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El alma de Laploshka

Saki

Laploshka fue uno de los tipos más mezquinos que yo haya conocido, y uno de los más divertidos. Decía cosas horribles de la otra gente, con tal encanto que uno le perdonaba las cosas igualmente horribles que decía de uno por detrás. Puesto que odiamos caer en nada que huela a maledicencia, agradecemos siempre a quienes lo hacen por nosotros y lo hacen bien. Y Laploshka lo hacía de veras bien.

Naturalmente, Laploshka ten√≠a un vasto c√≠rculo de amistades; y como pon√≠a cierto esmero en seleccionarlas, resultaba que gran parte de ellas eran personas cuyos balances bancarios les permit√≠an aceptar con indulgencia sus criterios, bastante unilaterales, sobre la hospitalidad. As√≠, aunque era hombre de escasos recursos, se las arreglaba para vivir c√≥modamente de acuerdo a sus ingresos, y a√ļn m√°s c√≥modamente de acuerdo a los de diversos compa√Īeros de car√°cter tolerante.

Pero con los pobres o los de estrechos fondos como √©l, su actitud era de ansiosa vigilancia. Parec√≠a acosarlo el constante temor de que la m√°s m√≠nima fracci√≥n de un chel√≠n o un franco, o cualquiera que fuera la moneda de turno, extraviara el camino de su bolso o provecho y cayera en el de alg√ļn compa√Īero de apuros. De buen grado ofrec√≠a un cigarro de dos francos a un rico protector, bajo el precepto de obrar mal para lograr el bien; pero me consta que prefer√≠a entregarse al paroxismo del perjurio antes que declararse en culpable posesi√≥n de un c√©ntimo cuando hac√≠a falta dinero suelto para dar propina a un camarero. La moneda le habr√≠a sido debidamente restituida a la primera oportunidad -√©l habr√≠a tomado medidas preventivas contra el olvido de parte del prestatario-, pero a veces ocurr√≠an accidentes, e incluso una separaci√≥n temporal de su penique o sou era una calamidad que deb√≠a evitarse.

El conocimiento de esta amable debilidad daba pie a la perpetua tentaci√≥n de jugar con el miedo que Laploshka ten√≠a de cometer un acto de largueza involuntaria. Ofrecerse a llevarlo en un coche de alquiler y fingir no tener dinero suficiente para pagar la tarifa, o confundirlo pidi√©ndole prestados seis peniques cuando ten√≠a la mano llena de monedas de vuelta, eran algunos de los menudos tormentos que suger√≠a el ingenio cuando se presentaba la ocasi√≥n. Para hacer justicia a la habilidad de Laploshka, hay que admitir que, de una forma u otra, solucionaba los dilemas m√°s embarazosos sin comprometer en absoluto su reputaci√≥n de decir siempre "No". Pero, tarde o temprano, los dioses brindan una ocasi√≥n a la mayor√≠a de los hombres, y la m√≠a me lleg√≥ una noche en que Laploshka y yo cen√°bamos juntos en un barato restaurante de bulevar. (A no ser que estuviera expresamente convidado por alguien de renta intachable, Laploshka acostumbraba refrenar su apetito por la vida lujosa; y s√≥lo en tan felices ocasiones le daba rienda suelta). Al final de la cena recib√≠ aviso de que se requer√≠a mi presencia con cierta premura y, sin hacer caso a las agitadas protestas de mi compa√Īero, alcanc√© a gritarle, con sevicia: "¬°Paga lo m√≠o; ma√Īana arreglaremos!" Temprano en la ma√Īana, Laploshka me atrap√≥ por instinto mientras yo caminaba por una callejuela que casi nunca frecuentaba. Ten√≠a cara de no haber dormido.

-Me debes los dos francos de anoche -fue su saludo jadeante.

Le hablé evasivamente de la situación en Portugal, donde al parecer se fermentaban más conflictos. Pero Laploshka me escuchó con la abstracción de una víbora sorda y pronto volvió al tema de los dos francos.

-Me temo que quedaré debiéndotelos -le dije, con tanta ligereza como brutalidad-. No tengo ni un centavo.

Y a√Īad√≠, falsamente:

-Me marcho por seis meses, si no m√°s.

Laploshka no dijo nada, pero sus ojos se abultaron un poco y sus mejillas adquirieron los abigarrados colores de un mapa etnográfico de la península balcánica. Ese mismo día, al ocaso, falleció. "Ataque al corazón", dictaminó el doctor. Pero yo, que estaba más al tanto, supe que había muerto de aflicción.

Surgi√≥ el problema de qu√© hacer con sus dos francos. Una cosa era haber matado a Laploshka; pero haberme quedado con su dinero habr√≠a sido muestra de una dureza de sentimiento de la que soy incapaz. La soluci√≥n usual de d√°rselo a los pobres de ning√ļn modo se habr√≠a acomodado a la presente situaci√≥n, ya que nada habr√≠a afligido m√°s al difunto que semejante malbaratamiento de sus posesiones. Por otra parte, la donaci√≥n de dos francos a los ricos era una operaci√≥n que requer√≠a cierto tacto. No obstante, una manera f√°cil para salir de apuros pareci√≥ presentarse al domingo siguiente, estando yo api√Īado entre la multitud cosmopolita que atestaba la nave lateral de una de las m√°s populares iglesias parisinas. Un bolso de limosnas, para "los pobres de Monsieur le Cur√©", bregaba por cumplir su tortuoso derrotero a trav√©s de la aparentemente impenetrable marejada humana; y un alem√°n que hab√≠a frente a m√≠ y que evidentemente no deseaba que el pedido de una contribuci√≥n le estropeara el disfrute de la sublime m√ļsica, expresaba en voz alta a un compa√Īero sus cr√≠ticas sobre la validez de dicha caridad.

-No necesitan el dinero -dijo-; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres. Están ahítos.

Si en realidad eso era cierto, mi camino se hallaba despejado. Dejé caer los dos francos de Laploshka en el bolso y musité una bendición para los ricos de Monsieur le Curé.

Al cabo de unas tres semanas el azar me hab√≠a llevado a Viena, en donde me deleitaba yo una noche en una modesta pero excelente Gasthaus en el barrio de W√§ringer. El decorado era algo primitivo, pero las chuletas de ternera, la cerveza y el queso eran inmejorables. La buena mesa tra√≠a buena clientela y, a excepci√≥n de una mesita junto a la puerta, todos los puestos estaban ocupados. A mitad de la cena mir√© por casualidad en direcci√≥n de la mesa vac√≠a y descubr√≠ que ya no lo estaba. La ocupaba Laploshka, que estudiaba el men√ļ con el absorto escrutinio del que busca lo m√°s barato de lo m√°s barato. Repar√≥ en m√≠ una sola vez, abarc√≥ de un vistazo mi convite como si quisiera decir: "Te est√°s comiendo mis dos francos", y desvi√≥ r√°pidamente la mirada. Evidentemente, los pobres de Monsieur le Cur√© eran pobres aut√©nticos. Las chuletas se me volvieron de cuero en la boca, la cerveza se me hizo insulsa; no toqu√© el Emmenthaler. S√≥lo se me ocurri√≥ alejarme del recinto, alejarme de la mesa donde eso estaba sentado; y al huir sent√≠ la mirada de reproche que Laploshka dirigi√≥ a la suma que le di al piccolo... sacada de sus dos francos. Al d√≠a siguiente almorc√© en un costoso restaurante, en donde estaba seguro de que el Laploshka vivo jam√°s habr√≠a entrado por cuenta propia. Ten√≠a la esperanza de que el Laploshka muerto observara las mismas restricciones. No me equivoqu√©; pero al salir lo encontr√© leyendo con rostro miserable el men√ļ pegado en el port√≥n. Y luego ech√≥ a andar lentamente hacia una lecher√≠a. Por vez primera fui incapaz de experimentar la alegr√≠a y encanto de la vida vienesa.

De all√≠ en adelante, en Par√≠s, en Londres o dondequiera que estuviese, segu√≠ viendo con frecuencia a Laploshka. Si estaba sentado en el palco de un teatro, ten√≠a la permanente sensaci√≥n de que me echaba vistazos furtivos desde un oscuro rinc√≥n de la galer√≠a. Al entrar a mi club en una tarde de lluvia, lo alcanzaba a ver precariamente guarecido en un portal de enfrente. Incluso si me daba el modesto lujo de alquilar una silla en el parque, √©l por lo general me confrontaba desde uno de los bancos p√ļblicos, sin fijar nunca en m√≠ la vista pero en actitud de estar siempre al tanto de mi presencia. Mis amigos empezaron a comentar lo desmejorado de mi aspecto y me aconsejaron olvidarme de montones de cosas. A m√≠ me hubiera gustado olvidar a Laploshka.

Cierto domingo -probablemente de Resurrecci√≥n, pues el hacinamiento era peor que nunca- me encontraba otra vez api√Īado entre la multitud que escuchaba la m√ļsica en la iglesia parisina de moda, y otra vez el bolso de limosnas se abr√≠a paso a trav√©s de la marejada humana. Detr√°s de m√≠ hab√≠a una dama inglesa que en vano trataba de hacer llegar una moneda al apartado bolso, de modo que tom√© la moneda a petici√≥n suya y le ayud√© a alcanzar su destino. Era una pieza de dos francos. Se me ocurri√≥ de pronto una idea brillante: dej√© caer s√≥lo mi sou en el bolso y deslic√© la moneda de plata en mi bolsillo. Les quit√© as√≠ los dos francos de Laploshka a los pobres, que nunca debieron haber recibido ese legado. Mientras retroced√≠a para alejarme de la multitud, o√≠ una voz femenina que dec√≠a: "No creo que haya puesto mi dinero en el bolso. ¬°Par√≠s est√° repleto de gente as√≠!". Pero sal√≠ con la conciencia m√°s liviana que hab√≠a tenido en mucho tiempo. Todav√≠a quedaba por delante la delicada misi√≥n de donar la suma recuperada a los ricos que la merec√≠an. Otra vez puse mi confianza en la inspiraci√≥n del momento y otra vez el destino me sonri√≥.

Un aguacero me oblig√≥, dos d√≠as despu√©s, a refugiarme en una de las iglesias hist√≥ricas de la orilla izquierda del Sena, en donde me encontr√©, dedicado a escudri√Īar las viejas tallas de madera, al bar√≥n R., uno de los hombres m√°s ricos y m√°s zarrapastrosos de Par√≠s. O era ahora, o nunca. D√°ndole un fuerte acento americano al franc√©s que yo sol√≠a hablar con inconfundible acento brit√°nico, interrogu√© al bar√≥n sobre la fecha de construcci√≥n de la iglesia, las dimensiones y dem√°s pormenores que con seguridad desear√≠a conocer un turista americano. Tras recibir la informaci√≥n que el bar√≥n estuvo en condiciones de suministrar sin previo aviso, con toda seriedad le puse la moneda de dos francos en la mano y, afirm√°ndole cordialmente que era pour vous, di media vuelta y me march√©. El bar√≥n se qued√≥ un poco desconcertado, pero acept√≥ la situaci√≥n de buen talante. Camin√≥ hasta una cajita adosada a la pared y ech√≥ por la ranura los dos francos de Laploshka. Encima de la caja hab√≠a un letrero: Pour les pauvres de M. le Cur√©. Aquella noche, en el hervidero de la esquina del Caf√© de la Paix, avist√© fugazmente a Laploshka. Me sonri√≥, alz√≥ un poco el sombrero y se esfum√≥. No volv√≠ a verlo nunca. Despu√©s de todo, el dinero hab√≠a sido donado a los ricos que lo merec√≠an, y el alma de Laploshka descansaba en paz.

FIN





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