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La C√°mara de los Tapices

Walter Scott

Hacia finales de la guerra norteamericana, cuando los oficiales del ejército de lord Cornwallis que se rindieron en la ciudad de York, y otros, que habían sido hechos prisioneros durante la imprudente y desafortunada contienda, estaban regresando a su país a relatar sus aventuras y reponerse de las fatigas, había entre ellos un oficial con grado de general llamado Browne. Era un oficial de mérito, así como un caballero muy considerado por sus orígenes y por sus prendas.

Ciertos asuntos hab√≠an llevado al general Browne a hacer un recorrido por los condados occidentales, cuando, al concluir una jornada matinal, se encontr√≥ en las proximidades de una peque√Īa ciudad de provincias que presentaba una vista de incomparable belleza y unos rasgos marcadamente ingleses.

El pueblo, con su antigua y majestuosa iglesia, cuyas torres daban testimonio de la devoci√≥n de √©pocas muy pret√©ritas, se alzaba en medio de praderas y peque√Īos campos de cereal, rodeados y divididos por hileras de setos vivos de gran tama√Īo y edad. Hab√≠a pocas se√Īales de los adelantos modernos. Los alrededores del lugar no delataban ni el abandono de la decadencia ni el bullicio de la innovaci√≥n; las casas eran viejas, pero estaban bien reparadas; y el hermoso riachuelo flu√≠a libre y rumoroso por su cauce, a la izquierda del pueblo, sin una presa que lo contuviera ni ning√ļn camino que lo bordease para remolcar. Sobre un suave promontorio, casi una milla al sur del pueblo, se distingu√≠an, entre abundantes robles venerables y el enmara√Īado matorral, las torretas de un castillo tan antiguo como las guerras entre los York y los Lancaster, pero que parec√≠a haber sufrido importantes reformas durante la √©poca isabelina y la de los reyes siguientes. Nunca debi√≥ ser una plaza de grandes dimensiones; pero cualesquiera que fuesen los alojamientos que en otro tiempo ofreciera, cab√≠a suponer que seguir√≠an disponibles dentro de sus murallas; al menos eso fue lo que dedujo el general Browne observando el humo que se elevaba alegremente de algunas de las chimeneas talladas y festoneadas. La tapia del parque corr√≠a a lo largo del camino real durante doscientas o trescientas yardas; y desde los distintos puntos en que el ojo vislumbraba el aspecto del bosque interior, daba la sensaci√≥n de estar muy poblado. Sucesivamente, se abr√≠an otras perspectivas: una √≠ntegra de la fachada del antiguo castillo y una visi√≥n lateral de sus muy especiales torres; en √©stas abundaban los recargamientos del estilo isabelino, mientras la sencillez y solidez de otras partes del edificio parec√≠an indicar que hubiera sido erigido m√°s con √°nimo defensivo que de ostentaci√≥n.

Encantado con las vistas parciales del castillo que captaba entre los árboles y los claros que rodeaban la antigua fortaleza feudal, nuestro viajero castrense se decidió a preguntar si merecía la pena verlo más de cerca y si albergaba retratos de familia u otros objetos curiosos que pudieran contemplar los visitantes; y entonces, al alejarse de las inmediaciones del parque, penetró en una calle limpia y bien pavimentada, y se detuvo en la puerta de una posada muy concurrida.

Antes de solicitar los caballos con los que proseguir el viaje, el general Browne hizo preguntas sobre el propietario del palacio que tanta admiraci√≥n le hab√≠a despertado, y le sorprendi√≥ y complaci√≥ o√≠r por respuesta el nombre de un arist√≥crata a quien nosotros llamaremos lord Woodville. ¬°Qu√© suerte la suya! Buena parte de los primeros recuerdos de Browne, tanto en el colegio como en la universidad, estaban vinculados al joven Woodville, el mismo que, como pudo cerciorarse con unas cuantas preguntas, resultaba ser el propietario de aquella hermosa finca. Woodville hab√≠a ascendido a la dignidad de par al morir su padre pocos meses antes y, seg√ļn supo el general por boca del posadero, habiendo concluido el tiempo de luto, ahora estaba tomando posesi√≥n de los dominios paternos, en la alegre estaci√≥n del festivo oto√Īo, acompa√Īado por un selecto grupo de amigos con quienes disfrutaba de todo lo que ofrec√≠a una campi√Īa famosa por su abundante caza.

Estas noticias eran deliciosas para nuestro viajero. Frank Woodville hab√≠a sido el colegial que le hizo de asistente en Eton y su √≠ntimo amigo en la Iglesia de Cristo; sus placeres y sus deberes hab√≠an sido los mismos; y el honrado coraz√≥n del militar se emocion√≥ al encontrar al amigo de la juventud en posesi√≥n de una residencia tan encantadora y de una hacienda, seg√ļn le asegur√≥ el posadero con un movimiento de cabeza y un gui√Īo, m√°s que suficiente para sostener y acrecentar su dignidad. Nada m√°s natural para este viajero que suspender el viaje, que no corr√≠a la m√°s m√≠nima prisa, para rendir visita al antiguo amigo en tan agradables circunstancias.

Por lo tanto, los caballos de refresco s√≥lo tuvieron la breve tarea de acarrear el carruaje del general al castillo de Woodville. Un portero le abri√≥ paso a una moderna logia g√≥tica, construida en un estilo a juego con el del castillo, y al tiempo toc√≥ una campana para advertir de la llegada del visitante. En apariencia, el sonido de la campana debi√≥ suspender la partida del grupo, dedicado a diversos entretenimientos matinales; pues, al entrar en el patio del palacio, hab√≠a varios j√≥venes en ropa de recreo repantigados y mirando, y criticando, los perros que los guardabosques ten√≠an dispuestos para participar en sus pasatiempos. Al apearse el general Browne, el joven lord sali√≥ a la puerta del vest√≠bulo y durante un instante estuvo observando como si fuera un extra√Īo el aspecto de su amigo, en el que la guerra, con sus penalidades y sus heridas, hab√≠a producido grandes cambios. Pero la incertidumbre s√≥lo perdur√≥ hasta que hubo hablado el visitante, y la alborozada bienvenida que sigui√≥ fue de esas que s√≥lo se intercambian entre quienes han pasado juntos los d√≠as felices de la despreocupada infancia y la primera juventud.

-Si alg√ļn deseo hubiera podido yo tener, mi querido Browne -dijo lord Woodville-, hubiera sido el de tenerte aqu√≠, a ti mejor que a nadie, en esta ocasi√≥n, que mis amigos est√°n dispuestos a convertir en una especie de vacaciones. No te creas que no se te han seguido los pasos durante los a√Īos en que has estado ausente. He ido siguiendo los peligros por los que has pasado, tus triunfos e infortunios, y me ha complacido saber que, tanto en la victoria como en la derrota, el nombre de mi viejo amigo siempre ha merecido aplausos

El general le dio la pertinente réplica y felicitó a su amigo por su nueva dignidad y por poseer una casa y una finca tan hermosas.

-Pero si todav√≠a no has visto nada -dijo lord Woodville-; y cuento con que no pienses en dejarnos hasta haberte familiarizado con todo esto. Cierto es, lo confieso, que el grupo que ahora me acompa√Īa es bastante numeroso y que la vieja casa, como otros lugares de este tipo, no dispone de tantos alojamientos como prometen las dimensiones de la tapia. Pero podemos proporcionarte un c√≥modo cuarto a la antigua; y me aventuro a suponer que tus campa√Īas te habr√°n habituado a sentirte a gusto en peores condiciones.

El general se encogió de hombros y se echó a reír.

-Presumo -dijo- que el peor aposento de tu palacio es notablemente mejor que el viejo tonel de tabaco donde me vi obligado a alojarme por la noche cuando estuve en la Maleza, como le llaman los virginianos, con el cuerpo expedicionario. Allí me tumbaba, como el propio Diógenes, tan satisfecho de protegerme de los elementos que, aunque en vano, traté de llevarme conmigo el barril a mi siguiente acuartelamiento; pero el que a la sazón era mi comandante no consintió tal lujo y hube de decir adiós a mi querido barril con lágrimas en los ojos.

-Pues muy bien. Puesto que no temes a tu alojamiento -dijo lord Woodville-, te quedar√°s conmigo por lo menos una semana. Tenemos montones de escopetas, perros, ca√Īas de pescar, moscas y material para entretenernos por mar y tierra: no es f√°cil divertirse, pero contamos con medios para conseguirlo. Y si prefieres las escopetas y los pointers, yo mismo te acompa√Īar√© y comprobar√© si has mejorado la punter√≠a viviendo entre los indios de las lejanas colonias.

El general acept√≥ de buena gana todos los puntos de la amistosa invitaci√≥n de su amigo. Despu√©s de una ma√Īana de viril ejercicio, el grupo se reuni√≥ a comer y lord Woodville se complaci√≥ en poner de relieve las altas cualidades de su recobrado amigo, recomend√°ndolo de este modo a sus invitados, muchos de los cuales eran personas muy distinguidas. Hizo que el general Browne hablara de las escenas que hab√≠a presenciado; y, como en cada palabra se pon√≠a de manifiesto por igual el oficial valeroso y el hombre prudente, que sab√≠a mantener el juicio fr√≠o frente a los m√°s inminentes peligros, el grupo miraba al soldado con general respeto, como a quien ha demostrado ante s√≠ mismo poseer una provisi√≥n de valor personal poco com√ļn, ese atributo que es, entre todos, el que todo mundo desea que se le reconozca.

El d√≠a concluy√≥ en el castillo de Woodville como es habitual en tales mansiones. La hospitalidad se mantuvo dentro de los l√≠mites del orden; la m√ļsica, en la que era diestro el joven lord, sucedi√≥ a las copas; las cartas y el billar estuvieron a disposici√≥n de quienes prefer√≠an estos entretenimientos; pero el ejercicio de la ma√Īana requer√≠a madrugar, y no mucho despu√©s de las once comenzaron a retirarse los hu√©spedes a sus respectivas habitaciones.

El se√Īor de la casa en persona condujo a su amigo, el general Browne, a la c√°mara que le hab√≠a destinado, que respond√≠a a la descripci√≥n que hab√≠a hecho, pues era confortable pero a la antigua. El lecho era de esos imponentes que se utilizaban a finales del siglo XVII y las cortinas de seda descolorida estaban profusamente adornadas con oro deslustrado. En cambio, las s√°banas, los almohadones y las mantas le parecieron una delicia al soldado, que recordaba su otra mansi√≥n, el barril. Hab√≠a algo tenebroso en los tapices que, con los ornamentos desgastados, cubr√≠an las paredes de la reducida c√°mara y ondulaban brevemente al colarse la brisa oto√Īal por la vieja ventana enrejada, la cual daba golpes y silbaba al abrirse paso el aire. Tambi√©n el lavabo, con el espejo rematado en turbante, al estilo de principios de siglo, con su peinador de seda color morado y su centenar de estuches de formas extravagantes, previstos para tocados en desuso desde hac√≠a cincuenta a√Īos, ten√≠a un aspecto vetusto a la vez que melanc√≥lico. Pero nada hubiera podido dar una luz m√°s resplandeciente y alegre que las dos grandes velas de cera; y si algo pod√≠a hacerles la competencia eran los luminosos y flamantes haces de le√Īa de la chimenea, que irradiaban a la vez luz y calor por el acogedor cuarto. √Čste, no obstante lo anticuado de su aspecto general, no carec√≠a de ninguna de las comodidades que las costumbres modernas hacen necesarias o deseables.

-Es un dormitorio a la antigua, general -dijo el joven anfitrión-, pero espero que no encuentres motivos para echar de menos tu barril de tabaco.

-No soy yo muy exigente con las habitaciones -replic√≥ el general-; no obstante, por mi gusto, prefiero esta c√°mara, con mucha diferencia, a las alcobas m√°s modernas y vistosas de la mansi√≥n de tu familia. Ten la seguridad de que cuando veo unidos este ambiente de confort moderno con su venerable antig√ľedad, y recuerdo que te pertenece, mejor alojado me siento aqu√≠ de lo que estuviera en el mejor hotel de Londres.

-Confío, y no lo dudo, en que te sentirás tan cómodo como yo te lo deseo, mi querido general -dijo el joven aristócrata; y volviendo a desearle las buenas noches a su huésped, le estrechó la mano y se retiró.

El general volvi√≥ a mirar en derredor y, congratul√°ndose para sus adentros de su retorno a la vida pac√≠fica, cuyas comodidades se le hac√≠an m√°s sensibles al recordar las privaciones y los peligros que √ļltimamente hab√≠a afrontado, se desnud√≥ y se dispuso a pasar una noche de sibar√≠tico descanso.

Ahora, al contrario de lo que es habitual en el g√©nero de cuentos, dejaremos al general en posesi√≥n de su cuarto hasta la ma√Īana siguiente.

Los hu√©spedes se reunieron para desayunar a una hora temprana, sin que compareciese el general Browne, que parec√≠a ser, de todos lo que lo rodeaban, el invitado que m√°s inter√©s ten√≠a en honrar lord Woodville. M√°s de una vez expres√≥ su sorpresa por la ausencia del general y, finalmente, envi√≥ un criado a ver qu√© pasaba. El hombre volvi√≥ diciendo que el general hab√≠a estado paseando por el exterior desde primera hora de la ma√Īana, a despecho del tiempo, que era neblinoso y desapacible.

-Costumbres de soldado -dijo el joven arist√≥crata a sus amigos-; muchos de ellos se habit√ļan a ser vigilantes y no pueden dormir despu√©s de la temprana hora en que por regla general tienen la obligaci√≥n de estar alerta.

Sin embargo, la explicaci√≥n que de este modo ofreci√≥ lord Woodville a sus invitados le pareci√≥ poco satisfactoria a √©l mismo, y aguard√≥ silencioso y abstra√≠do el regreso del general. √Čste se person√≥ una hora despu√©s de haber sonado la campanilla del desayuno. Parec√≠a fatigado y febril. Ten√≠a el pelo -cuyo empolvamiento y arreglo constitu√≠an en aquella √©poca una de las ocupaciones m√°s importantes de la jornada diaria de un hombre, y dec√≠a tanto de su elegancia como en los tiempos actuales el nudo de la corbata o su ausencia- despeinado, sin rizar, falto de polvos y mojado de roc√≠o. Llevaba las ropas desordenadas y puestas de cualquier modo, lo cual llamaba la atenci√≥n en un militar, entre cuyos deberes diarios, reales o supuestos, suele incluirse el cuidado de su atav√≠o; y ten√≠a el semblante demacrado y hasta cierto punto cadav√©rico.

-Te has ido de marcha a hurtadillas esta ma√Īana, mi querido general -dijo lord Woodville-; ¬Ņo acaso no has encontrado el lecho tan de tu gusto como yo esperaba y t√ļ dabas por supuesto? ¬ŅC√≥mo has dormido esta noche?

-¡Oh, de mil maravillas! ¡Estupendo! No he dormido mejor en mi vida -dijo rápidamente el general Browne, pero con un aire de embarazo que era evidente para su amigo. Luego, a toda prisa, se tragó una taza de té y, desatendiendo o rechazando todo cuanto se le ofrecía, pareció sumirse en sus pensamientos.

-Hoy saldrás con la escopeta, general -dijo el amigo y anfitrión, pero hubo que repetir dos veces la propuesta antes de recibir la abrupta respuesta:

-No, se√Īor; lo siento, pero no puedo aceptar el honor de pasar otro d√≠a en tu mansi√≥n; he pedido mis caballos de posta, que estar√°n aqu√≠ dentro de muy poco.

Todos los presentes demostraron su sorpresa y lord Woodville replicó inmediatamente:

-¬°Caballos de posta, mi buen amigo! ¬ŅPara qu√© vas a necesitarlos si me prometiste permanecer tranquilamente conmigo durante una semana?

-Tal vez -dijo el general, visiblemente turbado-, con la alegría del primer momento, al volverme a encontrar contigo, tal vez dijera de permanecer aquí algunos días; pero posteriormente he caído en la cuenta de que me es imposible.

-Esto es increíble -dijo el joven aristócrata-. Ayer parecías no tener ninguna clase de compromisos y no es posible que hoy te haya convocado nadie, pues no ha venido el correo del pueblo y, por lo tanto, no has podido recibir ninguna carta.

Sin ninguna otra explicación, el general musitó algo sobre un asunto inaplazable e insistió en la absoluta necesidad de su marcha, en unos términos que acallaron toda oposición por parte de su amigo, que comprendió que había tomado una decisión y se abstuvo de ser impertinente.

-Pero, por lo menos -dijo-, permíteme, mi querido Browne, puesto que quieres o debes irte, que te muestre el panorama desde la terraza, pues la niebla se está levantando y pronto será visible.

Abri√≥ una ventana de guillotina y sali√≥ a la terraza mientras hablaba. El general lo sigui√≥ mec√°nicamente, pero parec√≠a atender poco a lo que iba diciendo su anfitri√≥n mientras, de cara al amplio y espl√©ndido panorama, se√Īalaba distintos motivos dignos de contemplarse. De este modo fueron avanzando hasta que lord Woodville hubo conseguido el prop√≥sito de aislar por completo a su amigo del resto de los hu√©spedes; entonces, d√°ndose media vuelta con gran solemnidad en el porte, se dirigi√≥ a √©l de este modo:

-Richard Browne, mi viejo y muy querido amigo, ahora estamos solos. Perm√≠teme que te conjure a contestarme bajo palabra de amigo y por tu honor de soldado. ¬ŅC√≥mo has pasado, en realidad, la noche?

-Verdaderamente, de un modo penos√≠simo, se√Īor -respondi√≥ el general, con el mismo tono solemne-; tan penoso que no querr√≠a correr el riesgo de una segunda noche semejante, ni por todas las tierras que pertenecen a este castillo ni por todo el campo que estoy viendo desde este elevado mirador.

-Esto es todavía más extraordinario -dijo el joven lord como si hablara para sí-; entonces debe haber algo de verdad en los rumores sobre ese cuarto.-Dirigiéndose de nuevo al general, dijo-: Por Dios, mi querido amigo, sé honrado conmigo y cuéntame cuáles han sido las molestias concretas que has padecido bajo un techo donde, por voluntad del propietario, no hubieras debido hallar más que bienestar.

El general dio la sensación de angustiarse ante el requerimiento y tardó unos momentos en contestar:

-Mi querido se√Īor -dijo al cabo-, lo que ha sucedido la pasada noche es de una naturaleza tan peculiar y desagradable que me costar√≠a entrar en detalles incluso contigo, si no fuera porque, independientemente de mi deseo de complacer cualquier petici√≥n tuya, creo que mi sinceridad puede conducir a alguna explicaci√≥n sobre una circunstancia no menos dolorosa y misteriosa. Para otros, lo que voy a decir pudiera ser motivo de que se me tomara por un d√©bil mental, un loco supersticioso que sufre a consecuencia de que su propia imaginaci√≥n lo enga√Īa y confunde; pero t√ļ me conoces desde que √©ramos ni√Īos y j√≥venes, y no sospechas que yo haya adquirido, en la madurez, sentimientos y flaquezas de que estaba libre cuando ten√≠a menos a√Īos.

Aquí hizo una pausa y su amigo le replicó:

-No dudes de mi absoluta confianza en la veracidad de lo que me participes, por extravagante que sea; conozco muy bien tu firmeza de carácter para sospechar que pudieras ser embaucado, y sé muy bien que tu sentido del honor y de la amistad te impediría asimismo exagerar en nada lo que hayas presenciado.

-Pues entonces -dijo el general- te contaré mi historia tan bien como sepa hacerlo, confiando en tu equidad; y eso pese a tener la convicción de que preferiría enfrentarme a una batería mejor que repasar mentalmente los odiosos recuerdos de esta noche.

Se detuvo por segunda vez y, luego, viendo que lord Woodville se mantenía en silencio y en actitud de escuchar, comenzó, bien que no sin manifiesta contrariedad, la historia de sus aventuras nocturnas en la Cámara de los Tapices.

-Me desnud√© y me acost√©, tan pronto me dejaste solo anoche; pero la le√Īa de la chimenea, que casi estaba enfrente del lecho, ard√≠a resplandeciente y con viveza, y esto, junto con el centenar de excitantes recuerdos de mi infancia y juventud que me hab√≠a tra√≠do a la cabeza el inesperado placer de encontrarme contigo, me impidi√≥ rendirme en seguida al sue√Īo. Debo decir, no obstante, que las reverberaciones del fuego eran muy agradables y acogedoras, con lo que durante un rato dieron pie a la sensaci√≥n de haber cambiado los trabajos, las fatigas y los peligros de mi profesi√≥n por un disfrute de una vida apacible y la reanudaci√≥n de aquellos lazos amistosos y afectivos que hab√≠an despedazado las rudas exigencias de la guerra.

?Mientras me iban pasando por la cabeza estos gratos pensamientos, que poco a poco me arrullaban y adormecían, de repente me espabiló un ruido parecido al fru-fru de un vestido de seda y a los pasos de unos zapatos de tacón, como si una mujer estuviera paseando por el cuarto. Antes de que pudiese descorrer la cortina para ver qué era lo que pasaba, cruzó entre la cama y la chimenea la figura de una mujercita. La silueta estaba de espaldas a mí, pero pude observar, por la forma de los hombros y del cuello, que correspondía a una anciana vestida con un traje a la antigua, de esos que, creo, las damas llaman un saco; es decir, una especie de bata, completamente suelta sobre el cuerpo, pero recogida por unos grandes pliegues en el cuello y los hombros, que llega hasta el suelo y termina en una especie de cola.

?Pens√© que era una intrusi√≥n bien extra√Īa, pero ni por un momento se me ocurri√≥ la idea de que lo que ve√≠a fuese otra cosa que la forma mortal de alguna anciana de la casa que ten√≠a el capricho de vestirse como su abuela y que, puesto que su se√Īor√≠a mencion√≥ que andaba bastante escaso de habitaciones, habiendo sido desalojada de su cuarto para mi acomodo, se hab√≠a olvidado de tal circunstancia y regresaba a las doce a su sitio de costumbre. Con este convencimiento, me remov√≠ en la cama y tos√≠ un poco, para hacer saber al intruso que yo hab√≠a tomado posesi√≥n del sitio. Ella fue d√°ndose la vuelta despacio, pero, ¬°santo cielo!, se√Īor, ¬°qu√© semblante me mostr√≥! Ya no cab√≠a la menor duda de lo que era ni cab√≠a pensar en absoluto que fuese una persona viva. Sobre el rostro, que presentaba las facciones r√≠gidas de un cad√°ver, llevaba impresos los rasgos de la m√°s vil y repugnante de las pasiones que la hab√≠an animado durante la vida. Parec√≠a que hubiera salido de la tumba el cuerpo de alg√ļn atroz criminal y se le hubiera devuelto el alma desde el fuego de los condenados, para, durante un tiempo, aunarse con el viejo c√≥mplice de su culpa. Yo me incorpor√© en la cama y me sent√© derecho, sosteni√©ndome sobre las palmas de las manos, mientras miraba fijamente aquel horrible espectro. Ella avanz√≥ con una zancada r√°pida, o eso me pareci√≥ a m√≠, hacia el lecho donde yo yac√≠a, y se acuclill√≥, una vez arriba, precisamente en la misma postura que yo hab√≠a adoptado en el paroxismo del horror, adelantando su diab√≥lico semblante hasta ponerlo a menos de medio metro del m√≠o, con una mueca que parec√≠a expresar la maldad y el escarnio de un demonio colorado".

Al llegar allí, el general Browne se detuvo y se enjugó el sudor frío que le había perlado la frente al recordar la horrible visión.

-Se√Īor -dijo-, yo no soy cobarde. He pasado por todos los peligros de muerte propios de mi profesi√≥n y en verdad puedo presumir de que ning√ļn hombre ha visto a Richard Browne deshonrar la espada que luce; pero, en estas horribles circunstancias, ante aquellos ojos y, por lo que parec√≠a, casi apresado por la encarnaci√≥n de un esp√≠ritu maligno, toda firmeza me abandon√≥, toda mi hombr√≠a se derriti√≥ dentro de m√≠ como la cera en un horno, y sent√≠ pon√©rseme de punta todos los pelos de mi cuerpo. Dej√≥ de circularme la sangre por las venas y me hund√≠ en un desvanecimiento, m√°s v√≠ctima del terror y del p√°nico que lo haya sido nunca una moza de aldea o un ni√Īo de diez a√Īos. Me es imposible conjeturar durante cu√°nto tiempo estuve en ese estado.

?Pero me despert√≥ el reloj del castillo al dar la una, con tanta fuerza que tuve la impresi√≥n de que sonaba dentro del cuarto. Transcurri√≥ alg√ļn tiempo antes de que osara abrir los ojos, no fuesen a encontrar de nuevo la horripilante visi√≥n. No obstante, cuando reun√≠ valor para mirar, la mujer ya no se ve√≠a. Mi primera idea fue tocar la campanilla, despertar a los criados y trasladarme a un desv√°n o un henil, con tal de estar seguro de no recibir una segunda visita. Pero, he de confesar la verdad, mi decisi√≥n se vio alterada, no por la verg√ľenza de ponerme en evidencia, sino por el miedo que me daba de que, al ir hasta la chimenea, junto a la cual colgaba el cord√≥n de la campanilla, volviera a interpon√©rseme la diab√≥lica mujer, que, me imaginaba yo, deb√≠a seguir al acecho en cualquier rinc√≥n de la alcoba.

?No intentar√© describirte qu√© paroxismos de calor y de fr√≠o me atormentaron durante el resto de la noche, en medio de las cabezadas, las vigilias penosas y ese estado incierto que es la tierra de nadie que los separa. Parec√≠a que un centenar de objetos terribles me rondaran; pero hab√≠a una gran diferencia entre la visi√≥n que te he descrito y esas otras que siguieron, de modo que yo me daba cuenta de que las √ļltimas eran supercher√≠as de mi imaginaci√≥n y de mis nervios.

?Por fin clare√≥ el d√≠a, y me levant√© de la cama, con el cuerpo enfermo y el esp√≠ritu humillado. Estaba avergonzado de m√≠ mismo, como hombre y como soldado, m√°s a√ļn al percibir mis viv√≠simos deseos de huir del cuarto embrujado, deseos que, no obstante, se impon√≠an sobre todas las dem√°s consideraciones; de manera que, ech√°ndome encima las ropas a toda prisa, sin el menor cuidado, escap√© de tu mansi√≥n para buscar en el aire libre alg√ļn alivio a mis nervios, que estaban perturbados por el horrible encuentro con el visitante del otro mundo, pues no otra cosa creo que fuese aquella mujer. Ahora conoces las causas de mi desasosiego y de mi repentino deseo de abandonar tu hospitalario castillo. Conf√≠o en que podremos vernos a menudo en otros lugares; pero ¬°Dios me libre de pasar jam√°s una segunda noche bajo este techo!

Aunque el relato del general era extravagante, hab√≠a hablado con tal tono de profunda convicci√≥n que no daba pie a los comentarios que suelen despertar tales historias. Lord Woodville no le pregunt√≥ ni una sola vez si estaba seguro de que la aparici√≥n no fue un sue√Īo ni propuso ninguna de las explicaciones en boga para justificar las apariciones sobrenaturales, como las excentricidades de la imaginaci√≥n o los enga√Īos de los nervios √≥pticos. Por el contrario, se mostr√≥ profundamente impresionado por la veracidad y autenticidad de lo que acababa de o√≠r; y, luego de un largo silencio, se doli√≥, con abiertos visos de sinceridad, de que aquel amigo de la juventud lo hubiese pasado tan mal en su casa.

-Lamento tanto m√°s tu malestar, mi querido Browne -dijo-, cuanto que la desgracia es consecuencia, aunque imprevisible, de un experimento m√≠o. Debes saber que, al menos en los tiempos de mi padre y de mi abuelo, la habitaci√≥n que te asign√© anoche estuvo cerrada por los rumores de que all√≠ ocurr√≠an ruidos y visiones sobrenaturales. Cuando tom√© posesi√≥n de la hacienda, hace pocas semanas, pens√© que el castillo no ofrec√≠a suficientes aposentos a mis invitados como para permitir que los habitantes del mundo invisible retuvieran para s√≠ una alcoba tan confortable. Por eso hice que abrieran la C√°mara de los Tapices, que es como la llamamos; y sin destruir su ambiente vetusto, hice que le agregaran el mobiliario que imponen los tiempos modernos. Pero, como la idea de que el cuarto estaba embrujado segu√≠a firmemente arraigada entre los criados, y tambi√©n era conocida en el vecindario y por muchos de mis amigos, tem√≠ que los prejuicios del primer ocupante de la C√°mara de los Tapices reavivaran la mala fama de que es objeto, frustr√°ndose as√≠ mis intenciones de convertirla en parte √ļtil de la casa. Debo confesarte, mi querido Browne, que tu llegada de ayer, tan de mi agrado por otras mil razones, me pareci√≥ la ocasi√≥n ideal para acabar con esos desagradables cuentos sobre tal cuarto, puesto que tu valor estaba fuera de toda duda y tu entendimiento libre de todo temor preconcebido. En consecuencia, no hubiera podido elegir mejor sujeto para mi experiencia.

-Por mi vida -dijo el general Browne, con algo de precipitaci√≥n-, que te quedo infinitamente obligado, verdaderamente reconocido. Es muy probable que durante alg√ļn tiempo recuerde las consecuencias del experimento, seg√ļn gustas denominarlo.

-No, ahora est√°s siendo injusto, mi querido amigo -dijo lord Woodville-. Bastar√° con que reflexiones un momento para convencerte de que yo no pod√≠a prever la posibilidad de exponerte a las angustias que desgraciadamente has sufrido. Ayer por la ma√Īana yo era absolutamente esc√©ptico en cuanto a las apariciones sobrenaturales. Pero estoy seguro de que si te hubieran hablado de la habitaci√≥n, esos mismos rumores te habr√≠an impulsado, por tu propio gusto, a elegirla como dormitorio. Ese ha sido mi rev√©s, quiz√°s mi error, pero que de verdad no puede calificarse de falta: haber dado lugar a que t√ļ hayas sufrido de un modo tan incre√≠ble.

-¡Verdaderamente increíble! -dijo el general, recuperando el buen humor-. Y reconozco que no tengo derecho a estar ofendido contigo por haberme tratado tal y como yo acostumbro a considerarme a mí mismo: un hombre firme y valiente. Pero veo que han llegado mis caballos de posta, y no quiero interrumpir tus diversiones.

-Pero, viejo amigo -dijo lord Woodville-, ya que no te es posible permanecer con nosotros ni un día más, lo cual, desde luego, no tengo derecho a exigirte, concédeme al menos otra media hora. A ti te gustaban los cuadros, y yo tengo una galería de retratos, algunos de ellos de Van Dyke, que representan a los antepasados a quienes pertenecieron esta hacienda y este castillo. Creo que varios de ellos te impresionarán por su gran mérito.

El general Browne aceptó la invitación, aunque no de muy buena gana. Era evidente que no respiraría con libertad y a sus anchas hasta haber dejado a sus espaldas el castillo de Woodville. No obstante, no podía rechazar la invitación de su amigo; y mucho menos cuanto que estaba un poco avergonzado por el mal humor que había mostrado a su bienintencionado anfitrión.

As√≠ pues, el general sigui√≥ a lord Woodville por varias salas hasta la galer√≠a donde estaban expuestos los cuadros, que este √ļltimo fue se√Īalando a su hu√©sped, dici√©ndole los nombres y cont√°ndole algunas cosas sobre los sucesivos personajes cuyos retratos contemplaban. Al general Browne le interesaban muy poco los pormenores de los que se le iba informando. Los cuadros, de hecho, eran muy del estilo de todos los que se ven en las antiguas galer√≠as familiares: un caballero que hab√≠a arruinado su hacienda al servicio del rey, una hermosa dama que la hab√≠a restaurado contrayendo matrimonio con un acaudalado puritano, un caballero galante que se hab√≠a arriesgado a mantener correspondencia con la corte exiliada de St Germain, otro que hab√≠a tomado las armas en favor de William Cromwell durante la revoluci√≥n, y otro que hab√≠a volcado alternativamente su peso en el platillo de los whig y en el de los tory.

Mientras lord Woodville atiborraba con estas palabras los o√≠dos de su hu√©sped, como se ceba a los pavos, alcanzaron el centro de la galer√≠a. De pronto, el general se sobresalt√≥ y adopt√≥ una actitud casi de asombro, no sin algo de temor, al recaer sus ojos, s√ļbitamente atra√≠dos por el cuadro, sobre el retrato de una anciana dama vestida seg√ļn la usanza de la moda de finales del siglo XVII.

-¬°√Čsta es! -exclam√≥-. √Čsta es, por el tipo y por los rasgos, aunque la expresi√≥n no llegue a ser tan demon√≠aca como la de la detestable mujer que me visit√≥ anoche.

-Si es así -dijo el joven aristócrata-, ya no queda ninguna duda sobre la horrible realidad de la aparición. Este retrato es de una desdichada antepasada mía sobre cuyos crímenes se conserva una siniestra y espantosa relación en una historia de mi familia que guardo en mi escritorio. Enumerarlos sería demasiado horrible; baste decir que en tu funesto dormitorio se cometió un incesto y un asesinato perverso. Lo devolveré al aislamiento al que lo habían confinado quienes me precedieron; y nadie, mientras yo pueda impedirlo, se expondrá a que se repitan los horrores sobrenaturales capaces de hacer vacilar un valor como el tuyo.

As√≠ que los dos amigos, que con tanto regocijo se hab√≠an encontrado, se despidieron con muy distintos √°nimos: lord Woodville pensando en ordenar que la C√°mara de los Tapices fuese desmantelada y cegada la puerta; el general Browne decidido a buscar, en alg√ļn paraje menos hermoso y con alg√ļn amigo menos encumbrado, el olvido de la deplorable noche que hab√≠a pasado en el castillo de Woodville.



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