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El huevo de pascua

Saki

Era evidente que a do√Īa B√°rbara, mujer de buena cepa luchadora y una de las m√°s aguerridas de su generaci√≥n, le resultaba un trago amargo la cobard√≠a sin recato de su hijo. No importa qu√© otras virtudes haya pose√≠do Lester Slaggby -y en algunos aspectos era encantador-, nadie jam√°s lo habr√≠a tildado de valiente. Cuando ni√Īo, hab√≠a sufrido de timidez infantil; cuando muchacho, de temores no muy varoniles; y ya hecho todo un hombre, hab√≠a cambiado los miedos irracionales por otros todav√≠a m√°s tremendos, ya que sus fundamentos eran meticulosamente razonados. Les ten√≠a un sincero pavor a los animales, las armas de fuego lo pon√≠an nervioso y nunca atravesaba el canal de La Mancha sin calcular la relaci√≥n num√©rica entre los salvavidas y los pasajeros. Cuando iba a caballo parec√≠a necesitar tantos brazos como un dios hind√ļ: por lo menos cuatro para agarrarse de las riendas y otros dos para tranquilizar al caballo con palmaditas en el cuello. Do√Īa B√°rbara hab√≠a dejado de fingir que no ve√≠a la principal flaqueza de su hijo; con su habitual valor hac√≠a frente a esta verdad y, como toda madre, no lo quer√≠a menos por eso.

Los viajes por el continente, con tal de que fuera lejos de las grandes rutas tur√≠sticas, eran una de las aficiones predilectas de do√Īa B√°rbara; y Lester la acompa√Īaba todas las veces que pod√≠a. Ella sol√≠a pasar las Pascuas en Knobaltheim, un pueblo alto de uno de los diminutos principados que manchan con pecas insignificantes el mapa de la Europa Central.

El largo trato con la familia reinante la convert√≠a en un personaje de merecida importancia ante los ojos de su viejo amigo el burgomaestre; de modo que fue consultada por el ansioso dignatario con motivo de la magna ocasi√≥n en que el pr√≠ncipe dej√≥ saber sus intenciones de acudir en persona a inaugurar un sanatorio en las afueras de la villa. Se hab√≠an dispuesto todos los detalles de costumbre para un programa de recepci√≥n, algunos fatuos y trillados, otros pintorescos y llenos de encanto, pero el burgomaestre ten√≠a la esperanza de que la ingeniosa dama inglesa resultara con un aporte novedoso y de buen tono en lo tocante a un saludo que diera prueba de lealtad. El mundo exterior, si acaso se tomaba la molestia, consideraba al pr√≠ncipe un reaccionario de la vieja guardia que combat√≠a el progreso moderno, por as√≠ decirlo, con una espada de madera. Para su pueblo era un viejo y bondadoso caballero, due√Īo de cierta majestad cautivadora en la que no hab√≠a ni pizca de altivez. Knobaltheim deseaba lucirse. Do√Īa B√°rbara discuti√≥ el asunto con Lester y uno o dos conocidos en el peque√Īo hostal donde se hab√≠an alojado, pero no se les ocurr√≠a nada en particular.

-¬ŅPuedo sugerir algo a la gn√§dige Frau? -pregunt√≥ una dama de tez cetrina y p√≥mulos altos a quien la inglesa le hab√≠a dirigido una o dos veces la palabra y a la que hab√≠a clasificado como eslava del sur.

-¬ŅPuedo sugerir algo para la fiesta de recepci√≥n? -prosigui√≥, con una especie de t√≠mida vehemencia-. A nuestro hijito, m√≠relo, nuestro bebito, le ponemos un vestidito blanco, con alitas, como un √°ngel pascual, y que lleve un gran huevo blanco de Pascua, y adentro va a estar lleno de huevos de chorlito, que le gustan tanto al pr√≠ncipe, y se lo entrega a su alteza como ofrenda pascual. ¬°Es una idea tan bonita! Lo vimos hacer en Estiria.

Do√Īa B√°rbara mir√≥ dudosa al candidato a angelito pascual, un ni√Īo blanco, de cara inexpresiva y de unos cuatro a√Īos. Lo hab√≠a visto el d√≠a anterior en el hostal y le hab√≠a intrigado bastante el hecho de que una criatura tan pelirrubia fuera hija de dos personas tan morenas como aquella mujer y su marido. Pens√≥ que a lo mejor era adoptado, teniendo en cuenta que adem√°s no eran j√≥venes.

-Claro que gn√§dige Frau escoltar√≠a al ni√Īo en presencia del pr√≠ncipe -prosigui√≥ la mujer-; pero √©l se sabr√≠a comportar y hacer todo lo que se le diga.

-Vamos haceg qui nos manden de Viena huevos fgescos de choglito- dijo el marido.

Tanto el peque√Īo como do√Īa B√°rbara parec√≠an igualmente ap√°ticos ante la primorosa idea. Lester se opuso abiertamente, pero el burgomaestre se mostr√≥ encantado cuando lo enteraron al respecto. La mezcla de sentimentalismo y huevos de chorlito ejerc√≠a un poderoso atractivo sobre su mente teut√≥nica.

En aquella fecha memorable el √°ngel pascual, en un traje realmente bonito y pintoresco, fue centro del afable inter√©s de la engalanada compa√Ī√≠a que esperaba en orden a su alteza. La madre estuvo muy discreta y menos cargante de lo que la mayor√≠a de las madres habr√≠an estado en similares circunstancias, limit√°ndose a estipular que ella misma deb√≠a colocar el huevo de Pascua en los bracitos que con tanto cuidado hab√≠an sido adiestrados para llevar la preciosa carga. Hecho esto, do√Īa B√°rbara avanz√≥, con el ni√Īo marchando impasible y con torva decisi√≥n al lado suyo. Le hab√≠an prometido montones de tortas y confites si entregaba el huevo con toda correcci√≥n y reverencia al viejo y bondadoso caballero que lo aguardaba para recibirlo. Lester hab√≠a tratado de comunicarle en privado que lo esperaban horribles bofetones si fallaba en lo que le tocaba de aquel acto, pero es dudoso que su alem√°n hubiese producido algo m√°s que una pasajera desaz√≥n. Do√Īa B√°rbara hab√≠a tomado la precauci√≥n de llevar consigo una reserva de emergencia de bombones de chocolate: los ni√Īos pueden ser oportunistas, pero no son amigos de los pagos a largo plazo. Cerca del regio estrado do√Īa B√°rbara se apart√≥ con discreci√≥n y el infante de rostro imperturbable avanz√≥ solo, con paso tambaleante pero decidido, alentado por el murmullo de aprobaci√≥n de los adultos. Lester, que se encontraba en la primera fila de espectadores, se dio vuelta para buscar entre la multitud las caras radiantes de los felices padres. En un camino lateral que conduc√≠a a la estaci√≥n divis√≥ un coche; y entrando en √©l, con claras se√Īas de clandestina prisa, vio a la pareja de rostros morenos que se hab√≠an mostrado tan veros√≠milmente entusiasmados con la "idea primorosa". El aguzado instinto de la cobard√≠a le ilumin√≥ la situaci√≥n en un rel√°mpago. Sinti√≥ el rugido de la sangre que le bull√≠a en la cabeza, como si en sus venas y arterias se hubieran abierto miles de compuertas y su cerebro fuera el canal en donde desaguaban todos los torrentes. Todo a su alrededor se puso borroso. Luego la sangre empez√≥ a bajar en r√°pidas oleadas, hasta que el propio coraz√≥n le pareci√≥ escurrido y hueco, y se qued√≥ plantado all√≠, mirando apabullada, desesperada y est√ļpidamente al ni√Īo que llevaba la maldita carga con pasos lentos e implacables, cada vez m√°s cerca del grupo de personas que como borregos se aprestaban para recibirlo. Una curiosidad hipn√≥tica oblig√≥ a Lester a volver otra vez la cabeza hacia los fugitivos: el coche hab√≠a arrancado a toda marcha con rumbo a la estaci√≥n.

Un momento despu√©s Lester corri√≥, corri√≥ m√°s r√°pido de lo que ninguno de los all√≠ presentes hab√≠a visto correr a una persona... y no lo hizo para huir. En ese √ļnico instante de su vida se vio movido por un impulso desacostumbrado, alg√ļn eco de su estirpe, y se precipit√≥ sin vacilar hacia el peligro. Se arroj√≥ sobre el huevo de Pascua y lo agarr√≥ como quien arrebata una pelota en el juego de rugby. No hab√≠a pensado qu√© hacer con √©l; la cosa era echarle mano. Pero al ni√Īo le hab√≠an prometido tortas y confites si lo entregaba intacto en manos del viejo y bondadoso caballero. No emiti√≥ un solo grito, pero se prendi√≥ de su encargo como una lapa. Lester cay√≥ de rodillas, tirando ferozmente de la carga que el chico apretaba sin ceder, al tiempo que los escandalizados espectadores dejaban escapar exclamaciones airadas. Un corro inquisitivo y amenazador los rode√≥, pero ech√≥ para atr√°s cuando √©l grit√≥ la palabra pavorosa. Do√Īa B√°rbara escuch√≥ esta palabra y vio a la multitud salir en desbandada como ovejas; vio al pr√≠ncipe, a quien los escoltas alejaban a la fuerza; y vio tambi√©n a su hijo, postrado en la agon√≠a de un terror aplastante, su amago de valor frustrado por la inesperada resistencia del ni√Īo, todav√≠a agarrado desesperadamente, como si en ello fuera su salvaci√≥n, de aquella chucher√≠a satinada, incapaz siquiera de arrastrarse lejos, s√≥lo capaz de gritar y gritar y gritar. Tuvo la vaga conciencia de que a la abyecta verg√ľenza que humillaba a su hijo contrapon√≠a mentalmente, o trataba de hacerlo, el acto √ļnico de urgente valent√≠a que lo hab√≠a lanzado grandiosa y descabelladamente al foco del peligro. Pero s√≥lo por un segundo estuvo contemplando las dos figuras entrelazadas: el ni√Īo con su cara terca e impasible y el cuerpo tenso por la obstinada resistencia, y el joven desmadejado y casi muerto ya de un pavor que ahogaba sus gritos; y sobre ellos las largas banderolas de gala que flameaban alegremente bajo la luz del sol. Nunca pudo olvidar aquella escena. Claro que fue la √ļltima que vio.

Do√Īa B√°rbara exhibe las muchas cicatrices y los ojos ciegos de su rostro con el coraje de toda la vida, pero en determinadas fechas sus amigos tienen cuidado de no mencionar en su presencia el infantil s√≠mbolo de la Pascua.

FIN



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