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Catástrofe en la joven Turquía

Saki

El ministro de Bellas Artes (a cuyo ministerio se hab√≠a anexado √ļltimamente la nueva subsecci√≥n de Ingenier√≠a Electoral) le hizo una visita de trabajo al gran visir. De acuerdo con la etiqueta oriental, discurrieron un rato sobre temas indiferentes. El ministro se detuvo a tiempo para omitir una referencia casual a la Marat√≥n que se hab√≠a corrido, cuando record√≥ que el gran visir ten√≠a una abuela persa y pod√≠a considerar la alusi√≥n a Marat√≥n como una falta de tacto.

A continuación el ministro entró en el tema de su entrevista.

-¬ŅBajo la nueva constituci√≥n, las mujeres tendr√°n el voto? -pregunt√≥ repentinamente.

-¬ŅTener el voto? ¬ŅLas mujeres? -exclam√≥ el visir con cierta estupefacci√≥n-. Mi querido pash√°, la nueva carta tiene cierto sabor de absurdo as√≠ como est√°; no tratemos de convertirlo en algo completamente rid√≠culo. Las mujeres no tienen alma, ni inteligencia, ¬Ņpor qu√© demonios van a tener el voto?

-Sé que suena absurdo -dijo el ministro-, pero en Occidente están considerando esa idea seriamente.

-Entonces deben estar equipados con mayor solemnidad de la que yo les reconoc√≠a. Despu√©s de una vida de esfuerzos especiales por mantener mi gravedad, escasamente puedo reprimir mi inclinaci√≥n a sonre√≠r ante tal sugerencia. Mire usted, nuestras mujeres en la mayor√≠a de los casos no saben leer ni escribir. ¬ŅC√≥mo pueden ejecutar la operaci√≥n de votar?

-Se les pueden mostrar los nombres de los candidatos y en donde pueden marcar con una cruz.

-Disc√ļlpeme ¬Ņc√≥mo dijo? -lo interrumpi√≥ el visir.

-Con una medialuna, quiero decir -se corrigió el ministro-. Sería algo que le gustaría al Partido Turco Juvenil -agregó.

-Bueno -dijo el visir-, si vamos a cambiar las cosas, lleguemos al extremo de una vez. Daré instrucciones para que a las mujeres se les reconozca el voto.

La votaci√≥n ya llegaba a su fin en la circunscripci√≥n de Lakoumistan. El candidato del Partido Turco Juvenil, seg√ļn se sab√≠a, iba ganando por trescientos o cuatrocientos votos, y estaba ya redactando su discurso para dar las gracias a los electores. Su victoria era casi un hecho, porque hab√≠a puesto a funcionar toda la maquinaria electoral de Occidente. Hab√≠a empleado hasta autom√≥viles. Pocos de sus partidarios hab√≠an ido a las urnas en esos veh√≠culos, pero gracias a la inteligente manera como los manejaron sus conductores, muchos de sus opositores hab√≠an ido a dar a la tumba, a los hospitales locales o se hab√≠an abstenido de votar por alguna otra raz√≥n. Y luego pas√≥ algo inesperado. El candidato rival, Al√≠ el Escogido, entr√≥ en escena con sus esposas y las mujeres de su casa, que llegaban m√°s o menos a seiscientas. Al√≠ no hab√≠a desperdiciado mucho tiempo en literatura electoral, pero se le hab√≠a o√≠do afirmar que cada voto que le dieran a su adversario quer√≠a decir otro saco arrojado al B√≥sforo. El juvenil candidato turco, que se hab√≠a adaptado a la costumbre occidental de una sola esposa y escasamente alguna amante, contempl√≥ impotente c√≥mo su adversario llenaba las urnas hasta alcanzar la mayor√≠a triunfante.

-¬°Cristabel Col√≥n! -exclam√≥ invocando de modo algo confuso el nombre de un pionero distinguido-, ¬Ņqui√©n lo hubiera pensado?

-Extra√Īo -murmur√≥ Al√≠-, que alguien que peroraba de manera tan elocuente acerca de la Voto Secreto, no haya tenido en cuenta el Voto Velado.

Y, de regreso a casa con sus electoras, murmuró para sus barbas esta improvisación sobre una estrofa del poeta herético de Persia:

Alguien rico en met√°foras y pareceres
Ama el verbo afilado como un cuchillo;
Y yo que en estos casos soy un chiquillo
Sólo llego a las urnas con mis mujeres.




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