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La m√ļsica del monte

Saki

Sylvia Seltoun tomaba el desayuno en el comedor auxiliar de Yessney invadida por un agradable sentimiento de victoria final, similar al que se habr√≠a permitido un celoso soldado de Cromwell al otro d√≠a de la batalla de Worcester. Era muy poco belicosa por temperamento, pero pertenec√≠a a esa m√°s afortunada clase de combatientes que son belicosos por las circunstancias. El destino hab√≠a querido que ocupara su vida en una serie de batallas menores, por lo general estando ella en leve desventaja; y por lo general se las hab√≠a arreglado para salir triunfante por un pelo. Y ahora sent√≠a que hab√≠a conducido la m√°s dura y de seguro la m√°s importante de sus luchas a un feliz desenlace. Haberse casado con Mortimer Seltoun -el Muerto Mortimer, como lo apodaban sus enemigos √≠ntimos-, enfrentando la fr√≠a hostilidad de su familia y a pesar de la sincera indiferencia que sent√≠a √©l por las mujeres, era en verdad un triunfo cuyo logro hab√≠a requerido bastante destreza y decisi√≥n. El d√≠a anterior hab√≠a rematado esta victoria arrancando por fin a su marido de la ciudad y balnearios sat√©lites, e "instal√°ndolo", seg√ļn el l√©xico de las de su clase, en la presente casa solariega, una apartada y boscosa heredad de los Seltoun.

-Jamás conseguirás que Mortimer vaya -le había dicho la suegra en tono capcioso-; pero si va una vez, allá se queda. Yessney ejerce sobre él un hechizo casi tan fuerte como el de la ciudad. Una puede entender qué lo ata a la ciudad; pero Yessney...

Y la viuda se había encogido de hombros.

En la naturaleza que rodeaba a Yessney había algo sombrío, algo casi salvaje que de seguro no sería atractivo para un gusto citadino; y Sylvia, a pesar de su nombre, no estaba acostumbrada a nada más silvestre que el "frondoso Kensington". Consideraba que el campo era óptimo y saludable a su manera, pero propenso a volverse fastidioso si se le daba demasiada cuerda. La desconfianza de la vida urbana era algo nuevo en ella, nacida de su matrimonio con Mortimer; y había contemplado satisfecha el paulatino apagamiento de lo que ella llamaba "la mirada de la calle Jermyn" en los ojos de él, a medida que los bosques y brezales de Yessney los fueron envolviendo aquella víspera. Su fuerza de voluntad y su estrategia habían prevalecido: Mortimer iba a quedarse allí.

Tras las ventanas del comedor arrancaba un declive triangular y cubierto de pasto que la gente indulgente llamar√≠a "prado"; y al otro extremo, tras un seto de fucsias, una falda m√°s empinada y llena de brezos y helechos descend√≠a hasta unas cavernosas ca√Īadas donde cund√≠an los robles y los tejos. En aquel territorio agreste y despejado parec√≠a latir una secreta alianza entre la alegr√≠a de vivir y el terror de cosas nunca vistas. Sylvia esboz√≥ una sonrisa complaciente al contemplar el paisaje con una apreciaci√≥n de escuela de artes; pero de pronto tuvo que reprimir un escalofr√≠o.

-Es muy agreste -le dijo a Mortimer, que se le había unido-. Casi podría pensarse que en un lugar así el culto a Pan no se habría extinguido por completo.

-El culto a Pan nunca se ha extinguido -dijo Mortimer-. Otros dioses más nuevos han apartado de tiempo en tiempo a sus devotos, pero él es el dios de la naturaleza, a quien por fin todos habrán de regresar. Ha sido llamado "Padre de todos los dioses", pero la mayoría de sus hijos han nacido muertos.

Sylvia era religiosa de una manera honesta y vagamente piadosa; no le gustaba oír hablar de sus creencias como si fueran meras coletillas, pero al menos era una prometedora novedad oír hablar de cualquier tema al Muerto Mortimer con tanta energía y convicción.

-¬ŅNo creer√°s de verdad en Pan? -le pregunt√≥, incr√©dula.

-He sido un tonto en casi todo -dijo Mortimer con calma-, pero no lo soy tanto como para no creer en Pan cuando estoy por acá. Y si eres sensata, no debes jactarte demasiado de tu incredulidad mientras estés en estas tierras.

S√≥lo pasada una semana, cuando hubo agotado los encantos de los paseos por los bosques alrededor de Yessney, se atrevi√≥ Sylvia a dar una vuelta de inspecci√≥n a los edificios de la finca. Cuando pensaba en el corral de una granja se imaginaba una escena de alegre traj√≠n, con vasijas de batir mantequilla, m√°quinas trilladoras y sonrientes lecheras, y tiros de caballos que beb√≠an hundidos hasta las rodillas en estanques repletos de patos. Al pasearse entre los sombr√≠os y grises edificios de la granja de Yessney, su primera impresi√≥n fue la de una aplastante quietud y abandono, como si hubiera dado con una heredad desierta, entregada hace tiempo a los b√ļhos y las telara√Īas; y despu√©s presinti√≥ algo as√≠ como el acecho de una furtiva hostilidad, la misma sombra de cosas nunca vistas que parec√≠a agazaparse en las boscosas ca√Īadas y entre los matorrales. Del otro lado de las gruesas puertas y ventanas cerradas le llegaba el inquieto pisoteo de unos cascos o el chirrido de un cabestro met√°lico, y a veces el bramido amortiguado de una res encerrada. Desde una esquina lejana un perro astroso la miraba fijamente con ojos enemigos; al acercarse ella, se escabull√≥ en silencio a su perrera; y volvi√≥ a salir con el mismo sigilo cuando pas√≥ de largo. Unas cuantas gallinas que escarbaban al pie de un almiar escaparon por debajo de un portillo a su llegada. Sylvia ten√≠a la sensaci√≥n de que si se hubiera topado con alg√ļn ser humano en esas soledades de graneros y establos, √©ste habr√≠a volado como un espectro ante sus ojos. Por fin, al doblar r√°pidamente una esquina, dio con un ser viviente que no huy√≥ de ella. Tendida en un lodazal hab√≠a una enorme cerda cuyo portentoso volumen sobrepasaba los m√°s disparatados c√°lculos de robustez porcina que hubiera hecho aquella ciudadana, y que al punto se dispuso a sentirse agraviada y si era necesario a repeler la inusual intrusi√≥n. Le lleg√≥ el turno a Sylvia de batirse en discreta retirada. Mientras se abr√≠a paso entre almiares y establos y largos muros blancos, se vio sobresaltada de repente por un sonido extra√Īo: el eco de una risa infantil, una voz argentina y ambigua. A Jan, el √ļnico ni√Īo empleado de la granja, un pat√°n pelirrubio y de rostro marchito, pod√≠a divisarlo trabajando en un sembrado de papas, a media loma de la colina m√°s cercana; y Mortimer, cuando lo interrog√≥ al respecto, dijo no saber de otro probable o posible sospechoso de la broma an√≥nima que le hab√≠an jugado mientras retroced√≠a. El recuerdo de aquel eco imposible de ubicar se sum√≥ a sus otras sensaciones de que "algo" furtivo y siniestro merodeaba alrededor de Yessney.

A Mortimer lo ve√≠a muy poco. La granja, los bosques y los arroyos donde pescaba truchas parec√≠an trag√°rselo desde la madrugada hasta el ocaso. En una ocasi√≥n, siguiendo el rumbo que le hab√≠a visto tomar esa ma√Īana, Sylvia lleg√≥ a un claro en un nogueral, cerrado m√°s all√° por unos tejos inmensos, en cuyo centro se levantaba un pedestal de piedra coronado por una estatuilla de bronce de Pan joven. Era una pieza de bella factura, pero lo que atrajo principalmente su atenci√≥n fue el hecho de que le hab√≠an puesto a los pies la ofrenda de un racimo de uvas reci√©n cortado. Las uvas no abundaban en la granja, as√≠ que Sylvia arrebat√≥ con rabia el racimo del pedestal. Un desde√Īoso enfado domin√≥ sus pensamientos mientras se paseaba sin darse prisa hacia la casa, pero m√°s adelante dio paso a una aguda sensaci√≥n de algo muy parecido al miedo: a trav√©s de unos tupidos matorrales, la cara ce√Īuda de un muchacho, tostada y bella, la miraba con ojos indeciblemente malos. El sendero era poco frecuentado (si a eso vamos, todos los senderos alrededor de Yessney eran poco frecuentados), y ella ech√≥ a andar a toda prisa, sin detenerse a escrutar m√°s de cerca aquella repentina aparici√≥n. S√≥lo cuando hubo llegado a la casa descubri√≥ que en la huida hab√≠a dejado caer el racimo de uvas.

-Hoy vi a un joven en el bosque -le contó a Mortimer esa noche-, de piel tostada y bastante guapo, pero con facha de bribón. Un muchacho gitano, me imagino.

-Es una teoría razonable -dijo Mortimer-; sólo que ahora no hay gitanos por estos lados.

-Entonces, ¬Ņqui√©n era? -pregunt√≥ Sylvia.

Y como Mortimer no parecía tener una teoría propia, ella pasó a referirle el descubrimiento de la ofrenda votiva.

-Supongo que fue cosa tuya -observó ella-. Es una chifladura inofensiva, pero la gente va a pensar que eres un tonto de remate si se enterara.

-¬ŅY no metiste la mano en eso? -pregunt√≥ Mortimer.

-Yo... tir√© las uvas lejos. Todo me pareci√≥ tan tonto -dijo Sylvia, mientras buscaba en la cara impasible de Mortimer alg√ļn signo de enfado.

-No creo que haya sido muy sensato de tu parte -dijo él, pensativo-. He oído decir que los dioses silvanos son bastante terribles con quienes los enojan.

-Tal vez terribles con quienes creen en ellos; pero, ya ves, yo no -replicó Sylvia.

-A pesar de todo -dijo Mortimer, con ese tono suyo parejo y desapasionado-, yo en tu caso me mantendría lejos de los bosques y huertos y no me arrimaría a los animales cornudos de la granja.

Todo aquello era absurdo, por supuesto, pero en aquel sitio solitario y boscoso el absurdo parecía capaz de engendrar una suerte de inquietud espuria.

-Mortimer -dijo de pronto Sylvia-, creo que muy pronto vamos a regresar a la ciudad.

Su victoria no había sido tan completa como se había imaginado: la había llevado a un terreno que ahora estaba ansiosa por dejar.

-No creo que alguna vez vuelvas a la ciudad -dijo Mortimer.

Parecía parafrasear el vaticinio de su madre respecto a él.

A la tarde siguiente Sylvia not√≥ con desagrado y cierto desprecio de s√≠ misma que el rumbo que imprimi√≥ a su paseo esquivaba claramente la mara√Īa de bosques. En cuanto al ganado cornudo, la advertencia de Mortimer no fue muy necesaria, ya que ella siempre hab√≠a considerado que estas bestias eran, cuando mucho, dudosamente neutrales. Su imaginaci√≥n desvirtuaba el sexo de las m√°s matroniles vacas lecheras y las volv√≠a toros expuestos a "ver rojo" en cualquier momento. Al carnero que pastaba en el angosto prado m√°s abajo del huerto lo hab√≠a declarado, tras un largo y cauteloso per√≠odo de prueba, de temperamento manso; hoy, no obstante, omiti√≥ examinar su mansedumbre, puesto que el apacible bruto iba de un lado a otro del corral mostrando claras se√Īas de inquietud. De la profundidad de un matorral cercano ven√≠a un silbido grave y caprichoso, como el de una flauta de ca√Īa, y parec√≠a haber como una conexi√≥n sutil entre el rondar arisco del carnero y la silvestre m√ļsica del monte. Sylvia tom√≥ un rumbo ascendente y escal√≥ las cuestas revestidas de brezos, que se extend√≠an en ondulantes promontorios hasta mucho m√°s arriba de Yessney. Hab√≠a dejado atr√°s las notas aflautadas, pero desde las boscosas ca√Īadas de abajo el viento le tra√≠a otra clase de m√ļsica: los latidos destemplados de unos perros en plena cacer√≠a. Yessney quedaba justo en el borde del distrito de Devon y Somerset, y los ciervos acosados a veces ven√≠an por aquellos parajes. Sylvia no tard√≥ en divisar un cuerpo oscuro que sub√≠a laboriosamente colina tras colina y que una y otra vez se hund√≠a, perdi√©ndose de vista, a medida que cruzaba las ca√Īadas, mientras tras √©l crec√≠a parejo el implacable coro; y se puso tensa, llena de esa excitada conmiseraci√≥n que se siente por cualquier criatura perseguida en cuya captura no se est√° directamente interesado. Y el animal por fin se abri√≥ paso entre la √ļltima mara√Īa de robles esmirriados y de helechos, y se plant√≥, jadeante, al descubierto. Era un ciervo robusto y dotado de una poderosa cornamenta. Lo obvio ser√≠a que bajase a las marismas de Undercombe y desde all√≠ se dirigiera al refugio preferido de los ciervos rojos, el oc√©ano. Para sorpresa de Sylvia, sin embargo, volvi√≥ la cabeza cuesta arriba y empez√≥ a trepar penosa pero resueltamente a trav√©s de los brezos. "Ser√° espantoso -pens√≥ ella-. Los perros lo van a derribar ante mis propios ojos." Pero por un momento la m√ļsica de la jaur√≠a pareci√≥ ir extingui√©ndose, y en su lugar volvi√≥ a escuchar el silbido caprichoso, que se elevaba ya de este lado, ya del otro, como alentando al extenuado ciervo para que hiciera el √ļltimo esfuerzo. Sylvia estaba bastante apartada de su derrotero, medio escondida en un tupido matorral de ar√°ndanos, y lo ve√≠a saltar con br√≠o loma arriba, los costados renegridos de sudor y las cerdas del cuello luciendo claras por contraste. La m√ļsica de flauta chill√≥ de s√ļbito a su alrededor, como salida de los arbustos que hab√≠a a sus propios pies; y en el mismo momento el enorme cuadr√ļpedo dio un viraje y embisti√≥ contra ella. En un instante la l√°stima que sent√≠a por la bestia acosada se convirti√≥ en el pavor salvaje de saberse en peligro. Las tupidas ra√≠ces de los brezos frustraron su atropellada brega por huir; y mir√≥ hacia abajo, tratando desesperadamente de avistar la llegada de los perros. Las enormes puntas de los cuernos ya estaban a pocos metros de ella, y en un petrificante fogonazo de pavor record√≥ la advertencia de Mortimer de que se cuidara de animales cornudos en la granja. Y entonces, con un violento latido de alegr√≠a, descubri√≥ que no estaba sola: a pocos pasos hab√≠a una figura humana, hundida hasta las rodillas en las matas de ar√°ndano.

-¡Espántelo! -gritó ella.

Pero la figura no hizo ning√ļn adem√°n de respuesta.

Las astas le apuntaban recto al pecho, el acre olor del animal llenaba sus narices, pero tenía los ojos llenos del pavor de algo que había visto, distinto al de la muerte venidera. Y en sus oídos repercutía el eco de la risa de un muchacho, argentina y ambigua.

FIN





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