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Las fresas

√Čmile Zola

I

Una ma√Īana de junio, al abrir la ventana, recib√≠ en el rostro un soplo de aire fresco. Durante la noche hab√≠a habido una fuerte tormenta. El cielo parec√≠a como nuevo, de un azul tierno, lavado por el chaparr√≥n hasta en sus m√°s peque√Īos rincones. Los tejados, los √°rboles cuyas altas ramas percib√≠a por entre las chimeneas, estaban a√ļn empapados de lluvia, y aquel trozo de horizonte sonre√≠a bajo un sol p√°lido. De los jardines cercanos sub√≠a un agradable olor a tierra mojada.

-Vamos, Ninette, -grité alegremente- ponte el sombrero? Nos vamos al campo.

Aplaudi√≥. Termin√≥ su arreglo personal en diez minutos, lo que es muy meritorio trat√°ndose de una coqueta de veinte a√Īos. A las nueve, nos encontr√°bamos en los bosques de Verri√®res.

II

¬°Qu√© discretos bosques, y cu√°ntos enamorados no han paseado por ellos sus amores! Durante la semana, los sotos est√°n desiertos, se puede caminar uno junto al otro, con los brazos en la cintura y los labios busc√°ndose, sin m√°s peligro que el de ser vistos por las muscarias de las bre√Īas. Las avenidas se prolongan, altas y anchas, a trav√©s de las grandes arboledas, el suelo est√° cubierto de una alfombra de hierba fina sobre la que el sol, agujereando los ramajes, arroja tejos de oro. Hay caminos hundidos, senderos estrechos muy sombr√≠os, en los que es obligatorio apretarse uno contra el otro. Hay tambi√©n espesuras impenetrables donde pueden perderse si los besos cantan demasiado alto.

Ninon se soltaba de mi brazo, corr√≠a como un perro peque√Īo, feliz de sentir la hierba roz√°ndole los tobillos. Luego volv√≠a y se colgaba de mi hombro, cansada, afectuosa. El bosque se extend√≠a, mar sin fin de olas de verdor. El silencio tr√©mulo, la sombra animada que ca√≠a de los grandes √°rboles se nos sub√≠a a la cabeza, nos embriagaba con toda la savia ardiente de la primavera. En el misterio del soto uno vuelve a ser ni√Īo.

-¡Oh! ¡fresas, fresas! -gritó Ninon saltando una cuneta como una cabra escapada, y removiendo las brozas.

III

Fresas desgraciadamente, no; sólo freseras, toda una capa de freseras que se extendía por debajo de los espinos. Ninon ya no pensaba en los animales a los que les tenía auténtico pánico. Paseaba osadamente las manos por entre las hierbas, levantando cada hoja, desesperada por no encontrar ni el menor fruto.

-Se nos han adelantado -dijo con una mueca de enojo-. ¬°Oh! busquemos bien, a√ļn debe haber alguna.

Y nos pusimos a buscar concienzudamente. Con el cuerpo doblado, el cuello tendido, los ojos fijos en el suelo, avanz√°bamos a peque√Īos pasos prudentes, sin arriesgar una palabra por miedo a que las fresas se echaran a volar. Hab√≠amos olvidado el bosque, el silencio y la sombra, las amplias avenidas y los estrechos senderos. Las fresas, s√≥lo las fresas. A cada manch√≥n que encontr√°bamos, nos baj√°bamos, y nuestras manos agitadas se tocaban por debajo de las hierbas. Recorrimos as√≠ m√°s de una legua, curvados, errando a izquierda y derecha. Pero no encontramos ni la m√°s m√≠nima fresa. Freseras magn√≠ficas s√≠, con hermosas hojas de un verde oscuro. Yo ve√≠a los labios de Ninon repulgarse y sus ojos humedecerse.

IV

Hab√≠amos llegado frente a un ancho talud sobre el que el sol ca√≠a de lleno, con pesados calores. Ninon se acerc√≥ al talud, decidida a no buscar m√°s. De repente, lanz√≥ un grito intenso. Acud√≠ asustado creyendo que se hab√≠a herido. La encontr√© agachada; la emoci√≥n la hab√≠a sentado en el suelo, y me mostraba con el dedo una fresa peque√Īa, del tama√Īo de un guisante y madura s√≥lo por un lado.

-C√≥gela t√ļ -me dijo con voz baja y acariciadora.

Me senté junto a ella en la parte baja del talud.

-No, t√ļ la has encontrado, eres t√ļ quien debe cogerla -respond√≠.

-No, dame ese gusto, cógela.

Me negu√© tanto y tan bien que Ninon se decidi√≥ por fin a cortar el tallo con su u√Īa. Pero fue otra historia cuando se trat√≥ de saber qui√©n de los dos se comer√≠a aquella pobre peque√Īa fresa que nos hab√≠a costado una hora larga de b√ļsqueda. A toda costa Ninon quer√≠a met√©rmela en la boca. Resist√≠ firmemente, luego tuve que condescender y se decidi√≥ que la fresa ser√≠a partida en dos.

Ella la puso entre sus labios diciéndome con una sonrisa:

-Vamos, coge tu parte.

Cogí mi parte. No sé si la fresa fue compartida fraternalmente. Ni siquiera sé si saboreé la fresa, tan buena me supo la miel del beso de Ninon.

V

El talud estaba cubierto de freseras, de freseras como es debido. La recolecci√≥n fue abundante y feliz. Hab√≠amos puesto en el suelo un pa√Īuelo blanco, jur√°ndonos solemnemente que depositar√≠amos all√≠ nuestro bot√≠n, sin comernos ninguna. En varias ocasiones, no obstante, me pareci√≥ ver que Ninon se llevaba la mano a la boca.

Cuando terminamos la recolecci√≥n, decidimos que era el momento de buscar un rinc√≥n a la sombra para desayunar a gusto. El pa√Īuelo fue religiosamente colocado a nuestro lado.

¬°Dios bendito! ¬°Qu√© bien se estaba all√≠ sobre el musgo, en la voluptuosidad de aquel frescor verde! Ninon me miraba con ojos h√ļmedos. El sol hab√≠a puesto suaves rojeces en su cuello. Cuando vio toda mi ternura en mi mirada, se acerc√≥ a m√≠ tendi√©ndome las dos manos, en un gesto de adorable abandono.

El sol, luciendo sobre los altos ramajes, lanzaba tejos de oro a nuestros pies, en la hierba fina. Incluso las muscarias se callaban y no miraban. Cuando buscamos las fresas para com√©rnoslas, comprobamos con estupor que est√°bamos tendidos de lleno sobre el pa√Īuelo.

FIN



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