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Simplicio

√Čmile Zola

Hab√≠a en otros tiempos -no olvides, Nin√≥n, que yo debo este relato a un viejo pastor-, hab√≠a en otros tiempos, en una isla que m√°s tarde el mar devor√≥, un rey y una reina que ten√≠an un hijo. El rey era un gran rey: su copa era la mayor del reino, su espada la m√°s larga, beb√≠a y mataba soberanamente. La reina era una hermosa reina: se pon√≠a tanto maquillaje que apenas representaba cuarenta a√Īos. El hijo era tonto.

Pero tonto por completo, seg√ļn dec√≠an las personas importantes del reino. A los diecis√©is a√Īos acompa√Ī√≥ a la guerra a su padre, el rey, que intentaba acabar con una naci√≥n vecina que le hab√≠a hecho el agravio de poseer un territorio que √©l ambicionaba. Simplicio se comport√≥ como un imb√©cil, pues salv√≥ de la muerte a dos docenas de mujeres y a tres docenas y media de ni√Īos; llor√≥ tantas veces como sablazos propin√≥ su mano, y, adem√°s, la contemplaci√≥n del campo de batalla, cubierto de sangre y sembrado de cad√°veres, le caus√≥ tal impresi√≥n, inspir√≥ tal compasi√≥n a su alma, que no comi√≥ en tres d√≠as. Como ves, Nin√≥n, era un tonto en toda la extensi√≥n de la palabra.

A los diecisiete a√Īos asisti√≥ a un banquete ofrecido por su padre a todos los gastr√≥nomos del reino, y cometi√≥ en √©l todo tipo de bobadas. Se content√≥ con tomar unos cuantos bocados, hablar poco y no jurar nunca. Su copa de vino estuvo a punto de permanecer llena durante toda la comida; y el rey, deseoso de salvaguardar la dignidad de su familia, se vio obligado a vaciarla, de vez en cuando, a escondidas.

A los dieciocho a√Īos empez√≥ a salirle el bigote al pr√≠ncipe, observaci√≥n constatada por una dama de honor de la reina. ¬°Las damas de honor son tremendas, Nin√≥n! La que te menciono quer√≠a nada menos que el heredero al trono la abrazara. El pobre chico apenas dorm√≠a; se echaba a temblar cuando ella le dirig√≠a la palabra, y en cuanto o√≠a el roce de sus ropas en los jardines, desaparec√≠a. Su padre, que era un buen padre, se daba cuenta de todo esto y se re√≠a para sus adentros, hasta que al fin, como la dama presionaba cada vez m√°s y el beso no se produc√≠a, avergonz√°ndose de tener un hijo semejante, dio personalmente el beso pedido, deseoso siempre de preservar la dignidad de su familia.

-¡Qué imbécil! -exclamó aquel gran rey, que era realmente inteligente.

II

Fue al cumplir los veinte a√Īos cuando Simplicio se volvi√≥ completamente idiota. Un d√≠a encontr√≥ un bosque y se enamor√≥ de √©l. En aquellos tiempos lejanos, los √°rboles no se embellec√≠an a√ļn a golpe de podadera, ni estaba de moda enarenar los paseos o sembrar el c√©sped. Las ramas se colocaban como quer√≠an, y s√≥lo Dios dirig√≠a el desarrollo de las zarzas y el arreglo de los senderos. El bosque descubierto por Simplicio era un inmenso nido de verdor; hojas y m√°s hojas, macizos impenetrables separados por majestuosas avenidas. El musgo, feliz de hallarse en aquel lugar, se dedicaba a un derroche de crecimiento, los rosales silvestres extend√≠an sus brazos buscando espacio entre la vegetaci√≥n para realizar danzas desenfrenadas en torno a los √°rboles corpulentos; √©stos permanec√≠an tranquilos y serenos, retorciendo sus troncos en la sombra, mientras sus copas ascend√≠an ruidosas buscando los rayos veraniegos. La hierba crec√≠a a su antojo, lo mismo por las ramas que hab√≠a sobre el suelo; las hojas abrazaban el tallo, mientras que en su deseo de invadirlo todo, las margaritas y miosotis se confund√≠an y florec√≠an sobre viejos troncos derrumbados. No cab√≠a duda de que todas aquellas ramas, todas las hierbas, todas las flores cantaban, mezcl√°ndose √≠ntimamente, para charlar m√°s c√≥modamente y para contarse en voz baja los amores misteriosos de las flores.

Un soplo de vida parec√≠a animar aquellos espacios tenebrosos, dando una voz especial a cada tallo de musgo en los encantadores conciertos del alba y del atardecer. Era la inmensa fiesta de la vegetaci√≥n. Todos los insectos, los escarabajos, las abejas, las mariposas, esos enamorados de los valles floridos, se saludaban por los cuatro costados del bosque, que hab√≠an convertido en una peque√Īa rep√ļblica. Los senderos era sus senderos; los arroyos, sus arroyos; el bosque, su bosque. Viv√≠an confortablemente al pie de los √°rboles, en las ramas bajas y entre las hojas secas como en su propia casa, tranquilamente y por derecho de conquista. Como personas razonables, le hab√≠an cedido las ramas m√°s altas a los jilgueros y ruise√Īores. El bosque, que cantaba a trav√©s de sus ramas, sus hojas y sus flores, cantaba adem√°s por sus insectos y sus p√°jaros.

III

En pocos días Simplicio se hizo asiduo y buen amigo del bosque. Charló tanto con aquel conjunto de seres que acabó por perder la poca razón que le quedaba. Cuando dejaba aquellos lugares para encerrarse entre cuatro paredes, sentarse ante una mesa o acostarse en un mullido lecho, no hacía otra cosa que pensar con sus amigos del bosque. Finalmente, de forma inesperada, abandonó sus habitaciones en la corte y fue a instalarse bajo el amado follaje donde escogió un inmenso palacio.

El sal√≥n era un claro del monte, redondo y de unas mil toesas de superficie. Largos cortinajes verde oscuro adornaban su circunferencia; quinientas columnas esbeltas sosten√≠an, por debajo del techo, un velo de encaje color esmeralda; el techo mismo era una amplia c√ļpula de raso azul de tono cambiante, sembrado de agujeros dorados. Ten√≠a por dormitorio una deliciosa sala repleta de misterio y frescor, cuyos suelos y muros estaban tapizados por una mullida alfombra de un tejido inimitable. La alcoba propiamente dicha, tallada en la roca por alg√ļn gigante, era de m√°rmol rosa en las paredes y el suelo estaba cubierto de polvo de rub√≠es. Ten√≠a, adem√°s, como cuarto de ba√Īo, un abundante manantial de agua pura con una pila de cristal, perdida entre un gran macizo de flores. No necesito mencionarte, Nin√≥n, las innumerables galer√≠as que cruzaban el palacio, ni los salones de baile y espect√°culo, y menos los jardines. Era uno de esos bellos palacios que s√≥lo Dios sabe construir.

A partir de entonces, el príncipe pudo ser tonto a sus anchas, mientras que su padre, creyendo que se había convertido en lobo, buscó otro heredero que fuera digno de su trono.

IV

Durante los d√≠as que siguieron a su instalaci√≥n, Simplicio estuvo bastante ocupado trabando amistad con sus vecinos, el escarabajo de la hierba y la mariposa del aire. Todos eran excelentes y dotados casi de tanta imaginaci√≥n como los hombres. Al principio le cost√≥ trabajo comprender su lenguaje; pero pronto vio que le resultar√≠a √ļtil recordar su primera educaci√≥n. No tard√≥ en habituarse a la concisi√≥n del idioma de los insectos y, como a √©stos, termin√≥ por bastarle un solo sonido para nombrar cien objetos diferentes, seg√ļn la prolongaci√≥n del sonido y lo sostenido de la nota; de tal manera que perdi√≥ la costumbre de hablar el lenguaje humano, tan pobre en su riqueza... La forma de ser de sus nuevos amigos le encant√≥, sorprendi√©ndose sobre todo por su modo de juzgar a los reyes, que es el de aquellas personas que no los tienen. Se reconoci√≥ ignorante entre ellos, y decidi√≥ asistir a sus clases.

Su relación con los musgos y escaramujos fue menos habitual, porque no lograba comprender las palabras pronunciadas por el tallo de la hierba o el peciolo de la flor, esa dificultad condicionó bastante la amistad. El bosque no le vio con malos ojos, pues lo consideraba como a un pobre de espíritu que vivía en armonía con los animales. Nadie se ocultaba de él, hasta el punto de que en ocasiones pudo contemplar en el fondo de una alameda, a una mariposa besando el pétalo de una margarita. Venciendo su timidez, el césped llegó a dar algunas lecciones al joven príncipe. Gracias a él aprendió emocionado el lenguaje de los colores y los perfumes. A partir de entonces, las corolas encendidas saludaban a Simplicio al levantarse; las hojas verdes le contaban todo lo ocurrido durante la noche, y el grillo le confesaba, en voz baja, que estaba enamorado de la violeta.

Simplicio eligió por amiga a una mariposa dorada, de esbelto cuerpo y temblorosas alas, provista de gran coquetería. Jugaba, parecía llamarlo, y luego se alejaba rápida y ágilmente de su mano. Los grandes árboles que contemplaban aquellos coqueteos y los censuraban severamente, decían entre sí que aquello no terminaría bien.

V

Simplicio cambi√≥ de car√°cter de forma inesperada. Su bella enamorada se dio cuenta de la tristeza de su amigo, e intent√≥ conseguir una confidencia de su parte, pero s√≥lo consigui√≥ que dijera llorando: ¬ęEstoy tan feliz como el primer d√≠a.¬Ľ Pero se levantaba muy de ma√Īana para recorrer el bosque hasta la noche, separando suavemente las ramas, buscando entre los zarzales, levantando las hojas y mir√°ndose en su sombra.

-¬ŅQu√© buscar√° nuestro disc√≠pulo? -pregunt√≥ el escarabajo al musgo.

La enamorada, sorprendida por el abandono, creyó que había enloquecido de amor, pero cuando revoloteaba a su alrededor, no obtenía ni una mirada siquiera por parte de Simplicio. Los árboles habían acertado, pues pronto se consoló ésta con el primer mariposo que halló en una encrucijada.

Las plantas se entristecieron al ver al pr√≠ncipe interrogar cada mont√≥n de hierba, escudri√Īar con la mirada las largas avenidas; lamentarse por la densidad de la maleza, y exclamaron: ¬ęSimplicio ha visto a Flor de las aguas, la ondina de la fuente.¬Ľ

VI

Flor de las aguas era hija de un rayo de luz y de una gota de roc√≠o. Era tan bella que el beso de un amante deb√≠a matarla, y al mismo tiempo desprend√≠a un aroma tan dulce que un beso de sus labios le causar√≠a la muerte a su amante. El bosque lo sab√≠a, y celoso de su hijo predilecto, lo ocultaba siempre que pod√≠a. La ondina viv√≠a en una fuente rodeada de espeso ramaje, donde irradiaba vivos destellos en el silencio de la sombra, abandonaba al capricho de la corriente sus pies semiocultos por las ondas y su rubia cabellera coronada por l√≠quidas perlas. Su sonrisa hac√≠a las delicias de las n√≠nfeas espada√Īas y de otras plantas acu√°ticas. En definitiva, era el alma del valle. Viv√≠a completamente aislada, sin conocer de la tierra m√°s que el agua, su madre, y del cielo al rayo del sol, su padre. La amaban la onda que la mec√≠a y la rama que le daba sombra; pero no ten√≠a un verdadero enamorado.

Flor de las aguas sabía que moriría de amor, pero complaciéndose en esta certeza, vivía esperando la muerte, sonriendo, a pesar de todo, y con la esperanza de encontrar un día al ser amado.

Una noche y gracias a la claridad de las estrellas, Simplicio la vio entre las sinuosidades de un sendero. La buscó durante más de un mes, creyendo encontrarla detrás de cada tronco de árbol o verla deslizarse entre los setos; pero no encontró sino las grandes sombras de los álamos, agitados por la brisa.

VII

Mientras tanto, el bosque seguía mudo desconfiando de Simplicio; espesaba su follaje y lanzaba todas las sombras de la noche sobre el príncipe para tratar de entorpecer sus pasos. El peligro que amenazaba a Flor de las aguas le producía tristeza, y ya no prodigaba caricias ni amorosa charla.

La ondina volvi√≥ a los claros del bosque. Simplicio la vio, y loco de amor, se lanz√≥ tras ella sin que la ninfa, montada en un rayo de luna y volando como una pluma llevada por el viento, oyese el ruido de sus pasos. Simplicio corr√≠a tras ella sin lograr alcanzarla, con l√°grimas en los ojos y desesperaci√≥n en el alma. Corr√≠a, y el bosque segu√≠a con temor aquella carrera insensata; los arbustos invad√≠an el camino y las zarzas con sus brazos espinosos lo deten√≠an. El bosque entero defend√≠a as√≠ la vida de la ondina. Corr√≠a notando el musgo bajo sus pies. Las ramas se entrelazaban con fuerza y se mostraban ante √©l como l√°minas de bronce; las hojas secas se amontonaban en los valles; los troncos de los √°rboles ca√≠dos se atravesaban en los senderos; los pe√Īascos rodaban ante el pr√≠ncipe; los insectos picaban sus talones, y las mariposas le cegaban batiendo las alas ante sus ojos. Flor de las aguas, sin verlo ni o√≠rlo, hu√≠a sobre su rayo de luna; Simplicio tem√≠a con angustia el momento en que la viera desaparecer. Por eso corr√≠a desesperado.

VIII

Oía gritar con ira a los robles centenarios:

-¬ŅPor qu√© no nos dijiste que eras un hombre? De haberlo sabido nos hubi√©ramos ocultado de ti, te hubi√©ramos negado nuestras lecciones, para que tus ojos no hubiesen visto jam√°s a Flor de las aguas, la ondina de la fuente. Te presentaste ante nosotros con la inocencia de los animales, y ahora resulta que tienes la intenci√≥n de los hombres. Aplastas a los escarabajos, arrancas las hojas y partes las ramas. El hurac√°n del ego√≠smo te arrastra y quieres robarnos el alma.

El rosal silvestre a√Īad√≠a:

-¬°Detente, Simplicio, por piedad! Piensa que cuando un ni√Īo caprichoso quiere respirar el aroma de mis flores, en vez de dejarlas crecer libremente, las arranca y ¬Ņcu√°nto disfruta de ellas? Ni una hora.

El musgo a su vez decía:

-Det√©n tu marcha, Simplicio, y ven a so√Īar sobre el terciopelo de mi fresca alfombra. Ver√°s jugar a Flor de las aguas entre los √°rboles, podr√°s contemplarla ba√Ī√°ndose en la fuente y arrojando sobre su cuello collares de perlas l√≠quidas. Tendr√°s la alegr√≠a de mirarla; como todos nosotros podr√°s vivir para verla.

Y el bosque en su conjunto repetía:

-Detente, Simplicio; un beso la matar√°, no des ese beso. ¬ŅNo lo sabes ya? ¬ŅNo te lo ha dicho la brisa de la tarde, nuestra mensajera? Flor de las aguas es la flor celeste, cuyo perfume causa la muerte; ¬°qu√© destino tan extra√Īo el suyo! ¬°Compad√©cete de ella, y no le quites el alma con tus labios!

IX

Flor de las aguas se volvi√≥, vio a Simplicio, le sonri√≥, le hizo se√Īas para que se acercara y dijo al bosque: ¬ę√Čste es mi amado¬Ľ. Hac√≠a tres d√≠as, tres horas y tres minutos que el pr√≠ncipe persegu√≠a a la ondina. Pero las palabras de los robles tan amenazadoras estuvieron a punto de hacer huir. Flor de las aguas le tocaba ya las manos, se pon√≠a de puntillas para ver dibujarse una sonrisa en los ojos del joven.

-¡Cuánto has tardado! -le dijo-. Mi corazón había sentido que te encontrabas en el bosque, y te he estado buscando sobre un rayo de luna tres días, tres horas y tres minutos.

Simplicio callaba, conteniendo su respiración. Su amada le invitó a sentarse a orillas del manantial, acariciándolo con la mirada y contemplándolo mucho rato.

-¬ŅNo me reconoces? -dijo ella-. Te he visto a menudo en sue√Īos; so√Īaba que me tomabas de la mano y que as√≠ pase√°bamos mudos y temblorosos. ¬ŅT√ļ me has visto? ¬ŅMe llamabas en tus sue√Īos?

Y cuando, por fin, el príncipe iba a hablar:

-No digas nada -dijo la ondina-; soy Flor de las aguas y t√ļ eres mi amante. Vamos a morir.

X

Los árboles corpulentos se inclinaban para ver mejor a la joven pareja, estremeciéndose de dolor porque su alma iba a emprender su vuelo. Todas las voces callaron; desde la brizna de hierba hasta el inmenso roble, todos se sintieron dominados por la piedad, sin que se oyese un solo grito de cólera, pues Simplicio, en su condición de amante de Flor de las aguas, era también hijo del bosque.

La ninfa apoy√≥ la cabeza en el hombro de su compa√Īero, y se inclinaron hacia el fondo del arroyo, sonriendo. A veces levantaban la frente y segu√≠an con la mirada el polvillo de oro que brillaba con los √ļltimos rayos del sol. Se abrazaron lentamente, y esperaron la primera estrella para confundirse y lanzarse hacia el infinito. Ninguna palabra interrumpi√≥ su √©xtasis. Sus almas, que sub√≠an a sus labios, se confund√≠an en su aliento. Y apareci√≥ la estrella, se unieron los labios en un supremo beso y los robles lanzaron un largo sollozo. Los labios se unieron, y las almas volaron hacia las alturas...

XI

Un hombre pr√°ctico se intern√≥ en el monte en compa√Ī√≠a de un sabio. Mientras el primero se extend√≠a en profundas consideraciones acerca de la humedad malsana de los bosques, hablando de los hermosos campos de alfalfa que podr√≠an obtenerse talando aquellos √°rboles vulgares, el segundo, que deseaba hacerse un nombre en el mundo cient√≠fico, descubriendo alguna planta todav√≠a desconocida, miraba por todas partes, examinando las ortigas y las plantas gram√≠neas. Al llegar a orillas del manantial descubrieron el cad√°ver de Simplicio. El pr√≠ncipe sonre√≠a en su sue√Īo de muerte, las ondas mec√≠an sus pies, y su cabeza reposaba sobre el c√©sped de la orilla. En sus labios, cerrados para siempre, sosten√≠a una florecilla blanca y rosa de gran delicadeza y dotada de un intenso aroma.

-Pobre loco -dijo el hombre-; sin duda ha querido coger la flor y se ha ahogado.

El naturalista, sin preocuparse del cadáver, cogió la flor, y con el pretexto de examinarla, despedazó la corola para ver sus características botánicas, y exclamó:

-¡Que magnífico hallazgo! En recuerdo de este pobre tonto voy a denominar a esta flor Anthapheleia.

-¡Ah, Ninón, Ninón!, el muy bárbaro llamó a mi maravillosa Flor de las aguas la Anthapheleia linnaia.

FIN



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