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Visiones de la noche

Ambrose Bierce

Tengo la convicci√≥n de que el don de los sue√Īos es un valioso obsequio literario, pues si con alguna t√©cnica a√ļn no descubierta pudi√©ramos captar, fijar y utilizar las ins√≥litas im√°genes que proporciona, tendr√≠amos una literatura ¬ęmuy por encima de lo corriente¬Ľ. Del mismo modo que los animales adiestrados adquieren nuevas capacidades y aptitudes, ese don podr√≠a mejorarse sensiblemente una vez capturado y domesticado. Con ello, doblar√≠amos las horas productivas y realizar√≠amos nuestra m√°s fruct√≠fera labor mientras dormimos. Pero, incluso en las condiciones actuales, el mundo de los sue√Īos es un terreno que produce rentas, tal y como demuestra ¬ęKubla Khan¬Ľ.

¬ŅY qu√© es el sue√Īo? Pues una desordenada disposici√≥n de recuerdos inconexos, una embrollada sucesi√≥n de pensamientos que una vez estuvieron presentes en la conciencia insomne. Es una resurrecci√≥n de todos los muertos en tropel (pasados y recientes, justos e injustos) que, emergiendo de sus tumbas resquebrajadas ¬ęcon las mismas ropas que llevaban en vida¬Ľ, corren desordenadamente para conseguir una audiencia del director de todo ese baile mientras se desgarran los vestidos unos a otros. Pero, ¬Ņes que realmente hay un director? En absoluto; el que deb√≠a serlo renunci√≥ a su autoridad y la masa se ha apoderado de su voluntad. Muri√≥, pero no resucita con los dem√°s; su capacidad de juicio y de sorpresa ha desaparecido. Puede sentir dolor y alegr√≠a, terror y atracci√≥n, pero no asombro. Lo monstruoso, absurdo y antinatural se convierte entonces en sencillo, correcto y razonable. Ni lo rid√≠culo divierte ni lo imposible desconcierta. El √ļnico poeta verdadero que encontramos es, pues, el so√Īador; en √©l ¬ęla imaginaci√≥n es compacta¬Ľ.

Pero la imaginaci√≥n no es otra cosa que recuerdo. Si no, intenta imaginar algo que nunca hayas visto, sentido, o√≠do o le√≠do. Prueba a concebir, por ejemplo, un animal que no tenga cuerpo, miembros o cola, o una casa sin paredes ni techo. Cuando estamos despiertos dirigimos y ordenamos nuestros pensamientos por medio de la voluntad y el juicio; seleccionamos y sacamos del almac√©n de los recuerdos aquello que nos sirve, y excluimos, no sin dificultad, lo que no nos interesa. Por el contrario, cuando dormimos nuestras fantas√≠as ¬ęnos suceden¬Ľ. Aparecen tan agrupadas y mezcladas, tan impregnadas de sus mutuos elementos, que el conjunto parece nuevo; pero las viejas y conocidas unidades de pensamiento son las mismas. Tanto despiertos como dormidos, lo que sacamos de nuestra imaginaci√≥n son nuevas combinaciones; ¬ęla materia de la que est√°n hechos los sue√Īos¬Ľ es reunida por los sentidos y almacenada en la memoria del mismo modo que las ardillas almacenan nueces. Pero hay al menos un sentido que no contribuye a la f√°brica de los sue√Īos: nadie ha so√Īado nunca un olor. La vista, el o√≠do, el tacto, e incluso el gusto trabajan para asegurar nuestro entretenimiento nocturno; pero el sue√Īo no tiene nariz. Sorprende que observadores tan sagaces como los antiguos poetas no describieran a la divinidad en actitud durmiente, y que sus obedientes siervos, los escultores, no la representaran. Puede que estos √ļltimos, al trabajar para la posteridad, intuyeran que el tiempo y la fatalidad revisar√≠an inevitablemente su obra, y por ello la conformaran a hechos naturales.

¬ŅQui√©n es capaz de relatar un sue√Īo de tal forma que lo parezca? No creo que exista un poeta con un estilo tan fino; es como intentar transcribir la m√ļsica de un arpa e√≥lica. Existe una especie conocida del g√©nero Pelmazo (Penetrator intolerabilis) que despu√©s de leer una narraci√≥n -tal vez de alg√ļn gran escritor -se las ve y se las desea para exponer su argumento con el fin de instruir y deleitar. Al final considera (¬°qu√© buen esp√≠ritu!) que no hace falta leerla. ¬ęBajo condiciones y circunstancias sustancialmente semejantes¬Ľ (como reza una ley que rige el comercio interestatal) yo no deber√≠a incurrir en una falta similar. Con todo, me propongo exponer en estas hojas la trama de algunos de mis propios sue√Īos, si bien hay que tener en cuenta que aqu√≠ ¬ęlas condiciones y circunstancias¬Ľ son diferentes, pues mis fantas√≠as no son accesibles al lector. Algunos fragmentos parecer√°n pobres y s√© que al comentarlos no alcanzar√© un gran √©xito, pero he de reconocer que me resulta imposible apresar a un esp√≠ritu tan esquivo como √©ste.

Caminaba durante el crep√ļsculo por un enorme bosque de √°rboles antes nunca vistos, sin saber de d√≥nde ven√≠a ni ad√≥nde iba. Sent√≠ la desmesurada extensi√≥n de aquel lugar y me di cuenta de que estaba completamente solo. La idea de alg√ļn horrible hechizo, como castigo a un crimen olvidado que deb√≠a de haber cometido al amanecer, me obsesionaba. Avanc√© mec√°nicamente y sin esperanzas bajo los √°rboles siguiendo una senda que atravesaba las embrujadas soledades de la espesura. Un tenebroso arroyo cruzaba perezosamente mi camino: era sangre. Gir√© hacia la derecha y lo segu√≠ durante un largo trecho; al cabo de un rato llegu√© a un abierto espacio circular, inundado por una luz tenue e irreal, en cuyo centro se pod√≠a reconocer un dep√≥sito de m√°rmol blanco. Estaba lleno de sangre y el riachuelo que hab√≠a seguido era su desag√ľe. En torno al dep√≥sito, entre √©l y el bosque circundante, hab√≠a un espacio de unos dos pies de anchura cubierto por grandes losas de m√°rmol sobre las que yac√≠an unos veinte cuerpos humanos sin vida. Aunque no los cont√©, sab√≠a que su n√ļmero ten√≠a alguna relaci√≥n clara y portentosa con mi crimen. Posiblemente indicaba en siglos la fecha en la que lo hab√≠a cometido; la precisi√≥n de la cifra era pues evidente. Los cuerpos estaban desnudos y distribuidos sim√©tricamente alrededor del tanque como si fueran los radios de una rueda: reposaban sobre la espalda con los pies hacia afuera, y sus cabezas, abatidas sobre el borde de la cubeta, mostraban un corte en la garganta del que brotaba sangre lentamente. Observ√© toda la escena sin hacer el menor movimiento. Era el resultado natural y necesario de mi pecado y, por ello, no me afectaba. Pero hab√≠a algo que me llenaba de aprensi√≥n y temor, una pulsaci√≥n monstruosa que ten√≠a un ritmo lento e inexorable. No s√© si se dirig√≠a a alguno de mis sentidos o si llegaba directamente a mi conocimiento a trav√©s de alg√ļn camino desconocido para la ciencia. La lastimosa regularidad de su amplia cadencia era enloquecedora e invad√≠a todo el bosque. Parec√≠a la manifestaci√≥n de un mal gigantesco e implacable.

No recuerdo nada m√°s de este sue√Īo. Dominado probablemente por el p√°nico cuyo origen deb√≠a de ser el malestar propio de una mala circulaci√≥n sangu√≠nea, grit√© y mi propia voz me despert√≥.

Este otro sue√Īo aconteci√≥ en los primeros a√Īos de mi juventud. No tendr√≠a m√°s de diecis√©is a√Īos y, a pesar del tiempo transcurrido, recuerdo lo que en √©l ocurr√≠a con la misma claridad que cuando apenas hab√≠a pasado una hora y yac√≠a encogido de miedo bajo la colcha.

Me encontraba solo en una inmensa llanura y era de noche (en mis pesadillas siempre suelo estar solo y normalmente es de noche). No hab√≠a √°rboles, ni r√≠os ni colinas, ni rastro alguno de presencia humana. El terreno estaba cubierto de una vegetaci√≥n rala y oscura, una especie de rastrojos, que recordaba que la llanura hab√≠a sido arrasada por el fuego. El camino por el que deambulaba mostraba algunos charcos que desaparec√≠an y volv√≠an a aparecer, como si al fuego le hubiera seguido la lluvia. Unos oscuros nubarrones desplazaban aquellas partes de cielo reflejadas en los charcos. Al desaparecer, daban paso al brillo acerado de los astros, a cuya luz √°lgida las aguas mostraban un lustre sombr√≠o. Me dirig√≠ hacia el oeste, donde un fulgor escarlata resplandec√≠a en el horizonte bajo largas franjas nubosas, produciendo un efecto de lejan√≠a inconmensurable, semejante a la que hab√≠a aprendido a escudri√Īar en los dibujos de Dor√©, quien, con cada trazo, formulaba un presagio y una maldici√≥n. Mientras avanzaba vi siluetas de torres y almenas que se perfilaban contra ese escenario misterioso y que crec√≠an cada vez m√°s hasta alcanzar unas dimensiones inimaginables. Aquella construcci√≥n que iba llenando mi amplio √°ngulo de visi√≥n no parec√≠a, sin embargo, estar m√°s cercana. Desesperado y sin √°nimos, continu√© avanzando con dificultad por la condenada y l√ļgubre llanura, mientras la enorme estructura sigui√≥ creciendo hasta resultar inabarcable con la vista. Sus torres eclipsaron completamente las estrellas. Entonces atraves√© un p√≥rtico descomunal cuyas columnas estaban construidas con sillares cicl√≥peos.

El interior, completamente vac√≠o, mostraba el polvo propio del abandono. Una luz difusa -esa luz que s√≥lo existe en los sue√Īos, y que tiene vida propia- me permiti√≥ recorrer largos pasillos que parec√≠an no tener fin y atravesar estancias enormes cuyas puertas ced√≠an a mi paso. Mis pisadas resonaban con el mismo eco que en las mansiones abandonadas y en las criptas habitadas. Camin√© durante horas por aquella horrible soledad, consciente de que buscaba algo desconocido. Por fin, me encontr√© en lo que supuse el √ļltimo rinc√≥n del edificio: una habitaci√≥n de dimensiones normales con una √ļnica ventana. A trav√©s de ella volv√≠ a ver el resplandor rojizo que, como un signo inequ√≠voco, se extend√≠a hacia el occidente, y reconoc√≠ en √©l al fuego inmutable de la eternidad. Por encima de aquel fulgor siniestro y amenazante llegaba la terrible verdad que a√Īos m√°s tarde, como un capricho extravagante, intent√© expresar en verso:

Hace tiempo el hombre desapareció del orbe.
La corte de ángeles cayó en tumbas ignoradas.
También los diablos han quedado fríos al fin,
Y hasta el mismo Dios yace al pie del gran trono blanco.

A pesar del resplandor, era dif√≠cil ver en la oscuridad reinante y pas√≥ alg√ļn tiempo antes de que descubriera, en el rinc√≥n m√°s alejado de la habitaci√≥n, los contornos de una cama a la que me acerqu√© con un fatal presentimiento. Sospechaba que la parte funesta de mi aventura terminar√≠a con un cl√≠max espantoso, pero no pude resistirme al hechizo que me empujaba a concluirla. Sobre la cama, medio desnudo, yac√≠a el cad√°ver de un hombre. Estaba boca arriba, con los brazos pegados a los costados. Al inclinarme sobre √©l, cosa que hice con asco pero sin miedo, descubr√≠ que estaba horriblemente descompuesto. Las costillas sobresal√≠an entre la carne apergaminada y, a trav√©s del vientre hundido, asomaban las protuberancias de la espina dorsal. Ten√≠a el rostro renegrido y acartonado, y sus labios, algo separados de unos dientes amarillentos, castigaban su semblante con una sonrisa horrenda. Un abultamiento bajo los p√°rpados parec√≠a indicar que los ojos hab√≠an escapado a la destrucci√≥n general. Y as√≠ era, pues cuando me acerqu√© a verlos, se abrieron lentamente y se clavaron en los m√≠os con una mirada s√≥lida y tranquila. Traten de imaginar mi espanto, pues me resulta imposible describirlo: ¬°aquellos ojos eran los m√≠os! Esos someros restos de una especie desaparecida, ese engendro horrible que ni el tiempo ni la eternidad hab√≠an conseguido destruir, aquel desperdicio tan odioso y aborrecible que continuaba vivo tras la muerte de Dios y de los √°ngeles... ¬°era yo!

Hay sue√Īos que se repiten. De ellos hay uno que me parece suficientemente raro como para justificar su relato, aunque me temo que el lector llegue a pensar que el reino de los sue√Īos es cualquier cosa menos un terreno feliz por el que mi alma vaga a altas horas. Y no es as√≠. Un gran n√ļmero de mis incursiones en el mundo on√≠rico, y supongo que muchas de las de los dem√°s, van acompa√Īadas de los m√°s felices finales. Mi imaginaci√≥n retorna al cuerpo como la abeja a la colmena, cargada de un bot√≠n que, con la ayuda del azar, se transforma en miel y se almacena en las celdas del recuerdo como un gozo eterno. Pero el sue√Īo que voy a relatar tiene una car√°cter doble; se trata de una experiencia extra√Īamente horrorosa, pero el horror que inspira es tan absurdamente desproporcionado al incidente que lo provoca que, al recordarlo, su fantas√≠a divierte.

Atravieso un claro en una zona escasamente boscosa. Entre el cord√≥n de √°rboles diseminados alrededor de ese espacio irregular, se ven algunos campos cultivados y viviendas en las que habitan inteligencias extra√Īas. Debe de estar a punto de amanecer porque, a trav√©s de las neblinas que llenan caprichosamente el paisaje, se ve una luna casi llena que, de un color rojo sanguinolento, desciende por el oeste. La hierba que piso est√° h√ļmeda por el roc√≠o y toda la escena tiene la luz de plenilunio de una ma√Īana estival. Junto al camino hay un caballo que pasta ruidosamente. Cuando paso a su lado levanta la cabeza y, sin hacer el menor movimiento, me observa durante un rato. Despu√©s se acerca. Es blanco como la leche, manso de porte y de aspecto amigable. ¬ęEste caballo es un alma apacible¬Ľ, me digo mientras me detengo a acariciarlo. Con los ojos fijos en los m√≠os, se aproxima m√°s y me habla con voz humana, con palabras articuladas. Esto, m√°s que sorprenderme, me aterroriza, y r√°pidamente me despierto.

El caballo siempre habla mi lengua, pero nunca entiendo lo que dice. Supongo que será porque salgo de su mundo antes de que se acabe de expresar. Seguro que a él le asusta tanto mi repentina desaparición como a mí su forma de hablarme. Daría cualquier cosa por conocer el significado de sus palabras.

Tal vez una ma√Īana lo haga y ya no regrese nunca m√°s a este nuestro mundo.



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