a nuestros planes. Todo consiste en encontrar el punto en el cual las curvas, a fuerza de curvarse, coinciden con los caminos rectos. Entre todo el nudo de senderos que se enredan en el bosque, éste es el nudo del cual no encuentro el cabo".

En cambio Verbena pensaba: "¬°Huir, huir! ¬ŅPero, por qu√© mientras m√°s me interno en el bosque m√°s me parece estar prisionera? La ciudad de piedra escuadrada y el bosque enmara√Īado siempre me parecieron enemigos y separados, sin comunicaci√≥n posible. Pero ahora que he encontrado el pasaje me parece que se transforman en una sola cosa. Querr√≠a que la savia del bosque atravesase la ciudad y llevase la vida entre sus piedras, querr√≠a que en el medio del bosque se pudiese ir y venir y encontrarse y estar juntos como en una ciudad..."

Los pensamientos de Ar√°ndano eran como en un sue√Īo: "Querr√≠a llevar a la ciudad las frutillas del bosque, pero no en un cesto: querr√≠a que las mismas frutillas se movieran, como un ej√©rcito bajo mi mando, que marchasen sobre sus propias ra√≠ces hasta las puertas de la ciudad. Querr√≠a que los ramos cargados de moras se encaramaran por los muros, querr√≠a que el romero y la salvia y la albahaca y la menta invadiesen las calles y las plazas. Aqu√≠ en el bosque la vegetaci√≥n sofoca de tan densa, mientras que la ciudad permanece cerrada e inalcanzable como una √°rida urna de piedra".

Curvaldo aguzó el oído.

-Oigo pasos como de un ejército en marcha.

Ferdibunda aguzó la vista.

-¬°Cielos! ¬°Es mi marido, el rey, a la cabeza de sus tropas! ¬°Escond√°monos!

El escudero Amalberto había percibido algo raro.

-Majestad, siento que alguien se esconde entre los árboles y espía nuestros pasos.

Y el rey Clodoveo:

-Estamos en guardia.

S√ļbitamente Ar√°ndano fue interrumpido en sus enso√Īaciones.

-¡Oh! ¡Qué veo! -se le había aparecido la muchacha que había visto una vez en el balcón. La llamó:

-¬°Eh, muchacha!

Verbena se volvió.

-¬ŅQui√©n me llama?

-Yo, Ar√°ndamo. Llevaba los frutos del bosque a la ciudad, pero me he perdido siguiendo a un p√°jaro que hace coac.

-Yo soy Verbena. Vengo de la ciudad, o m√°s bien me escapo de ella y tambi√©n me he perdido siguiendo a un p√°jaro que hace coac... Ah, pero t√ļ eres aquel joven que un d√≠a me regal√≥ un ramo de madreselvas y me parec√≠a que era el bosque mismo que llegaba hasta m√≠ para darme un mensaje... Escucha, ¬Ņsabes decirme d√≥nde estamos? Hab√≠a descendido por las ra√≠ces y ahora me encuentro como suspendida.

-No lo sé. Me había trepado por las ramas y ahora me encuentro como engullido en un laberinto...

Quer√≠a decirle, adem√°s: "Pero estando t√ļ aqu√≠, Verbena, lo mejor de la ciudad y del bosque est√°n finalmente reunidos" pero le parec√≠a un poco atrevido y no lo dijo.

Verbena quer√≠a decirle: "Tu sonrisa, Ar√°ndano, me hace pensar que donde t√ļ est√°s el bosque pierde su aspecto selv√°tico y la ciudad es m√°s √°rida y despiadada". Pero no sab√≠a si la habr√≠a entendido y dijo solamente:

-Pero, ¬Ņc√≥mo haces para estar abajo, si dices que est√°s sobre las ramas?

En efecto, Verbena veía a Arándano como hundido en un pozo... pero en el fondo de aquel pozo estaba el cielo.

-Y t√ļ, ¬Ņc√≥mo haces para haber llegado tan alto, siempre descendiendo, mientras que yo no he hecho otra cosa que subir?

Arándano se puso a reflexionar, y agregó después:

-Pensándolo bien la solución no puede ser más que una.

-¬ŅCu√°l?

-Este bosque tiene las raíces arriba y las ramas abajo.

Y Verbena y Ar√°ndano comenzaron juntos a dar vueltas y contra-vueltas entre las ramas.

-Este es el arriba y aquél es el abajo... No, éste es el abajo y aquél es el arriba...

-Tienes razón -admitió Verbena-. Pero yo he descubierto otro secreto.

-Dímelo.

-¬ŅVes este √°rbol todo retorcido? Si giras alrededor de √©l en este sentido ver√°s el bosque al rev√©s, si giras en sentido contrario, el arriba y el abajo se trastornar√°n de nuevo.

Los dos jóvenes hablaban, hablaban, comunicándose sus descubrimientos, y no se daban cuenta de ser espiados por los ojos gélidos de la reina madrastra.

Ferdibunda fue r√°pidamente a advertirle a Curvaldo.

-La princesita ha escapado de la ciudad. Hay que impedirle que descubra nuestra conjura y que vaya al encuentro de su padre para advertirlo. Aquel joven guardabosque debe ser su cómplice. Debemos capturarlos.

Curvaldo mostró los dientes en una sonrisa que no prometía nada bueno.

-A ella la sepultaremos bajo las raíces. A él lo colgaremos de la rama más alta.

La reina estuvo inmediatamente de acuerdo.

-Mientras tanto yo me presentaré al rey para intentar detenerlo un poco.

S√ļbitamente Ferdibunda corri√≥ al encuentro de Clodoveo.

-¬°Mi real consorte, bienvenido!

-¬ŅA qui√©n veo? -exclam√≥ el rey-. ¬ŅMi mujer, la reina Ferdibunda? ¬ŅQu√© haces aqu√≠?

-¬ŅY ad√≥nde querr√≠as que estuviese sino aqu√≠, esper√°ndote? ¬ŅNo es √©ste quiz√°s nuestro palacio?

-¬ŅNuestro palacio? No veo m√°s que un bosque todo espinas de las que no logro desenredarme... ¬ŅAcaso tengo alucinaciones?

Y se dirigió al escudero para confirmar sus impresiones. El viejo Amalberto extendió los brazos y dobló hacia afuera el labio inferior, como alguien que no comprende nada.

-¬ŅC√≥mo? -insist√≠a Ferdibunda-. ¬ŅNo ves los p√≥rticos, los escalones, los salones, los lampadarios, los cortinajes, los tapices, los terciopelos, los damasquinados, tu trono con almohad√≥n de plumas sobre el que reposar√°s de las fatigas de la guerra?

El rey meneaba la cabeza.

-Yo no toco m√°s que corteza h√ļmeda, matas, musgo, palos... ¬ŅHabr√© perdido la raz√≥n? Pero si este es el palacio, ¬Ņd√≥nde est√° mi hija Verbena?

-Ay de mí -dijo la reina- debo darte una noticia muy triste... Verbena...

-¬ŅQu√© dices? ¬ŅVerbena...?

-Al pie de uno de estos árboles encontrarás su tumba. Busca entre las raíces.

- ¬°No! ¬°No puede ser! ¬°Verbena! ¬ŅD√≥nde est√°s? -y el rey se puso a buscarla, desesperado.

-¡Padre mío... estoy aquí! -gritó Verbena apareciendo en el extremo de una rama alta-. ¡Finalmente te he encontrado!

-¬°Hija m√≠a! ¬°Entonces no est√°s muerta!... ¬ŅD√≥nde estoy, d√≥nde estamos?

-No hay tiempo que perder -le explicó Verbena- hay un pasaje secreto a través del cual las ramas más altas del bosque comunican con las raíces de la morera que crece en nuestro patio, bien al centro de la ciudad. ¡Sube! ¡Rápido! ¡Te salvarás de la conjura de la madrastra traidora y recuperarás el trono!

Y el rey, siguiendo a su hija, después de algunas vueltas hacia arriba y hacia abajo, desapareció detrás de ella en lo alto de las ramas, seguido de sus soldados.

Curvaldo, cuando vio al rey y su ejército treparse sobre los árboles, se quedó sorprendido; después se refregó las manos de alegría.

-¬°Bien, se metieron en la trampa ellos mismos! Ahora no tienen m√°s v√≠a de escape! -y s√ļbitamente se puso a dar √≥rdenes a sus secuaces-. ¬°Rodeen los √°rboles! ¬°Los atraparemos como gatos! ¬°O abatiremos los √°rboles para hacerlos caer! Pero ¬Ņqu√© sucede?

Sobre las ramas no había ninguno. El rey y los soldados habían desaparecido todos, como si hubieran volado.

Curvaldo sintió que le tiraban de la manga. Era Arándano.

-¬°Se√Īor ministro, puedo ense√Īarle un pasaje secreto para llegar a la ciudad!

Para Curvaldo fue como si hubiese visto un fantasma.

-¬ŅQu√© haces t√ļ aqu√≠? ¬ŅNo te hab√≠a colgado de la rama m√°s alta?

-La rama más alta era en realidad la raíz más baja. Y un pájaro me liberó de las cuerdas a golpes de pico.

-No entiendo m√°s nada. ¬ŅD√≥nde est√° ese pasaje secreto? ¬°Debo ocupar la ciudad lo m√°s r√°pidamente posible, antes que el rey...! ¬°Fieles m√≠os, s√≠ganme! ¬°Y t√ļ tambi√©n, reina!

Y Ar√°ndano:

-Sigan las raíces hasta el final, donde más se adelgazan...

Creyendo seguir una raíz hasta sus extremos, Curvaldo y Ferdibunda se encontraron sobre la punta de una rama.

-Pero esto no es un pasaje subterr√°neo... Estamos en el vac√≠o... ¬°La rama cede, me caigo, ay√ļdenme!

Cayéndose, tuvieron tiempo de ver el pájaro que revoloteaba en torno.

-Coac... Coac...

Mientras tanto, en la sala del palacio, el rey Clodoveo festejaba su propio retorno al trono.

-Hija m√≠a, t√ļ y este bravo joven me han salvado.

Pero Arándano tenía un semblante triste.

-No sabía que eras la hija del rey. ¡Ahora deberé dejarte!

-Padre m√≠o -dijo Verbena al rey- ¬Ņquieres que el encantamiento que aprisiona la ciudad y el bosque termine?

-Claro: estoy viejo y he sufrido mucho.

-Ar√°ndano y yo queremos casarnos y unir ciudad y bosque en un solo reino.

-La corona me pesa -dijo el rey- y estaba pensando precisamente en abdicar.

Verbena dio un salto de alegría.

-¬°De ahora en adelante la ciudad y el bosque no ser√°n m√°s enemigos!

Arándano saltó todavía mas alto.

-¬°Pongamos banderas y festones por la gran fiesta sobre todas las ramas!

-¡Pero si ésta es una raíz!

-¬°Es una rama!

-¡Es una raíz!

-¬°Es una rama...!





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