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Uno de los desaparecidos

Ambrose Bierce

Jerome Searing, soldado raso del ej√©rcito del general Sherman, que entonces combat√≠a al enemigo en Kermesaw Mountain, Georgia, dio la espalda al peque√Īo grupo de oficiales con los que hab√≠a estado conversando en voz baja, atraves√≥ una estrecha franja de trincheras y desapareci√≥ en el bosque. Ninguno de los hombres alineados tras las trincheras le dijo una palabra, y apenas √©l les dirigi√≥ un movimiento de cabeza al pasar, pero todos los que lo vieron comprendieron que a aquel valiente acababan de confiarle una misi√≥n peligrosa. Jerome Searing, aunque era soldado raso, no serv√≠a en las filas; por razones de servicio estaba destacado en el cuartel general de la divisi√≥n, y en las listas figuraba como asistente. ¬ęAsistente¬Ľ es una palabra que comprende multitud de obligaciones. Un asistente puede ser un mensajero, un oficinista, el criado de un oficial... cualquier cosa. Puede realizar servicios que no est√°n previstos en las instrucciones y reglamentaciones militares. Su naturaleza puede depender de las aptitudes del asistente, del favor de otros o de la mera casualidad. El soldado Searing, un incomparable tirador, joven, fuerte, inteligente e insensible al miedo, era explorador. Al general que comandaba su divisi√≥n no le satisfac√≠a obedecer ciegamente las √≥rdenes, sin saber qu√© era lo que hab√≠a frente a sus tropas, incluso cuando √©stas no se hallaban destacadas en servicio y s√≥lo formaban una fracci√≥n del ej√©rcito en l√≠nea; ni le agradaba recibir la informaci√≥n por sus vis-√°-vis a trav√©s de los canales acostumbrados, Quer√≠a saber m√°s de lo que le informaban los mandos del ej√©rcito y los choques entre los destacamentos y los tiradores. Para ello estaba Jerome Searing, con su audacia extraordinaria, su conocimiento del bosque, sus observadores ojos y su veracidad en el relato. En esta ocasi√≥n, sus instrucciones eran sencillas: llegar tan pr√≥ximo como fuera posible a las l√≠neas enemigas y averiguar todo cuanto pudiera.

En pocos momentos alcanz√≥ los primeros puestos. All√≠, los hombres de guardia descansaban en grupos de dos y de cuatro detr√°s de los peque√Īos terraplenes con que hab√≠an formado la ligera depresi√≥n de tierra en que yac√≠an, con los fusiles sobresaliendo por encima de las ramas verdes con que hab√≠an cubierto sus peque√Īas defensas. El bosque se extend√≠a sin interrupci√≥n frente a ellos, tan solemne y silencioso que s√≥lo un esfuerzo de la imaginaci√≥n pod√≠a concebirlo poblado de hombres armados, vigilantes y alertas -un bosque extraordinario, pleno de posibilidades de lucha. Tras detenerse un momento en una de las trincheras para informar a los hombres de sus intenciones, Searing se arrastr√≥ sigilosamente con las manos y las rodillas y pronto se perdi√≥ de vista en la densa espesura de la maleza.

-Es lo √ļltimo de √©l -dijo uno de los hombres-. Desear√≠a tener su fusil. Esos tipos nos herir√°n a alguno con √©l.

Searing continu√≥ arrastr√°ndose, aprovechando todos los accidentes del terreno y la vegetaci√≥n para cubrirse mejor. Sus ojos lo escudri√Īaban todo y sus o√≠dos tomaban nota de todos los ruidos. Conten√≠a la respiraci√≥n. Y cuando unas ramas peque√Īas crujieron debajo de sus rodillas, detuvo su avance y se aplast√≥ contra la tierra. Era un trabajo lento, pero no tedioso; el peligro lo hac√≠a incluso excitante, pero la excitaci√≥n no se manifestaba f√≠sicamente. Su pulso era tan regular y sus nervios tan firmes como si estuviera intentando cazar un gorri√≥n.

-Parece mucho tiempo -pensó-. Pero no puedo haber llegado muy lejos; todavía estoy vivo.

Sonri√≥ ante su personal m√©todo de calcular la distancia y prosigui√≥ reptando. Un momento despu√©s, se aplast√≥ bruscamente contra el suelo y se mantuvo inm√≥vil un rato, minuto tras minuto. A trav√©s de una peque√Īa abertura entre los arbustos hab√≠a percibido un peque√Īo talud de arcilla amarilla: una de las trincheras enemigas. Tras un poco m√°s de tiempo, levant√≥ la cabeza cautelosamente, pulgada a pulgada; despu√©s levant√≥ el cuerpo sobre las manos, apoyadas a cada lado sobre el suelo, intentando mirar el mont√≠culo de greda. Un instante despu√©s estaba de pie, con el fusil en la mano, y corr√≠a r√°pidamente hacia delante sin cuidado alguno de ocultarse. Hab√≠a interpretado bien las se√Īales, cualesquiera que fuesen; el enemigo se hab√≠a marchado.

Para asegurarse completamente antes de volver atr√°s para informar de un hecho de tan gran importancia, Searing sigui√≥ avanzando a trav√©s de la l√≠nea de las abandonadas trincheras, corriendo de una protecci√≥n a otra en las partes m√°s claras del bosque, con los ojos atentos al descubrimiento de posibles rezagados. Lleg√≥ hasta el borde de una plantaci√≥n, una de aquellas granjas abandonadas y desiertas de los √ļltimos a√Īos de la guerra, invadida por las zarzas, afeada por los cercados rotos y las desoladas y vac√≠as construcciones que mostraban descarnadas aberturas en el lugar de las puertas y ventanas. Despu√©s de un escrutinio penetrante desde el abrigo seguro de un grupo de pinos j√≥venes, Searing cruz√≥ velozmente un campo y una huerta hasta alcanzar una peque√Īa estructura situada algo aparte de las otras construcciones de la granja, sobre una suave elevaci√≥n. Pens√≥ que aquella situaci√≥n le ofrecer√≠a una buena panor√°mica de la comarca, en la direcci√≥n que supon√≠a que hab√≠a tomado el enemigo en su retirada. Aquella construcci√≥n, que originalmente hab√≠a consistido en una sola habitaci√≥n sostenida por cuatro postes de uno o tres metros de altura, era ahora poco m√°s que un tejado en el suelo; se hab√≠a desplomado y los tirantes y las tablas se amontonaban en el suelo en desorden, o colgaban del extremo en varios √°ngulos, no completamente desprendidos de los puntos que los aguantaban. Los mismo postes de soporte hab√≠an dejado de ser verticales. Parec√≠a que todo el edificio pudiera desplomarse con s√≥lo tocarlo con un dedo.

Ocult√°ndose entre los escombros de viguetas y soler√≠as, Searing recorri√≥ con la vista el terreno abierto que se extend√≠a entre su punto de observaci√≥n y una estribaci√≥n de Kennesaw Mountain, a ochocientos metros de distancia. Un camino que sub√≠a y cruzaba la estribaci√≥n estaba atestado de tropas. Los fusiles de la retaguardia del enemigo en retirada brillaban al sol de la ma√Īana.

Searing hab√≠a averiguado ya todo lo que habr√≠a podido desear saber. Ahora su deber era retornar a su compa√Ī√≠a con la mayor rapidez posible e informar de su descubrimiento. Pero la columna gris de los confederados ascendiendo penosamente el camino de la monta√Īa era una tentaci√≥n singular. Su fusil -un Springfield ordinario, pero provisto de una mira esf√©rica y un gatillo al pelo- enviar√≠a f√°cilmente, silbando en medio de la tropa, su onza y cuarto de plomo. Seguramente eso no afectar√≠a la duraci√≥n ni el resultado de la guerra, pero el trabajo del soldado es matar. Tambi√©n es su costumbre, si es un buen soldado. Searing amartill√≥ su fusil y ¬ęenchuf√≥¬Ľ el gatillo.

Pero estaba decidido desde el principio de los tiempos que el soldado Searing no asesinara a nadie aquella luminosa ma√Īana de verano, y que no fuera √©l quien anunciara la retirada de los confederados. Durante innumerables siglos, los acontecimientos se hab√≠an ido imbricando de tal manera a s√≠ mismos en ese mosaico maravilloso, del que algunas partes, dif√≠cilmente discernibles, llamamos historia, que los actos que ahora el soldado Searing se propon√≠a ejecutar enturbiaban la armon√≠a del modelo. Unos veinticinco a√Īos antes, la Providencia encargada de ejecutar esa tarea seg√ļn el dise√Īo prefijado hab√≠a prevenido aquel infortunio originando el nacimiento de cierto ni√Īo en una aldea situada al pie de los Montes C√°rpatos. Lo hab√≠a criado con todo cuidado, hab√≠a supervisado su educaci√≥n, hab√≠a encaminado sus intereses hacia la carrera militar y, llegado el momento, lo hab√≠a hecho oficial de artiller√≠a. Pero la concurrencia de un n√ļmero infinito de influencias favorables que predominaban sobre otras influencias desfavorables hizo que aquel oficial de artiller√≠a incurriera en una infracci√≥n de la disciplina militar y hubiera de huir de su pa√≠s natal para evitar el castigo. Fue enviado a Nueva Orle√°ns -en lugar de a Nueva York-, donde un oficial de reclutamiento le recogi√≥ en el muelle. Fue alistado y m√°s tarde ascendido, y los sucesos se ordenaron de tal modo que ahora comandaba una bater√≠a de los confederados a unos tres kil√≥metros en l√≠nea recta del lugar donde Searing, el explorador federal, amartillaba su rifle. Nada se hab√≠a descuidado: en cada etapa del desarrollo de las vidas de aquellos dos hombres, y en las vidas de sus contempor√°neos y antepasados, y en las vidas de los contempor√°neos de sus antepasados, se hab√≠a hecho todo lo correcto para llegar al resultado deseado. Si algo se hubiese omitido en esta vasta concatenaci√≥n, el soldado Searing hubiera podido hacer fuego aquella ma√Īana sobre los confederados en retirada y quiz√° hubiera fallado. Pero sucedi√≥ que a un capit√°n de artiller√≠a confederado, sin nada mejor que hacer mientras aguardaba su turno para avanzar, se le ocurri√≥ divertirse apuntando un ca√Ī√≥n de campa√Īa oblicuamente hacia su derecha, hacia lo que tom√≥ por un grupo de soldados federales situados en la cima de una colina, y hacer fuego. El ob√ļs vol√≥ mucho m√°s all√° de su objetivo.

Jerome Searing ech√≥ atr√°s el gatillo de su fusil, calculando, con los ojos fijos sobre los distantes confederados, d√≥nde podr√≠a plantar su bala con la mayor esperanza de hacer una viuda, un hu√©rfano o una madre sin hijo -incluso, quiz√°, las tres cosas a la vez-, porque, aunque el soldado raso Searing hab√≠a rechazado repetidas veces el ascenso, no carec√≠a de cierta ambici√≥n. Entonces oy√≥ precipitarse un ruido en el aire, como el de las alas de un p√°jaro enorme abati√©ndose sobre su presa. Demasiado r√°pido para que pudiera percibir su graduaci√≥n, el ruido aument√≥ hasta convertirse en un bramido ronco y temible, al mismo tiempo que el proyectil que lo produc√≠a se abalanzaba sobre √©l desde el cielo, golpeaba con ensordecedor impacto uno de los postes que sosten√≠a el mont√≥n de vigas encima de √©l, lo hac√≠a a√Īicos y derrumbaba con estr√©pito la descalabrada caseta entre nubes de polvo cegador.

Cuando Jerome Searing recuper√≥ el conocimiento no supo al principio qu√© hab√≠a ocurrido. Todav√≠a tard√≥ un tiempo en abrir los ojos. Por un momento crey√≥ que hab√≠a muerto y hab√≠a sido enterrado, e intent√≥ recordar algunos fragmentos de los oficios f√ļnebres. Imagin√≥ que su esposa estaba arrodillada sobre su tumba, a√Īadiendo el peso de su cuerpo al de la tierra que ten√≠a sobre el pecho. Ambos, la viuda y la tierra, hab√≠an aplastado el ata√ļd. A menos de que los ni√Īos la convencieran de volver a casa, no lograr√≠a seguir respirando mucho tiempo. Experiment√≥ una sensaci√≥n de injusticia. ¬ęNo puedo hablarle -pens√≥-. Los muertos no tienen voz, y si abro los ojos se me llenar√°n de tierra.¬Ľ

Abri√≥ los ojos. Una gran extensi√≥n de cielo azul por encima de la franja de las copas, de los √°rboles. En primer plano, ocultando algunos √°rboles, hab√≠a un alto y pardo mont√≠culo, de contorno anguloso, atravesado por una red intrincada e irregular de l√≠neas rectas; todo a una inconmensurable distancia, una distancia tan inconcebiblemente grande que lo cansaba; cerr√≥ los ojos. En el momento en que lo hizo percibi√≥ una luz insoportable. En sus o√≠dos retumb√≥ el ruido del trueno sordo y r√≠tmico de un mar lejano, rompiendo en sucesivas olas sobre la playa y, adem√°s del ruido, como parte de √©l o incluso de m√°s lejos de √©l, entremezcladas con su incesante murmullo, le llegaron unas palabras: ¬ęJerome Searing, est√°s cogido como una rata en una trampa... en una trampa, trampa, trampa¬Ľ.

S√ļbitamente, se hizo un gran silencio, una profunda oscuridad y una infinita calma, y Jerome Searing, absolutamente consciente de su condici√≥n de rata y convencido de que hab√≠a ca√≠do en una trampa, record√≥ todo y abri√≥ de nuevo los ojos sin alarma para reconocer la situaci√≥n, advertir la fuerza del enemigo y planear su defensa. Hab√≠a quedado atrapado casi tumbado, con la espalda fuertemente apoyada contra una viga. Otro travesa√Īo le cruzaba el pecho y, aunque hab√≠a logrado apartarse un poco para que no lo oprimiera, el travesa√Īo era inamovible. Un tirante que formaba √°ngulo con √©l le hab√≠a comprimido el lado izquierdo contra un mont√≥n de maderas inmoviliz√°ndole el brazo. Un mont√≥n de cascotes le cubr√≠a hasta las rodillas las piernas, algo entreabiertas en el suelo, y tapaba su limitado horizonte. Ten√≠a la cabeza tan r√≠gidamente sujeta como fijada por un tomo; pod√≠a mover los ojos y la barbilla pero nada m√°s. S√≥lo ten√≠a el brazo derecho parcialmente libre. ¬ęTienes que librarnos de esto¬Ľ le dijo. Pero no pod√≠a sacarlo de debajo de la gruesa viga que le cruzaba el pecho ni mover el codo m√°s de seis cent√≠metros.

Searing no estaba gravemente herido ni sufr√≠a dolor. Un golpe seco en la cabeza dado por un pedazo del poste astillado, unido al s√ļbito y terrible impacto nervioso, lo hab√≠an conmocionado moment√°neamente. Su desvanecimiento y recuperaci√≥n, durante la que hab√≠a experimentado extra√Īas fantas√≠as, probablemente no hab√≠an sobrepasado unos segundos, pues el polvo producido por el derrumbamiento todav√≠a no se hab√≠a disipado cuando empez√≥ a entender con claridad la situaci√≥n.

Con la mano derecha en parte libre intent√≥ asir la viga que le aprisionaba, no del todo, el pecho. No pudo hacerlo de ninguna manera. No era capaz de bajar el hombro para empujar con el codo el borde de la viga que ten√≠a m√°s cerca de las rodillas. Al fracasar en este movimiento, tampoco pod√≠a levantar el antebrazo y la mano para coger la madera. El tirante que formaba √°ngulo con la viga por abajo y atr√°s le imped√≠a cualquier movimiento en esa direcci√≥n y el espacio entre el tirante y su cuerpo no era ni la mitad de ancho que la largura de su antebrazo. Era evidente, pues, que no pod√≠a pasar la mano ni por encima ni por debajo de la viga; de hecho, no pod√≠a ni siquiera tocarla. Comprendiendo que era imposible, desisti√≥ de este empe√Īo y empez√≥ a pensar en alcanzar parte de los escombros amontonados sobre las piernas.

Mientras miraba el mont√≥n intentando determinar las posibilidades que hab√≠a, le llam√≥ la atenci√≥n lo que parec√≠a un brillante aro met√°lico situado delante de su vista. Al principio le pareci√≥ que rodeaba una sustancia completamente negra y que ten√≠a un cent√≠metro de di√°metro. De pronto comprendi√≥ que la parte negra era solamente una sombra y que el aro era en realidad la boca de su fusil, que sobresal√≠a del mont√≥n de escombros. En seguida se alegr√≥ de que fuera eso, si es que pod√≠a ser una alegr√≠a. Cerrando primero un ojo y luego otro, pod√≠a ver una parte del ca√Īo, hasta el punto en que lo escond√≠an los escombros. Cuando ve√≠a el lado correspondiente a un ojo, √©ste estaba aparentemente en el mismo √°ngulo que el lado correspondiente al otro ojo. Si miraba con el ojo derecho, el arma parec√≠a dirigida a la izquierda de su cabeza, y viceversa. No lograba ver la superficie superior del ca√Īo, pero alcanzaba a distinguir en un breve √°ngulo la superficie inferior de la culata. El arma, en realidad, apuntaba exactamente al centro justo de su frente.

Cuando el soldado Searing advirti√≥ esta circunstancia y record√≥ que antes del accidente que le hab√≠a colocado en aquella desgraciada situaci√≥n hab√≠a amartillado el fusil y dispuesto el gatillo para disparar con s√≥lo rozarlo, le asalt√≥ una sensaci√≥n de inquietud. Pero no fue en absoluto miedo; era un hombre valiente, familiarizado con aquella posici√≥n de los rifles, y tambi√©n con los ca√Īones. Entonces record√≥, casi divertido, un incidente que le hab√≠a ocurrido durante el asalto de Missionary Ridge. Cuando se encaramaba a uno de los parapetos enemigos, donde hab√≠a visto que un pesado ca√Ī√≥n lanzaba carga tras carga de metralla a los asaltantes, por un momento pens√≥ que hab√≠an retirado el ca√Ī√≥n; s√≥lo consegu√≠a ver un aro en la abertura. Lo comprendi√≥ justo a tiempo de saltar a un lado, cuando el ca√Ī√≥n lanz√≥ otro picotazo de acero sobre la cuesta plagada de hombres. Dar la cara a las armas de fuego es una de las situaciones m√°s habituales en la vida de un soldado... armas de fuego, adem√°s, tras las que resplandece el brillo de unos ojos hostiles. Para eso est√° hecho un soldado. Sin embargo, el soldado Searing no apreciaba ahora del mismo modo la situaci√≥n, y apart√≥ la vista.

Tras tantear durante un rato, vagamente, con la mano derecha, hizo un in√ļtil intento de liberar la izquierda. Despu√©s, trat√≥ de desasir la cabeza, cuya sujeci√≥n le resultaba tanto m√°s molesta por ignorar qu√© era lo que la sujetaba. A continuaci√≥n, intent√≥ liberar los pies, pero cuando endurec√≠a, a este prop√≥sito, los fuertes m√ļsculos de las piernas, repar√≥ en que un movimiento de los escombros que las cubr√≠an pod√≠a provocar la descarga del rifle; no comprend√≠a c√≥mo hab√≠a resistido el arma, pero la memoria lo ayud√≥ aport√°ndole varios casos similares. Recordaba uno en particular, en que en un momento de distracci√≥n hab√≠a aporreado a un caballero con el fusil para saltarle los sesos, sin darse cuenta hasta despu√©s de que el arma que acababa de blandir por el ca√Īo estaba amartillada y con el gatillo puesto, detalle que si hubiera conocido su antagonista le hubiera inducido, sin duda, a una mayor resistencia. Siempre hab√≠a sonre√≠do ante este recuerdo de sus ¬ęinmaduros y juveniles¬Ľ d√≠as de soldado, pero ahora no sonri√≥. Volvi√≥ la mirada otra vez a la boca del fusil y por un instante imagin√≥ que se hab√≠a movido; parec√≠a algo m√°s pr√≥xima.

Apart√≥ otra vez la vista. Las copas de los distantes √°rboles que hab√≠a fuera de los l√≠mites de la plantaci√≥n la atrajeron: no hab√≠a reparado antes en qu√© ligeros, como plumosos, eran, ni en qu√© azul intenso ten√≠a el cielo, incluso entre las ramas de los √°rboles, que de alg√ļn modo lo hac√≠an palidecer con su verdor; por encima de √©l, ya aparec√≠a casi negro. ¬ęDe d√≠a har√° un calor insoportable aqu√≠ -pens√≥-. Me gustar√≠a saber en qu√© direcci√≥n estoy mirando.¬Ľ

A juzgar por las sombras que veía, decidió que tenía la cara al norte; al menos no le daría el sol en los ojos, Y al norte... bueno, era en dirección a su mujer y sus hijos.

-¬°Bah! -exclam√≥ en voz alta-. ¬ŅQu√© tienen que ver con esto?

Cerr√≥ los ojos. ¬ęMientras no pueda salir, lo mejor ser√° que duerma. Los rebeldes han marchado y seguro que alguno de los nuestros pasar√° por aqu√≠ a buscar forraje. Me encontrar√°n.¬Ľ

Pero no se dormía. Poco a poco empezó a sentir un dolor en la frente, un dolor sordo, casi imperceptible primero, pero que aumentaba y se hacía más y más molesto. Al abrir los ojos desaparecía, pero cuando los cerraba volvía a aparecer.

-¬°Al diablo! -exclam√≥, in√ļtilmente, y mir√≥ de nuevo fijamente el cielo. Escuch√≥ el canto de los p√°jaros, la extra√Īa nota met√°lica de las alondras de la pradera, que suger√≠a un golpeteo de vibrantes espadas. Se hundi√≥ en las memorias agradables de su infancia; jugaba con su hermano y su hermana; atravesaba corriendo los campos, chillando para espantar a las sedentarias alondras; se adentraba en el sombr√≠o bosque alejado y, con t√≠midos pasos, segu√≠a el borroso sendero que conduc√≠a a la Pe√Īa del Fantasma; se deten√≠a, por √ļltimo, con unos estruendosos latidos en el pecho, ante la Cueva del Hombre Muerto e intentaba penetrar su pasmoso misterio. Por primera vez, se dio cuenta de que la abertura de la caverna encantada estaba rodeada por un aro de metal. Entonces, todo se desvaneci√≥ y lo dej√≥ escrutando el ca√Ī√≥n de su fusil, como antes. Pero mientras que antes parec√≠a cerca, ahora semejaba a una inconcebible distancia y, por ello, m√°s siniestro. Se puso a gritar y, asustado por algo que percibi√≥ en su propia voz -el tono del Miedo- se minti√≥ a s√≠ mismo: ¬ęSi no grito, puedo quedarme aqu√≠ hasta que me muera¬Ľ.

Ya no hizo m√°s intentos de rehuir la amenazadora mirada del ca√Ī√≥n del fusil. Si giraba los ojos en alg√ļn momento, era para buscar ayuda (aunque no pod√≠a ver el terreno que hab√≠a a cada lado de la ruina), y se permit√≠a despu√©s volver la vista otra vez, como obedeciendo una imperativa fascinaci√≥n. Si cerraba los ojos era por agotamiento, y en seguida los abr√≠a, obligado por el punzante dolor en la frente -la prof√©tica amenaza de la bala.

La tensi√≥n nerviosa era demasiado fuerte; la naturaleza ven√≠a en su auxilio sumi√©ndolo en intervalos de inconsciencia. Cuando reviv√≠a de uno de estos intervalos percibi√≥ un agudo dolor y un escozor en la mano derecha. Movi√≥ los dedos y se los frot√≥ contra la palma, y not√≥ que estaban h√ļmedos y resbaladizos. No pod√≠a verse la mano, pero conoc√≠a aquella sensaci√≥n: le manaba sangre. En su momento de delirio hab√≠a golpeado los cascotes desportillados de las ruinas y se hab√≠a clavado varias astillas. Decidi√≥ que se enfrentar√≠a a su destino con m√°s virilidad. Era un soldado raso y vulgar, no ten√≠a religi√≥n ni filosof√≠a. No pod√≠a morir como un h√©roe, entre grandilocuentes y sabias palabras, ni aun en el caso de que hubiera habido alguien para escucharlas, pero pod√≠a morir ¬ęcon √°nimo¬Ľ, y eso iba a hacer. ¬°Pero si pudiera saber cu√°ndo iba a sonar el disparo!

Algunas ratas, que probablemente habían habitado la caseta, se acercaron correteando furtivamente. Una subió a la pila de cascotes que aprisionaban el rifle; le siguió otra y otra. Searing las miró al principio con indiferencia y luego con amistoso interés. Pero después, cuando en su mente extraviada destelló el pensamiento de que podían rozar el gatillo del fusil, las maldijo y les chilló que se marcharan.

-Esto no es asunto de ustedes -les gritó.

Los animales se fueron; volverían más tarde, a atacarle la cara, a roerle la nariz, a desgarrarle la garganta... él lo sabía, pero esperaba estar muerto para entonces

Nada pod√≠a apartar ahora su vista del peque√Īo aro met√°lico repleto de tinieblas. El dolor en la frente era feroz y no cesaba. Lo sent√≠a penetrar gradualmente en el cerebro a m√°s y m√°s profundidad, hasta que deten√≠a su avance la madera que sosten√≠a su cabeza. Aumentaba por momentos haci√©ndose intolerable: irracionalmente, empez√≥ a golpear otra vez la mano herida contra las astillas para contrarrestar con otro sufrimiento aquel dolor lacerante. Parec√≠a palpitar con lenta y regular recurrencia, cada pulsaci√≥n m√°s penetrante que la anterior, y a veces aullaba, creyendo que sent√≠a el disparo fatal. Ning√ļn pensamiento sobre su hogar, su esposa e hijos, la patria o la gloria. Todo recuerdo se hab√≠a desvanecido de la memoria. El mundo hab√≠a desaparecido... no quedaba ning√ļn vestigio. Aqu√≠, en esa confusi√≥n de vigas y maderas, est√° el √ļnico universo. Aqu√≠ est√° la inmortalidad del tiempo... cada dolor una vida perpetua. Cada pulsaci√≥n una se√Īal de la eternidad.

Jerome Searing, el hombre valeroso, el enemigo formidable, el fuerte y resuelto guerrero, ten√≠a la palidez de un fantasma. La mand√≠bula le colgaba; le sobresal√≠an los ojos; le temblaba cada m√ļsculo; un sudor fr√≠o le ba√Īaba todo el cuerpo; aullaba de miedo. No hab√≠a enloquecido... estaba aterrado.

Tanteando con la mano derecha, desgarrada y sangrante, logr√≥ alcanzar un pedazo de madera; la empuj√≥ hacia arriba y sinti√≥ que ced√≠a. Estaba paralela a su cuerpo. Dobl√≥ el codo todo lo que el estrecho espacio le permit√≠a y logr√≥ moverla unos cent√≠metros. Repiti√≥ la maniobra varias veces y la tabla qued√≥ desprendida de los escombros que le cubr√≠an las piernas. Pudo alzarla entera del suelo. Le invadi√≥ la esperanza, quiz√° pudiera desplazarla hacia arriba, es decir hacia atr√°s, lo bastante como para alzarla por el extremo y empujar el fusil a un lado; o, si √©ste estaba demasiado encajado, colocar la tabla de manera que desviara la bala. Con este objetivo, corri√≥ la madera hacia atr√°s cent√≠metro a cent√≠metro sin atreverse apenas a respirar por temor a que ello hiciera fracasar su intento, m√°s incapaz que nunca de apartar los ojos del fusil, que pod√≠a ahora aprovechar su menguante oportunidad. Algo, al menos, hab√≠a ganado: en su preocupaci√≥n por aquel intento de autodefensa era menos sensible al dolor de su cabeza y hab√≠a dejado de gritar. Pero continuaba mortalmente asustado y los dientes le temblequeaban como casta√Īuelas.

La tabla de madera dej√≥ de moverse bajo la presi√≥n de su mano. Tir√≥ de ella con todas sus fuerzas, cambiando su direcci√≥n todo lo que pod√≠a, pero la tabla hab√≠a encontrado un obst√°culo detr√°s de √©l y el extremo de delante estaba todav√≠a demasiado lejos para salir del mont√≥n de escombros y alcanzar el ca√Īo del fusil. Llegaba casi, sin embargo, hasta el guardamonte, que, no cubierto de escombros, pod√≠a entrever con el ojo derecho. Intent√≥ romper la tabla con la mano, pero no ten√≠a apoyo para hacer palanca. Con el fracaso retorn√≥ su terror, diez veces aumentado. La negra abertura del fusil parec√≠a amenazar con una muerte m√°s repentina e inminente, como castigo por su rebeld√≠a. El trayecto de la bala a trav√©s de su cabeza le hizo sentir un dolor mayor. Tembl√≥ otra vez.

De pronto, recuperó la calma. El temblor persistía. Apretó los dientes y frunció las cejas. No había agotado las posibilidades de defensa; en su mente se había formado una nueva idea... otro plan de batalla. Alzando la punta delantera de la tabla de madera, la empujó cuidadosamente hacia delante por entre los cascotes que rodeaban el fusil hasta que tocó el guardamontes. Movió la punta lentamente hasta que notó que lo traspasaba.

Entonces cerró los ojos y apretó contra el guardamontes con toda su fuerza. No hubo ninguna detonación. El rifle se había descargado al caerle de la mano cuando el edificio se derrumbó... Pero cumplió su función.

El teniente Adrian Searing, al mando del piquete en aquella línea de combate por la que su hermano Jerome había pasado para cumplir su misión, estaba sentado, con los oídos atentos, en su parapeto tras la línea. No se le escapaba el menor ruido: el chillido de un pájaro, el raspar de una ardilla, el sonido del viento entre los pinos... todo lo captaban ansiosamente sus sentidos agotados. De repente, justo delante de su alineación, escuchó un rumor confuso, apenas perceptible, semejante al estruendo del hundimiento de un edificio, transportado en la distancia. El teniente miró mecánicamente su reloj. Las seis y dieciocho minutos. En aquel momento, un oficial se aproximó a él y lo saludó.

-Mi teniente -dijo el oficial-, el coronel le ordena que haga avanzar su alineación y entre en contacto con el enemigo si lo encuentra. Si no, debe proseguir el avance hasta que se le ordene el alto. Hay motivos para pensar que el enemigo se ha dado en retirada.

El teniente asintió en silencio; el otro oficial se retiró. En poco tiempo los hombres, avisados en voz baja de su obligación por los oficiales, cargaron sus rifles y comenzaron a avanzar en formación, con los dientes apretados y el corazón palpitante.

Este piquete de tiradores atraves√≥ r√°pidamente la plantaci√≥n dirigi√©ndose a la monta√Īa. Pasaron por los dos lados de la caseta en ruinas sin observar nada. A poca distancia, en la retaguardia, iba su teniente. √Čste mir√≥ con curiosidad las ruinas y observ√≥ un cad√°ver semienterrado entre las maderas y las vigas.

Est√° tan cubierto de polvo que sus ropas son del gris confederado. Tiene el rostro de un blanco amarillento; las mejillas hundidas; las sienes sobresalen con unos bordes angulosos dando a la frente una estrechez l√ļgubre; el labio superior, levemente alzado, descubre los dientes blancos, r√≠gidamente apretados. El pelo est√° enteramente impregnado de sudor y el rostro tan h√ļmedo como la hierba cubierta de roc√≠o. Desde donde se encuentra, el oficial no advierte el fusil; en apariencia, el hombre hab√≠a muerto por el derrumbamiento del edificio.

-Muerto hace una semana -dijo el oficial lacónicamente.

Siguió su camino, consultando su reloj con aire ausente, como para verificar su cálculo de la hora. Las seis y cuarenta minutos.



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