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Saki

Vanessa Pennington ten√≠a un marido que era pobre, con pocos atenuantes, y un enamorado que, si bien era holgadamente rico, ten√≠a el inconveniente de ser escrupuloso. Su fortuna lo hac√≠a aceptable a los ojos de Vanessa, pero su c√≥digo de honor lo impulsaba a alejarse y olvidarla, o cuando m√°s a recordarla al hacer una pausa entre las muchas otras ocupaciones que ten√≠a. Y aunque Alaric Clyde amaba a Vanessa y cre√≠a que la amar√≠a por siempre, sin darse cuenta se fue dejando cortejar y conquistar por una amante m√°s seductora: se figuraba que su continua huida del trato de los hombres era un exilio que √©l mismo se hab√≠a impuesto, pero su coraz√≥n estaba preso en el hechizo de la naturaleza, y la naturaleza se le mostraba amable y bella. Cuando se es libre, joven y robusto, las tierras primitivas pueden ser muy amables y muy bellas. Lo prueban las legiones de hombres que una vez fueron libres, j√≥venes y robustos, y que ahora sacan de la basura el alimento de sus almas; porque, habiendo anta√Īo conocido y amado a la naturaleza, se desprendieron de sus lazos y se desviaron por caminos trillados.

Clyde vagaba, cazaba y so√Īaba por las altas estepas del planeta, agraciado y letal como un dios de la H√©lade. Iba de un campamento a otro con sus sirvientes, sus caballos y dem√°s seguidores cuadr√ļpedos, hu√©sped bienvenido de burdos aldeanos y de n√≥madas, amigo y verdugo de las ariscas y veloces bestias del entorno. En las orillas de los brumosos lagos de la altiplanicie derrib√≥ aves silvestres que llegaban all√≠ luego de atravesar al vuelo la mitad del Viejo Mundo; m√°s all√° de Bujar√° presenci√≥ las piruetas de los brav√≠os jinetes arios; y presenci√≥ tambi√©n, en la luz mortecina de una casa de t√©, una de esas hermosas y misteriosas danzas que jam√°s se olvidan por completo; o, dando un amplio rodeo para bajar al valle del Tigris, se sumergi√≥ y meci√≥ en sus corrientes, enfriadas por las nieves. Mientras tanto, Vanessa, en una callejuela de Bayswater, hac√≠a la lista semanal de la lavander√≠a, asist√≠a a las ventas de saldos y, en los momentos de mayor audacia, ensayaba nuevas maneras de cocinar merluza. De vez en cuando iba a reuniones de bridge, en donde, si bien el juego no era muy instructivo, por lo menos se aprend√≠a mucho acerca de la vida privada de algunas casas reales e imperiales. En cierto modo, Vanessa estaba contenta de que Clyde hubiera hecho lo correcto. Ten√≠a una fuerte propensi√≥n hacia el decoro, aunque habr√≠a preferido ser decorosa en un ambiente de mejor tono, donde su ejemplo habr√≠a servido m√°s. Ser intachable ya era algo. Pero ser intachable en las vecindades de Hyde Park habr√≠a sido m√°s grato.

Entonces sucedi√≥ que, s√ļbitamente, sus consideraciones por el decoro y por el sentido del honor de Clyde fueron a dar al vertedero de las cosas inservibles. Hab√≠an sido √ļtiles y de suma importancia en su momento, pero la muerte del marido de Vanessa les quit√≥ su car√°cter perentorio.

La noticia de las cambiadas condiciones sigui√≥ el rastro de Clyde con despaciosa persistencia de un campamento a otro, hasta que le dio alcance y lo hizo detenerse en alg√ļn sitio de la estepa de Orenburg. Le habr√≠a resultado en extremo dif√≠cil analizar sus sentimientos al recibir las nuevas. Las Parcas, inesperada y acaso un poco oficiosamente, hab√≠an removido un obst√°culo de su camino. Supon√≠a que estaba lleno de alegr√≠a, pero no experimentaba la exaltaci√≥n que hab√≠a sentido unos cuatro meses atr√°s, cuando hab√≠a cazado una onza con un tiro feliz que coronaba todo un d√≠a de infructuoso acecho. Regresar√≠a, por supuesto, y le pedir√≠a a Vanessa que fuera su mujer, pero estaba decidido a imponer una condici√≥n: por ning√ļn motivo abandonar√≠a a su amor m√°s reciente. Vanessa tendr√≠a que acceder a compartirlo con la naturaleza.

La dama salud√≥ el regreso de su enamorado con m√°s alivio incluso del que le hab√≠a proporcionado su partida. La muerte de John Pennington hab√≠a dejado a la viuda en circunstancias m√°s apuradas que nunca, y el parque se hab√≠a alejado hasta de sus esquelas, en donde lo hab√≠a conservado largo tiempo a t√≠tulo de cortes√≠a, seg√ļn la norma de que las direcciones sirven para ocultar nuestros paraderos. Ciertamente, gozaba de m√°s independencia que antes; pero la independencia, que significa tanto para tantas mujeres, ten√≠a poco valor para Vanessa, quien cab√≠a bajo el simple r√≥tulo de "persona de sexo femenino". Acept√≥ sin mayor alboroto la exigencia de Clyde y se declar√≥ dispuesta a seguirlo hasta el fin del mundo. Como √©ste era redondo, alimentaba la reconfortante idea de que en el curso ordinario de las cosas se encontrar√≠a tarde o temprano en el vecindario de Hyde Park Corner, no importa qu√© tan lejos se desviara.

Al oriente de Budapest su complacencia empez√≥ a esfumarse; y cuando vio que su marido trataba al mar Negro con una confianza que ella misma hab√≠a sido incapaz de tomarse con el canal de La Mancha, los recelos comenzaron a asediarla. Las aventuras, a las que una mujer de mejor crianza les habr√≠a encontrado un lado divertido y seductor, apenas despertaban en Vanessa la doble sensaci√≥n de miedo y de fastidio. La picaban las pulgas, y estaba convencida de que √ļnicamente el puro hast√≠o imped√≠a que los camellos obraran de igual modo. Clyde hac√≠a lo posible y lo imposible por darle un toque de banquete a las dilatadas comidas del desierto; y hasta el heidsieck granizado en nieve perd√≠a el gusto cuando se ten√≠a la convicci√≥n de que el moreno escanciador que lo serv√≠a con tal gracia y respeto s√≥lo esperaba la ocasi√≥n propicia de degollarlo a uno. En vano intentaba Clyde recomendar la lealtad de Yussuf, dif√≠cil de encontrar en un sirviente occidental. Vanessa ten√≠a la suficiente instrucci√≥n para saber que todas las personas de piel morena matan con la misma frescura con que la gente de Bayswater toma clases de canto.

Y a la par que se iba haciendo cada vez m√°s irritable y quejicosa, vino otro desencanto, nacido de la incapacidad de los esposos para encontrar temas comunes de inter√©s. Las migraciones y h√°bitos de las gangas, el folclore y costumbres de t√°rtaros y turcomanos, los cuartos de un caballo cosaco, eran asuntos que s√≥lo despertaban en Vanessa una aburrida indiferencia. Por su parte, Clyde no vibraba de emoci√≥n al enterarse de que la reina de Espa√Īa detestaba el color malva, o que cierta duquesa real, cuyos gustos no era probable que √©l tuviera que saciar alguna vez, abrigaba una pasi√≥n violenta pero perfectamente respetable por las aceitunas.

Vanessa empezó a sacar en claro que un marido que sumaba un talante errabundo a una renta fija era una dudosa bendición. Una cosa era ir hasta el fin del mundo; y otra muy distinta era sentirse en casa allí. Incluso el decoro parecía perder algo de su virtud cuando se practicaba en una tienda.

Aburrida y desilusionada con el rumbo de su nueva vida, Vanessa no ocult√≥ su complacencia cuando la distracci√≥n se le apareci√≥ en la persona del se√Īor Dobrinton, a quien toparon por casualidad en la r√ļstica hoster√≠a de una olvidada poblaci√≥n del C√°ucaso. Dobrinton se esmeraba en ser brit√°nico, acaso por consideraci√≥n a la memoria de su madre, cuyo ancestro dec√≠an que derivaba en parte de una institutriz inglesa que hab√≠a llegado a Lemberg all√° por el siglo pasado. Si alguien lo hubiera llamado Dobrinski estando √©l desprevenido, es probable que hubiera contestado sin vacilaci√≥n; pero juzgando, sin lugar a dudas, que la puntada final es la que importa, se hab√≠a tomado una peque√Īa libertad con el patron√≠mico de la familia. De aspecto, el se√Īor Dobrinton no era un ejemplar masculino demasiado atractivo; pero a los ojos de Vanessa era un v√≠nculo con la civilizaci√≥n que Clyde parec√≠a tan dispuesto a dejar y olvidar. Sab√≠a cantar Yip-I-Addy y hablaba de varias duquesas como si las conociera y, en los momentos de mayor inspiraci√≥n, como si ellas lo conocieran a √©l. Llegaba incluso a se√Īalarles tachas a las cocinas o las cavas de algunos de los m√°s venerables restaurantes londinenses, en una suerte de "cr√≠tica superior" que Vanessa escuchaba llena de anonadada admiraci√≥n. Y, sobre todo, compart√≠a, al principio con discreci√≥n, despu√©s con mayor desparpajo, su irritable desagrado por los instintos trashumantes de Clyde. Ciertos negocios relacionados con pozos de petr√≥leo llevaron a Dobrinton a las inmediaciones de Bak√ļ. El placer de resultarle interesante a una audiencia femenina apreciativa lo indujo a desviar el viaje de regreso, para de ese modo coincidir cuanto fuera posible con el itinerario de sus nuevos amigos. Y mientras Clyde traficaba con negociantes persas de caballos, persegu√≠a puercos monteses hasta sus cubiles o completaba sus apuntes sobre las aves de caza de Asia Central, Dobrinton y la dama discut√≠an la √©tica del decoro en el desierto desde puntos de vista que cada d√≠a mostraban una mayor tendencia a converger. Y una noche Clyde cen√≥ a solas, leyendo entre plato y plato una extensa carta de Vanessa en la que justificaba el acto de alzar el vuelo hacia tierras m√°s civilizadas en compa√Ī√≠a de un ser m√°s compatible.

Fue pura mala suerte de Vanessa, quien en el fondo era de veras decorosa, el que ella y su amante cayeran en las manos de unos bandidos kurdos el d√≠a mismo en que escaparon. Estar presa en una s√≥rdida aldea kurda, en la √≠ntima compa√Ī√≠a de un hombre que era apenas su esposo por adopci√≥n, y atraer la atenci√≥n de toda Europa hacia este trance, era tal vez lo menos decoroso que pod√≠a pasarle. Y hab√≠a complicaciones internacionales, lo cual empeoraba las cosas. El informe del c√≥nsul m√°s cercano rezaba: "Dama inglesa y su esposo, de nacionalidad extranjera, retenidos por bandidos kurdos que piden rescate". Aunque Dobrinton era ingl√©s de coraz√≥n, el resto de sus miembros pertenec√≠a a los Habsburgos; y aunque esta pieza particular de sus vastas y variadas posesiones no era motivo de gran orgullo o placer para los Habsburgos, quienes gustosamente la habr√≠an canjeado por una rara ave o mam√≠fero para el parque de Schoenbrunn, las reglas de la dignidad internacional los obligaban a exhibir un decente grado de inter√©s por su devoluci√≥n. Y mientras las canciller√≠as de dos pa√≠ses tomaban las medidas habituales para obtener la liberaci√≥n de sus respectivos s√ļbditos, se produjo otra espantosa complicaci√≥n: Clyde, que segu√≠a el rastro de los fugitivos sin mayores deseos de alcanzarlos pero con el borroso sentimiento de que eso era lo que se esperaba de √©l, cay√≥ en manos de la misma caterva de bandidos. La diplomacia, si bien estaba ansiosa de hacer cuanto pudiera por una dama en desgracia, dio se√Īas de impaciencia ante esta ampliaci√≥n de su tarea. Como observara un joven fr√≠volo de la calle Downing, "Con gusto sacaremos de apuros a cualquier marido de la se√Īora Dobrinton, pero perm√≠tannos saber cu√°ntos maridos son". Como mujer que valoraba el decoro, Vanessa ciertamente carec√≠a de suerte.

Entretanto, la situaci√≥n de los cautivos tampoco estaba libre de enredos. Cuando Clyde explic√≥ a los cabecillas kurdos la naturaleza de su relaci√≥n con la pareja de fugitivos, se mostraron muy comprensivos Pero vetaron cualquier idea de venganza sumaria, puesto que los Habsburgos de seguro insistir√≠an en la liberaci√≥n de un Dobrinton vivo y en razonables condiciones de integridad. No pon√≠an objeci√≥n a que Clyde le administrara una paliza de media hora a su rival los lunes y los jueves, pero Dobrinton se puso de un verde tan p√°lido al escuchar tama√Īos planes, que el jefe se vio obligado a suspender el privilegio.

Y as√≠, en la estrechez de una choza de monta√Īa, el mal mezclado tr√≠o padec√≠a el insufrible paso de las horas. Dobrinton estaba demasiado asustado para tener ganas de conversar, Vanessa demasiado mortificada para abrir los labios y Clyde andaba de un humor silencioso. En una ocasi√≥n, el menudo n√©gociant de Lemberg cobr√≥ √°nimos para cantar una tr√©mula versi√≥n de Yip-I-Addy; pero cuando lleg√≥ a la frase de "nunca fue as√≠ el hogar", con ojos anegados Vanessa le rog√≥ que no siguiera. Y el silencio envolvi√≥ con creciente insistencia a aquellos tres cautivos que de modo tan tr√°gico hab√≠an sido agrupados. Tres veces al d√≠a se arrimaban entre s√≠ para ingerir la comida que les hab√≠an preparado, como animales del desierto que se juntan en silenciosa suspensi√≥n de hostilidades en el abrevadero, y luego se apartaban para reanudar la vigilia de la espera.

A Clyde lo cuidaban con menos atenci√≥n. "Los celos lo mantendr√°n al lado de la mujer", pensaban los captores kurdos. Ignoraban que un amor m√°s salvaje y sincero lo llamaba con mil voces, m√°s all√° de los l√≠mites de la aldea. Y una noche, al descubrir que no recib√≠a la atenci√≥n debida, Clyde se escabull√≥ monta√Īa abajo y reemprendi√≥ el estudio de las aves de caza del Asia central. En adelante los otros cautivos fueron custodiados con mayor rigor; pero de todos modos Dobrinton lament√≥ poco la partida de Clyde.

El largo brazo (quiz√°s ser√≠a mejor decir "la larga bolsa") de la diplomacia asegur√≥ por fin la liberaci√≥n de los prisioneros, si bien los Habsburgos no habr√≠an de disfrutar de los honores de aquel gasto. En el muelle del peque√Īo puerto sobre el mar Negro en donde la pareja rescatada volvi√≥ a entrar en contacto con la civilizaci√≥n, Dobrinton fue mordido por un perro, al parecer rabioso, aunque a lo mejor s√≥lo ten√≠a poco criterio selectivo. La v√≠ctima no esper√≥ a que aparecieran los s√≠ntomas de la hidrofobia, sino que se muri√≥ del susto de una vez; y Vanessa hizo sola el viaje de regreso, con la vaga sensaci√≥n de llevar levemente restaurado el decoro. Clyde, en las pausas que le dej√≥ la correcci√≥n de las pruebas del libro sobre las aves de caza de Asia central, encontr√≥ tiempo para sacar adelante una demanda de divorcio ante las cortes, y tan pronto como pudo corri√≥ a las agradables soledades del desierto de Gobi a recoger material para una obra sobre la fauna de aquella regi√≥n. Vanessa, en virtud quiz√°s de su anterior familiaridad con los rituales culinarios de la merluza, obtuvo un empleo entre el personal de cocina de un club del West End. Nada despampanante, pero al menos quedaba a dos minutos de Hyde Park.

FIN





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