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Un hijo de los dioses

Ambrose Bierce

D√≠a de brisa en un paisaje soleado. Campo abierto a derecha, a izquierda, hacia adelante; detr√°s, un bosque. En el linde del bosque, frente al campo abierto pero temiendo aventurarse en √©l, largas l√≠neas de soldados que conversan; crujido de innumerables pasos sobre las hojas secas que tapizan el suelo entre los √°rboles; voces roncas de los oficiales que dan √≥rdenes. Al frente de las tropas -pero no demasiado expuestos- apartados grupos de soldados de caballer√≠a; muchos miran atentamente la cumbre de una colina situada a una milla de distancia en la direcci√≥n del avance interrumpido. Porque ese ej√©rcito poderoso, que se desplaza en orden de batalla a trav√©s de un bosque, acaba de encontrar un obst√°culo formidable: el campo abierto. La cumbre de la suave colina a una milla de distancia tiene un aspecto siniestro. Dice: ¬°Cuidado! Est√° coronada por un largo muro de piedra que se extiende a derecha e izquierda. Detr√°s del muro hay un cerco. Detr√°s del cerco se ven las copas de algunos √°rboles dispuestos muy irregularmente. Entre los √°rboles, ¬Ņqu√©? Es necesario saberlo.

Ayer, y muchos d√≠as y noches antes, combat√≠amos en alguna parte; hab√≠a un incesante ca√Īoneo y de tiempo en tiempo el redoble del vivo fuego de los fusiles al que se mezclaban v√≠tores -nuestros o de nuestro enemigo: rara vez lo sab√≠amos- atestiguando una ventaja transitoria. Esta ma√Īana, al romper el d√≠a, el enemigo hab√≠a desaparecido. Avanzamos cruzando sus fortalezas y terraplenes -¬°tan a menudo lo hab√≠amos intentado vanamente!- a trav√©s de los desechos de sus campamentos abandonados, en medio de las tumbas de sus ca√≠dos en el bosque.

¬°Con qu√© curiosidad lo examinamos todo! ¬°Cu√°n extra√Īo nos pareci√≥ todo! Nada nos era completamente familiar. Hasta los objetos m√°s comunes -una montura vieja, una rueda hecha pedazos, una cantimplora olvidada- nos descubr√≠an alg√ļn rasgo de la misteriosa personalidad de aquellos desconocidos que hab√≠an estado mat√°ndonos. El soldado no se representa jam√°s a sus adversarios como hombres semejantes a √©l; no puede sacarse la idea de que son seres de otra especie, diferentemente condicionados, en un medio que no es del todo el de esta tierra. Los menores vestigios dejados por ellos detienen su atenci√≥n y cautivan su inter√©s. Los juzga inaccesibles y cuando los vislumbra de improviso, en la lejan√≠a se le aparecen m√°s lejanos, m√°s considerables de lo que realmente est√°n y son, como objetos en la niebla. En cierto modo, le inspiran un temor reverencial.

Desde el linde del bosque hasta lo alto de la colina se ven huellas de cascos de caballos y de ruedas, las ruedas del ca√Ī√≥n. La hierba amarilla est√° pisoteada por la infanter√≠a. Por ah√≠ han pasado miles, qu√© duda cabe. Pero no hay rastros en los caminos. Esto es significativo: es la diferencia entre un repliegue y una retirada.

Esos hombres a caballo son nuestro general en jefe, su estado mayor y su escolta. El general mira la colina distante. Con ambas manos, levantando innecesariamente los codos, sostiene los prismáticos contra sus ojos. Es una moda: confiere dignidad al ademán. Todos lo hacemos así. De pronto, baja los prismáticos y dice unas pocas palabras a quienes lo rodean. Dos o tres edecanes se apartan del grupo y a galope corto se internan en el bosque, a lo largo de las líneas, cada cual en una dirección. Sin haberlas oído, conocemos sus palabras:

-Díganle al general X que haga avanzar la artillería.

Aquellos de nosotros que no están en su puesto, se alejan apresuradamente: los que descansaban, se yerguen, y las filas vuelven a formarse sin que la orden haya sido impartida. Algunos de nosotros, oficiales del estado mayor, nos apeamos para verificar la cincha de nuestras cabalgaduras; los que se habían apeado, vuelven a subir.

Galopando r√°pidamente por la brilla del campo abierto, llega un joven oficial en un caballo blanco como la nieve. El mandil de su silla de montar es escarlata. ¬°Imb√©cil! Cualquiera que haya o√≠do silbar las balas recuerda que todos los fusiles apuntan instintivamente al hombre qu√© monta un caballo blanco; cualquiera que haya visto el fogonazo del ob√ļs no ignora que un poco de rojo exaspera al toro de la batalla. Que esos colores se hayan puesto de moda en la vida militar debe aceptarse como uno de los fen√≥menos m√°s sorprendentes de la vanidad humana. Se los dir√≠a calculados para aumentar el √≠ndice de mortandad.

Ese joven oficial está de punto en blanco, como en un desfile. Brilla con todas sus galas. Es una edición de lujo, con el canto dorado, de la Poesía de la guerra. Una onda de risas burlonas corre por las filas a medida que avanza. ¡Pero qué apuesto es! ¡Con qué gracia indolente monta a caballo!

Se para a respetuosa distancia del general en jefe y saluda. El viejo soldado, inclinando la cabeza, responde a su saludo con familiaridad. Lo conoce, evidentemente. El joven da la impresión de hacer un pedido que el general no está dispuesto a conceder. Acerquémonos un poco. ¡Demasiado tarde! ¡Ya han terminado! El joven oficial saluda de nuevo, da media vuelta en su caballo y toma derecho hacia la cumbre de la colina. Está mortalmente pálido.

Unos cuantos tiradores, a seis pasos de distancia, salen ahora del bosque y avanzan por el campo abierto. El comandante dice unas palabras al clarín, que pega su instrumento a los labios. ¡Tralalá! ¡Tralalá! Los tiradores se detienen.

Mientras tanto, el joven jinete ha recorrido cien yardas. Sube al paso la prolongada colina, erguido, sin volver jam√°s la cabeza. ¬°Es admirable! ¬°Dios m√≠o, qu√© no dar√≠amos nosotros por estar en su lugar, por tener su presencia de √°nimo! No ha sacado el sable de la vaina; su mano derecha cuelga indolentemente. La brisa sopla sobre el penacho de su sombrero y lo hace flamear con elegancia. La luz del sol descansa en sus charreteras tiernamente, como una visible bendici√≥n. Cabalga en l√≠nea recta. Diez mil pares de ojos est√°n fijos en √©l con una intensidad que no puede dejar de sentir; diez mil corazones palpitan al ritmo r√°pido de los inaudibles pasos de su corcel blanco como la nieve. No est√° solo: nuestras almas lo acompa√Īan. Todos no somos sino "hombres muertos". Pero recordamos habernos re√≠do. Sigue y sigue cabalgando, en l√≠nea recta hacia la muralla que bordea el cerco. Ni una mirada hacia atr√°s. ¬°Ah, si consintiera en volverse una sola vez, si pudiera sentir ese amor, esa adoraci√≥n, esa reparaci√≥n!

Nadie habla. En las profundidades del bosque se oye a√ļn el murmullo de las multitudes que lo pueblan, invisibles y ciegas, pero en la orilla, all√≠ donde comienza el campo abierto, el silencio es absoluto. El general corpulento se ha transformado en una estatua ecuestre. Los oficiales a caballo del estado mayor, mirando por los prism√°ticos, est√°n inm√≥viles. La l√≠nea de batalla en el linde del bosque observa una nueva clase de "atenci√≥n" porque cada soldado se mantiene en la actitud que ten√≠a cuando adquiri√≥ bruscamente conciencia de lo que est√° sucediendo. Todos esos duros e impenitentes matadores de hombres para quienes la muerte en la m√°s atroz de sus formas es algo familiar que pueden observar d√≠a tras d√≠a, que duermen en las colinas sacudidas por el tronar de los ca√Īones, que comen bajo una lluvia de proyectiles y que juegan a los naipes entre los rostros muertos de sus amigos m√°s queridos, todos ellos, con el coraz√≥n palpitante, conteniendo el aliento, acechan el resultado de un acto que compromete la vida de un solo hombre. Tal es el magnetismo del valor y de la devoci√≥n.

Si ahora volvieran ustedes la cabeza, observarían un movimiento simultáneo entre los espectadores, un sobresalto semejante al que produce una corriente eléctrica; después, mirando de nuevo hacia adelante, hacia el jinete lejano, verían que en ese momento mismo ha cambiado de dirección y se desvía en ángulo recto de la ruta precedente.

Los soldados suponen que ese desvío ha sido causado por un disparo, quizá por una herida, pero tomen ustedes los prismáticos y observarán que se dirige hacia una brecha en el muro y en el cerco. Intenta franquearlos, si no lo matan, para examinar la comarca que se extiende más allá.

No deben ustedes olvidar la naturaleza del acto de este hombre; en el hecho en s√≠ no pueden ver una bravata, ni un sacrificio in√ļtil. Si el enemigo no se ha batido en retirada, acumula todas sus fuerzas detr√°s de la colina. El explorador encontrar√° nada menos que una l√≠nea de batalla; no se necesitan puestos de avanzada, centinelas en vista, tiradores para anunciar nuestro avance. Nuestras l√≠neas de ataque ser√°n visibles, conspicuas, estar√°n expuestas a un fuego de artiller√≠a que arrasar√° la tierra en el preciso instante en que salgan del linde del bosque, a media distancia de una lluvia de balas que har√° perecer a todos nuestros soldados. En suma, si el enemigo est√° all√≠, ser√≠a una locura atacarlo de frente; habr√° que desbordarlo siguiendo el plan inmemorial que consiste en amenazar sus l√≠neas de comunicaci√≥n, tan necesarias a su existencia como lo es su tubo de aire para el buzo sumergido en el fondo del mar. ¬ŅPero c√≥mo saber a ciencia cierta que el enemigo est√° all√≠? S√≥lo hay un medio: alguien que vaya y vea. Por lo com√ļn, se acostumbra mandar una l√≠nea de tiradores. Pero en este caso todos pagar√≠an con sus vidas una respuesta afirmativa. El enemigo, agazapado en doble fila tras el muro de piedra, y a cubierto por el cerco, aguardar√° hasta que le sea posible contar los dientes de cada asaltante. La mitad de ellos caer√° a la primera salva, y la otra mitad sufrir√° igual destino antes de poder batirse en retirada. ¬°Qu√© caro cuesta satisfacer una curiosidad! ¬°A qu√© alto precio debe a veces un ej√©rcito comprar sus informes! "D√©jenme pagar por todos", ha dicho ese galante caballero, ese Cristo soldado. No hay ninguna esperanza, excepto la esperanza contra toda esperanza de que la colina est√© despejada. En verdad, el caballero podr√≠a preferir el cautiverio a la muerte. Mientras avance, los soldados enemigos no disparar√°n. ¬ŅPor qu√© disparar√≠an?

Puede entrar sano y salvo en las filas hostiles y convertirse en un prisionero de guerra. Pero esto haría fracasar su propósito. Es preciso que regrese sano y salvo a nuestras líneas, o que lo maten ante nuestros ojos. Sólo así sabremos cómo proceder. Porque su captura puede muy bien ser la obra de media docena de rezagados.

Ahora comienza una extra√Īa justa de inteligencia entre un hombre y un ej√©rcito. Nuestro caballero, a un cuarto de milla de la cumbre, dobla de pronto hacia la izquierda y galopa en direcci√≥n paralela a la colina. Ha visto a su adversario: lo sabe todo. Una configuraci√≥n del terreno ligeramente favorable le ha permitido distinguir parte de las tropas enemigas. Ahora estar√≠a en condiciones de comunicarnos lo que sabe. Si estuviera aqu√≠, podr√≠a dec√≠rnoslo, pero ya no debemos esperar su vuelta: ha de hacer el mejor uso de los pocos minutos que le quedan por vivir para obligar al adversario mismo a que nos d√© aquellos informes claramente, francamente, cosa que repugna, desde luego, a esa discreta potencia. No hay un solo tirador en esas filas de hombres agazapados, no hay un solo artillero junto a esos ca√Īones disimulados y prontos a disparar, que ignore las exigencias de la situaci√≥n, el imperativo debe de ser paciente. Por lo dem√°s, sus jefes tuvieron tiempo de sobra para prohibirles que dispararan. En realidad, una sola bala podr√≠a abatirlo sin revelar gran cosa. Pero un disparo es contagioso... Y vean ustedes cu√°n r√°pidamente se desplaza sin detenerse nunca, excepto para hacer girar su caballo antes de tomar una nueva direcci√≥n, sin volverse nunca hacia sus ejecutores. Lo distinguimos todo a trav√©s de los prism√°ticos, nos parece que todo sucede a la distancia de un balazo. S√≠, lo distinguimos todo excepto al enemigo, cuya presencia, cuyos pensamientos, cuyos motivos inferimos. A simple vista s√≥lo hay una silueta negra sobre un caballo blanco, dibujando zigzags sobre una colina distante, tan lentamente que casi parece que serpenteara.

Tomemos nuevamente los prism√°ticos: se ha cansado de su fracaso, o ha visto su error, o ha enloquecido: ¬°ahora se lanza en l√≠nea recta contra el muro de piedra como si quisiera saltarlo junto con el cerco! Un instante despu√©s da media vuelta y desciende la colina, r√°pido como el viento, hacia sus amigos, hacia la muerte. En seguida, abarcando centenares de yardas a derecha e izquierda, impetuosas columnas de humo aparecen tras el muro de piedra. En seguida el viento las disipa y antes de que hayamos o√≠do el crepitar de los fusiles, el jinete cae. No, vuelve a incorporarse en su silla; se ha contentado con hacer plegar su caballo sobre las patas de atr√°s. ¬°De nuevo el caballo est√° sobre sus cuatro patas, y ambos se alejan! Rompemos en formidables v√≠tores que nos liberan de la insoportable tensi√≥n de nuestros sentimientos. ¬ŅY el caballo y su caballero? S√≠, ambos se alejan. Se alejan de verdad. Vienen directamente hacia nuestra izquierda, en l√≠nea paralela al muro que ahora escupe sin tregua llama y fuego. Los fusiles crepitan de modo constante y ese coraz√≥n valeroso sirve de blanco a cada bala.

De pronto, una gran sábana de humo se levanta detrás del muro. Una y otra la suceden y suben antes de que alcance a nuestros oídos el tronar de las explosiones y el zumbido de los proyectiles que llegan y brincan hasta donde estamos, a través de nubes de polvo, haciendo caer de vez en cuando a un hombre, causando una distracción momentánea., suscitando un egoísta pensamiento fugaz.

El polvo se dispersa. ¬°Incre√≠ble!... Ese caballo y ese caballero hechizados han franqueado un barranco y suben otra colina para descubrir otra conspiraci√≥n de silencio y frustrar el designio de otras huestes armadas. Un instante m√°s, y tambi√©n aquella cumbre entra en erupci√≥n. El caballo se encabrita y golpea el aire con sus patas delanteras. Por fin cae. Pero... ¬°qui√©n dir√≠a! El hombre se ha desprendido del animal muerto. Se yergue, inm√≥vil, y con la mano derecha levanta el sable por encima de la cabeza. Nos mira de frente. Luego baja la mano a la altura del rostro, extiende el brazo, la hoja del sable describe una curva hacia el suelo. Es una se√Īal a nosotros, al mundo, a la posteridad. Es el saludo de un h√©roe a la muerte y a la historia.

De nuevo se ha roto el hechizo. Nuestros hombres tratan de lanzar v√≠tores: la emoci√≥n los ahoga: articulan gritos roncos, discordantes, aferran sus armas y se precipitan tumultuosamente en el campo abierto. Los tiradores, sin haber recibido √≥rdenes, en contra de las √≥rdenes, avanzan a todo correr como sabuesos sueltos. Nuestros ca√Īones hablan y los del enemigo contestan a coro. De izquierda a derecha, hasta donde la vista alcanza, erige sus torres de humo la distante colina, que ahora parece tan cerca, y los gruesos proyectiles se abaten gru√Īendo sobre la masa hormigueante de nuestras tropas. Uno despu√©s de otro, nuestros estandartes emergen del bosque, nuestras filas se adelantan impetuosamente, y las armas bru√Īidas centellean al sol. S√≥lo los √ļltimos batallones, dando pruebas de obediencia, permanecen a la distancia prescrita del frente rebelde.

El general en jefe no se ha movido. Baja ahora sus prism√°ticos y echa una ojeada a derecha e izquierda. Ve la corriente humana que avanza a ambos lados del grupo formado por √©l y por su escolta, como un remolino de olas partido en dos por un pe√Īasco. Ni el menor signo de emoci√≥n en su rostro: est√° pensando. De nuevo mira hacia adelante: examina en toda su extensi√≥n esa colina terrible y mal√©fica. Dice una palabra en voz baja a su clar√≠n. ¬°Tralal√°! ¬°Tralal√°! Tan imperiosa es la orden que se hace obedecer. La repiten los clarines de todos los destacamentos subordinados. Las notas breves, met√°licas, se afirman por encima del zumbido del ataque y atraviesan el ruido de ca√Ī√≥n. Detenerse es batirse en retirada. Los estandartes se repliegan lentamente, las filas dan media vuelta, melanc√≥licas, cargando a los heridos. Los tiradores recogen los muertos.

¬°Ah, esos muchos, muchos muertos in√ļtiles! A esa gran alma cuyo hermoso cuerpo yace all√≠, tan n√≠tidamente recortado sobre el flanco √°rido de la colina, ¬Ņno hubieran podido ahorrarle la amarga conciencia de un sacrificio vano? ¬ŅEs que una sola excepci√≥n habr√≠a herido demasiado gravemente la implacable perfecci√≥n del plan eterno, ineluctable, divino?



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