TeCuentoUnosCuentos.com es el sitio de internet que tiene los mejores cuentos en español de los autores más reconocidos.

Chickamauga

Ambrose Bierce

En una tarde soleada de oto√Īo, un ni√Īo perdido en el campo, lejos de su r√ļstica vivienda, entr√≥ en un bosque sin ser visto. Sent√≠a la nueva felicidad de escapar a toda vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su esp√≠ritu, en el cuerpo de sus antepasados, y durante miles y miles de a√Īos, estaba habituado a cumplir haza√Īas memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos cr√≠ticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en pe√Īascos. Desde la cuna de su raza, ese esp√≠ritu hab√≠a logrado abrirse camino a trav√©s de dos continentes y despu√©s, franqueando el ancho mar, hab√≠a penetrado en un terreno donde recibi√≥ como herencia la guerra y el poder.

Era un ni√Īo de seis a√Īos, hijo de un pobre plantador. Este, durante su primera juventud, hab√≠a sido soldado, hab√≠a luchado en el extremo sur. Pero en la existencia apacible del plantador, la llama de la guerra hab√≠a sobrevivido; una vez encendida, nunca se apag√≥. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el ni√Īo las hab√≠a comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo, sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallard√≠a, como conviene al hijo de una raza heroica, y separaba de tiempo en tiempo en los claros soleados del bosque para asumir, exager√°ndolas, las actitudes de agresi√≥n y defensa que le fueron ense√Īadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometi√≥ el error t√°ctico bastante frecuente de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y se encontr√≥ por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas r√°pidas aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que acababa de cruzarlo con il√≥gica facilidad. Pero el intr√©pido guerrero no iba a dejarse amilanar; el esp√≠ritu de la raza que hab√≠a franqueado el ancho mar ard√≠a, invencible, dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del r√≠o descubri√≥ un lugar donde hab√≠a algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cay√≥ de nuevo sobre la retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pas√≥ a todos a cuchillo.

Ahora, una vez ganada la batalla, la prudencia exig√≠a que se replegara sobre la base de sus operaciones. ¬°Ay!, como tantos otros conquistadores m√°s grandes que √©l, como el m√°s grande de todos, no pod√≠a ni refrenar su sed de guerra ni comprender que el m√°s afortunado no puede tentar al Destino. De pronto, mientras avanzaba desde la orilla, se encontr√≥ frente a un nuevo y formidable adversario. A la vuelta de un sendero, con las orejas tiesas y las patas delanteras colgantes, muy erguido, estaba sentado un conejo. El ni√Īo lanz√≥ una exclamaci√≥n de asombro, dio media vuelta y escap√≥ sin saber qu√© direcci√≥n tomaba, llamando a su madre con gritos inarticulados, llorando, tropezando, con su tierna piel cruelmente desgarrada por las zarzas, su corazoncito palpitando de terror, sin aliento, enceguecido por las l√°grimas, perdido en el bosque. Despu√©s, durante m√°s de una hora, sus pies vagabundos lo llevaron a trav√©s de malezas inextricables, y por fin, rendido de cansancio, se acost√≥ en un estrecho espacio entre dos rocas a pocas yardas del r√≠o. All√≠, sin dejar de apretar su sable de madera, que no era ya para √©l un arma sino un compa√Īero, se durmi√≥ a fuerza de sollozos. Encima de su cabeza, los p√°jaros del bosque cantaban alegremente, las ardillas, castigando el aire con el esplendor de sus colas, chillaban y corr√≠an de √°rbol en √°rbol, ignorando al ni√Īo lastimero, y en alguna parte, muy lejos, gru√Ī√≠a un trueno, extra√Īo y sordo, como si las perdices redoblaran para celebrar la victoria de la naturaleza sobre el hijo de aquellos que, desde tiempos inmemoriales, la han reducido a la esclavitud. Y del otro lado, en la peque√Īa plantaci√≥n, donde hombres blancos y negros, llenos de alarma, buscaban afiebradamente en los campos y los cercos, una madre ten√≠a el coraz√≥n destrozado por la desaparici√≥n de su hijo.

Pasaron las horas y el peque√Īo durmiente se levant√≥. La frescura de la tarde trans√≠a sus miembros; el temor a las tinieblas, su coraz√≥n. Pero hab√≠a descansado y no lloraba m√°s. Impulsado a obrar por un impulso ciego, se abri√≥ camino a trav√©s de las malezas que lo rodeaban hasta llegar a un extremo m√°s abierto: a su derecha, el arroyo; a su izquierda, una suave pendiente con unos pocos √°rboles; arriba, las sombras cada vez m√°s densas del crep√ļsculo. Una niebla tenue, espectral, a lo largo del agua, le inspir√≥ miedo y repugnancia; en lugar de atravesar el arroyo por segunda vez en la direcci√≥n en que hab√≠a venido, le dio la espalda y avanz√≥ hacia el bosque sombr√≠o que lo cercaba. S√ļbitamente, ante sus ojos, vio desplazarse un objeto extra√Īo que tom√≥ al principio por un enorme animal: perro, cerdo, no lo sab√≠a; quiz√° fuera un oso. Hab√≠a visto im√°genes de osos y, no abrigando temor hacia ellos, hab√≠a deseado vagamente encontrar uno. Pero algo en la forma o en el movimiento de aquel objeto, algo torpe en su andar, le dijo que no era un oso; el miedo refren√≥ la curiosidad, y el ni√Īo se detuvo. Sin embargo, a medida que la extra√Īa criatura avanzaba con lentitud, aument√≥ su coraje porque advirti√≥ que no ten√≠a, al menos, las orejas largas y amenazadoras del conejo. Quiz√° su esp√≠ritu impresionable era consciente a medias de algo familiar en ese andar vacilante, ingrato. Antes de que se hubiera acercado lo suficiente para disipar sus dudas, vio que la criatura era seguida por otra y otra y otra. Y hab√≠a muchas m√°s a derecha e izquierda: el campo abierto que lo rodeaba hormigueaba de aquellos seres, y todos avanzaban hacia el arroyo.

Eran hombres. Trepaban con las manos y las rodillas. Algunos s√≥lo usaban las manos, arrastrando las piernas; otros, s√≥lo las rodillas, y los brazos colgaban, in√ļtiles, de cada lado. Trataban de ponerse en pie, pero se abat√≠an en el curso de su esfuerzo, el rostro contra la tierra. Nada hac√≠an normalmente, nada hac√≠an de igual manera, salvo esa progresi√≥n pie por pie en el mismo sentido. Una por uno, dos por dos, en peque√Īos grupos, continuaban avanzando en la penumbra; a veces, algunos hac√≠an un alto, otros se les adelantaban, arrastr√°ndose con lentitud, y aquellos, entonces, reanudaban el movimiento. Llegaban por docenas y por centenares; se extend√≠an a derecha e izquierda hasta donde pod√≠a escrutarse en la oscuridad creciente, y el bosque negro detr√°s de ellos parec√≠a interminable. El suelo mismo parec√≠a desplazarse hacia el arroyo. De tiempo en tiempo, uno de aquellos que hab√≠an hecho un alto no reanudaba su camino y yac√≠a inm√≥vil: estaba muerto. Algunos se deten√≠an y gesticulaban de manera extra√Īa: levantaban los brazos y los dejaban caer de nuevo, se tomaban la cabeza con ambas manos, extend√≠an sus palmas hacia el cielo como hacen ciertos hombres durante las plegarias que dicen en com√ļn.

El ni√Īo no repar√≥ en todos estos detalles que s√≥lo hubiera podido advertir un espectador de m√°s edad. S√≥lo vio una cosa: eran hombres, y sin embargo se arrastraban como ni√Īitos. Eran hombres, nada ten√≠an pues de terrible, aunque algunos llevaran vestimentas que desconoc√≠a. Camin√≥ libremente en medio de ellos, mir√°ndolos de cerca con infantil curiosidad. Los rostros de todos eran singularmente p√°lidos; muchos estaban cubiertos de rastros y gotas rojas. Esto, unido a sus actitudes grotescas, les record√≥ al payaso pintarrajeado que hab√≠a visto en el circo el verano anterior, y se puso a re√≠r al contemplarlos. Pero esos hombres mutilados y sanguinolentos no dejaban de avanzar, sin advertir, al igual que el ni√Īo, el dram√°tico contraste entre la risa de √©ste y su propia y horrible gravedad. Para el ni√Īo era un espect√°culo c√≥mico. Hab√≠a visto a los negros de su padre arrastrarse sobre las manos y las rodillas para divertirlo: en esta posici√≥n los hab√≠a montado, ¬ęhaciendo creer¬Ľ que los tomaba por caballos. Y entonces se aproxim√≥ por detr√°s a una de esas formas rampantes, y despu√©s, con un √°gil movimiento, se le sent√≥ a horcajadas. El hombre se desplom√≥ sobre el pecho, recuper√≥ el equilibrio, furiosamente, hizo caer redondo al ni√Īo como hubiera podido hacerlo un potrillo salvaje y despu√©s volvi√≥ hacia √©l un rostro al que le faltaba la mand√≠bula inferior; de los dientes superiores a la garganta, se abr√≠a un gran hueco rojo franjeado de pedazos de carne colgante y de esquirlas de hueso. La saliente monstruosa de la nariz, la falta de ment√≥n, los ojos montaraces, daban al herido el aspecto de un gran p√°jaro rapaz con el cuello y el pecho enrojecidos por la sangre de su presa. El hombre se incorpor√≥ sobre las rodillas. El ni√Īo se puso de pie. El hombre lo amenaz√≥ con el pu√Īo. El ni√Īo, por fin aterrorizado, corri√≥ hasta un √°rbol pr√≥ximo, se guareci√≥ detr√°s del tronco, y despu√©s encar√≥ la situaci√≥n con mayor seriedad. Y la siniestra multitud continuaba arrastr√°ndose, lenta, dolorosa, en una l√ļgubre pantomima, bajando la pendiente como un hormigueo de escarabajos negros, sin hacer jam√°s el menor ruido, en un silencio profundo, absoluto.

En vez de oscurecerse, el hechizado paisaje comenz√≥ a iluminarse. M√°s all√° del arroyo, a trav√©s de la cintura de √°rboles, brillaba una extra√Īa luz roja sobre la cual se destacaba el negro encaje de las ramas; golpeaba las siluetas rampantes y proyectaba sobre ellas monstruosas sombras que caricaturizaban sus movimientos en la hierba iluminada; ca√≠a en sus rostros, te√Ī√≠a su palidez de un color bermell√≥n, acentuando las manchas que distorsionaban y maculaban a tantos de ellos, y centelleaba sobre los botones y las partes met√°licas de sus ropas. Por instinto, el ni√Īo se volvi√≥ hacia aquel esplendor siempre creciente, y baj√≥ la colina con sus horribles compa√Īeros; en pocos instantes, hab√≠a pasado al primero de la multitud, haza√Īa f√°cil dada su manifiesta superioridad sobre todos. Se coloc√≥ a la cabeza, el sable de madera siempre en la mano, y dirigi√≥ la marcha, adaptando su andar al de ellos, solemne, volvi√©ndose de vez en cuando para verificar que sus fuerzas no quedaban atr√°s. A buen seguro, nunca un jefe tuvo semejante s√©quito.

Esparcidos por el terreno que enangostaba lentamente aquella marcha atroz de la multitud hacia el agua, hab√≠a algunos objetos que no provocaban ninguna asociaci√≥n de ideas significativa en el esp√≠ritu del jefe: en algunos lugares, una manta enrollada a lo largo, con las dos puntas atadas por una cuerda; aqu√≠, una pesada mochila de soldado; all√°, un fusil roto; en suma, esos desechos que se encuentran en la retaguardia de las tropas en retirada, jalonando la pista de los vencidos que han huido de sus perseguidores. En todos lados junto al arroyo, bordeado en aquel sitio por tierras bajas, el suelo hab√≠a sido hollado y transformado en lodo por los pies de los hombres y los cascos de los caballos. Un observador m√°s experimentado habr√≠a advertido que esas huellas iban en ambas direcciones; dos veces hab√≠an pasado por el terreno: avanzando, retrocediendo. Algunas horas antes, aquellos heridos sin esperanza hab√≠an penetrado en el bosque por millares, en compa√Ī√≠a de sus camaradas m√°s felices, muy lejos ahora. Sus batallones sucesivos, dispers√°ndose en enjambres y reform√°ndose en l√≠neas, hab√≠an desfilado junto al ni√Īo dormido, por poco lo hab√≠an pisoteado en su sue√Īo. El ruido y el murmullo de su marcha no lo hab√≠an despertado. Casi a la distancia de un hondazo del lugar en que estaba acostado, hab√≠an librado batalla; pero el ni√Īo no hab√≠a o√≠do el estruendo de los fusiles, el estampido de los ca√Īones, ¬ęla voz tonante de los capitanes y los clamores¬Ľ. Hab√≠a dormido durante casi todo el combate, apretando contra su pecho el sable de madera, quiz√° por inconsciente simpat√≠a hacia el conjunto marcial que lo rodeaba, pero tan insensible a la magnificencia de la lucha como a los ca√≠dos que all√≠ hab√≠an muerto para hacerla gloriosa. M√°s all√° de los √°rboles, del otro lado del arroyo, ahora el fuego se reflejaba sobre la tierra desde lo alto de su b√≥veda de humo y ba√Īaba todo el paisaje, transformando en vapor dorado la l√≠nea sinuosa de la niebla. Sobre el agua brillaban anchas manchas rojas, y rojas eran igualmente casi todas las piedras que emerg√≠an. Pero sobre aquellas piedras hab√≠a sangre: los heridos menos graves las hab√≠an maculado al pasar. Gracias a ellas, tambi√©n, el ni√Īo cruz√≥ el arroyo a paso r√°pido; iba hacia el fuego. Una vez en la otra orilla, se volvi√≥ para mirar a sus compa√Īeros de marcha. La vanguardia llegaba al arroyo. Los m√°s vigorosos se hab√≠an arrastrado hasta el borde y hab√≠an hundido el rostro en el agua. Tres o cuatro, que yac√≠an inm√≥viles, parec√≠an no tener ya cabeza. Ante ese espect√°culo, los ojos del ni√Īo se dilataron de asombro; por hospitalario que fuera su esp√≠ritu, no pod√≠a aceptar un fen√≥meno que implicara pareja vitalidad. Despu√©s de haber abrevado su sed, aquellos hombres no hab√≠an tenido fuerzas para retroceder ni mantener sus cabezas por encima del agua: se hab√≠an ahogado. Detr√°s de ellos, los claros del bosque permitieron ver al jefe, como al principio de su marcha, innumerables e informes siluetas. Pero no todas se mov√≠an. El ni√Īo agit√≥ su gorra para animarlas y, sonriendo, se√Īal√≥ con el sable de madera en direcci√≥n a la claridad que lo guiaba, columna de fuego de aquel extra√Īo √©xodo.

Confiando en la fidelidad de sus compa√Īeros, penetr√≥ en la cintura de √°rboles, la franque√≥ f√°cilmente, a la luz roja, escal√≥ una empalizada, atraves√≥ corriendo un campo, volvi√©ndose de tiempo en tiempo para coquetear con su obediente sombra, y de tal modo se aproxim√≥ a las ruinas de una casa en llamas. Por doquiera, la desolaci√≥n. A la luz del inmenso brasero, no se ve√≠a un ser viviente. No se preocup√≥ por ello. El espect√°culo le gustaba y se puso a bailar de alegr√≠a como bailaban las llamas vacilantes. Corri√≥ aqu√≠ y all√° para recoger combustibles, pero todos los objetos que encontraba eran demasiado pesados y no pod√≠a arrojarlos al fuego, dada la distancia que le impon√≠a el calor. Desesperado, lanz√≥ su sable a la hoguera: se rend√≠a ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Su carrera militar hab√≠a terminado.

Como cambiara de lugar, detuvo la mirada en algunas dependencias cuyo aspecto era extra√Īamente familiar: ten√≠a la impresi√≥n de haber so√Īado con ellas. Se puso a reflexionar, sorprendido, y de pronto la plantaci√≥n entera, con el bosque que la rodeaba, pareci√≥ girar sobre su eje. Vacil√≥ su peque√Īo universo, se trastoc√≥ el orden de los puntos cardinales. ¬°En los edificios en llamas reconoci√≥ su propia casa!

Durante un instante qued√≥ estupefacto por la brutal revelaci√≥n. Despu√©s se puso a correr en torno a las ruinas. All√≠, plenamente visible a la luz del incendio, yac√≠a el cad√°ver de una mujer: el rostro p√°lido vuelto al cielo, las manos extendidas, agarrotadas y llenas de hierba, las ropas en desorden, el largo pelo negro, enmara√Īado, cubierto de sangre coagulada; le faltaba la mayor parte de la frente, y del agujero desgarrado sal√≠a el cerebro que desbordaba sobre las sienes, masa gris y espumosa coronada de racimos escarlata obra de un ob√ļs. El ni√Īo hizo ademanes salvajes e inciertos. Lanz√≥ gritos inarticulados, indescriptibles, que hac√≠an pensar en los chillidos de un mono y en los cloqueos de un ganso, sonido atroz, sin alma, maldito lenguaje del demonio. El ni√Īo era sordomudo.

Después permaneció inmóvil, los labios temblorosos, los ojos fijos en las ruinas.



Cuentos más leídos

1. Las fresas
     √Čmile Zola

2. La biblioteca total
     Jorge Luis Borges

3. Un artista
     Manuel Mujica L√°inez

4. Odín
     Jorge Luis Borges y Delia Ingenieros

5. Tobermory
     Saki

6. La venganza
     Leonardo Santill√°n

7. Todo el peso de la ley
     Jorge Majfud

8. El ojo del amo
     Italo Calvino

9. El misterio del perro parlante
     Silvia Privado Villar

10. El disparo memorable
     Alexandr Puchkin