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Una víctima de la publicidad

√Čmile Zola

Conoc√≠ a un chico, fallecido el a√Īo pasado, cuya vida fue un prolongado martirio. Desde que tuvo uso de raz√≥n, Claude se hab√≠a hecho este razonamiento: ¬ęEl plan de mi existencia est√° trazado. No tengo m√°s que aceptar las ventajas de mi tiempo. Para marchar con el progreso y vivir totalmente feliz, me bastar√° con leer los peri√≥dicos y los carteles publicitarios, ma√Īana y tarde, y hacer exactamente lo que esos soberanos gu√≠as me aconsejen. En ello radica la verdadera sabidur√≠a, la √ļnica felicidad posible¬Ľ. A partir de aquel d√≠a, Claude adopt√≥ los anuncios de los peri√≥dicos y de los carteles como c√≥digo de vida. √Čstos se convirtieron en el gu√≠a infalible que le ayudaba a decidirlo todo; no compr√≥ nada, no emprendi√≥ nada que no le hubiera sido recomendado por la voz de la publicidad. As√≠ fue como el desventurado vivi√≥ en un aut√©ntico infierno.

Claude adquiri√≥ un terreno formado por tierras de aluvi√≥n donde s√≥lo pudo construir sobre pilotes. La casa, construida seg√ļn un sistema novedoso, temblaba cuando hac√≠a viento y se desmoronaba con las lluvias tormentosas. En su interior, las chimeneas, provistas de ingeniosos sistemas fum√≠voros, humeaban hasta asfixiar a la gente; los timbres el√©ctricos se obstinaban en guardar silencio; los retretes, instalados seg√ļn un modelo excelente, se hab√≠an convertido en horribles cloacas; los muebles, que deb√≠an obedecer a mecanismos particulares, se negaban a abrirse y cerrarse.

Tenía sobre todo un piano que no era sino un mal organillo y una caja fuerte inviolable e incombustible que los ladrones se llevaron tranquilamente a la espalda una hermosa noche invernal.

El infortunado Claude no sufr√≠a s√≥lo en sus propiedades sino tambi√©n en su persona: La ropa se le romp√≠a en plena calle. La compraba en esos establecimientos que anuncian una rebaja considerable por liquidaci√≥n total. Un d√≠a me lo encontr√© completamente calvo. Siempre guiado por su amor al progreso, se le hab√≠a ocurrido cambiar su cabello rubio por otro moreno. El agua que acababa de usar hab√≠a hecho que se le cayera todo el pelo rubio, y √©l estaba encantado porque -seg√ļn dec√≠a- ahora podr√≠a usar cierta pomada que, con toda seguridad, le proporcionar√≠a un cabello negro dos veces m√°s espeso que su antiguo pelo rubio.

No hablar√© de todos los potingues que se tom√≥. Era robusto pero se qued√≥ escu√°lido y sin aliento. Fue entonces cuando la publicidad empez√≥ a asesinarlo. Se crey√≥ enfermo y se automedic√≥ seg√ļn las excelentes recetas de los anuncios y, para que la medicaci√≥n fuera m√°s efectiva sigui√≥ todos los tratamientos a la vez, hall√°ndose confuso ante la id√©ntica cantidad de elogios que cada producto recib√≠a.

La publicidad tampoco respet√≥ su inteligencia. Llen√≥ su biblioteca con libros que los peri√≥dicos le recomendaron. La clasificaci√≥n que adopt√≥ fue de lo m√°s ingeniosa: orden√≥ los vol√ļmenes por orden de m√©rito, quiero decir, seg√ļn el mayor o menor lirismo de los art√≠culos pagados por los editores. All√≠ se amontonaron todas las bobadas y todas las infamias contempor√°neas. Jam√°s se vio un mont√≥n de ignominias semejante. Y adem√°s, Claude hab√≠a tenido el detalle de pegar en el lomo de cada volumen el anuncio que se lo hab√≠a hecho comprar. As√≠, cuando abr√≠a un libro, sab√≠a por adelantado el entusiasmo que deb√≠a manifestar; re√≠a o lloraba seg√ļn la f√≥rmula. Con ese r√©gimen, lleg√≥ a ser completamente idiota.

El √ļltimo acto de este drama fue lastimoso. Tras haber le√≠do que hab√≠a una son√°mbula que curaba todos los males, Claude se apresur√≥ a ir a consultarla acerca de las enfermedades que no ten√≠a. La son√°mbula le propuso obsequiosamente la posibilidad de rejuvenecerlo indic√°ndole la forma para no tener m√°s de diecis√©is a√Īos. Se trataba simplemente de darse un ba√Īo y de beber determinada agua. Se trag√≥ el agua, se meti√≥ en el ba√Īo y se rejuveneci√≥ en √©l de tal manera que, al cabo de media hora, lo encontraron asfixiado.

Claude fue v√≠ctima de la publicidad hasta despu√©s de muerto. Seg√ļn su testamento, hab√≠a querido ser enterrado en un ata√ļd de embalsamamiento instant√°neo cuya patente acababa de obtener un droguero. En el cementerio, el ata√ļd se abri√≥ en dos, y el miserable cad√°ver cay√≥ al barro donde tuvo que ser enterrado revuelto con las planchas rotas de la caja. Su tumba, hecha de cart√≥n piedra y en imitaci√≥n de m√°rmol, empapada por las lluvias del primer invierno, no fue pronto nada m√°s que un mont√≥n de podredumbre sin nombre.

FIN



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