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Angéline o la casa encantada

√Čmile Zola

Hace cerca de dos a√Īos, iba en bicicleta por un camino desierto del lado de Orgeval, m√°s all√° de Poissy, cuando la brusca aparici√≥n de una vivienda a orillas del camino me sorprendi√≥ de tal forma que salt√© de la bicicleta para contemplarla mejor. Se trataba, bajo el cielo gris de noviembre y el viento fr√≠o que barr√≠a las hojas secas, de una casa de ladrillo sin gran personalidad, en medio de un vasto jard√≠n plantado de √°rboles viejos. Pero lo que la hac√≠a extraordinaria, con una rareza arisca que oprim√≠a el coraz√≥n, era el horrible abandono en el que se encontraba. Y como un batiente de la reja estaba arrancado, como un enorme r√≥tulo, deste√Īido por la lluvia, anunciaba que la propiedad estaba en venta, entr√© en el jard√≠n, cediendo a una curiosidad mezclada de angustia y malestar.

La casa deb√≠a llevar deshabitada treinta o tal vez cuarenta a√Īos. Los ladrillos de las cornisas y de los bordes estaban desunidos, invadidos por el musgo y los l√≠quenes. Numerosas grietas cruzaban la fachada, semejantes a arrugas precoces, surcando el edificio a√ļn s√≥lido, pero del que nadie se ocupaba ya en absoluto. Abajo, los pelda√Īos de la escalinata, hendidos por las heladas, invadidos por ortigas y zarzas, se asemejaban al umbral de la desolaci√≥n y de la muerte. Y, sobre todo, la horrible tristeza que proven√≠a de las ventanas sin cortinas, desnudas y glaucas, de las que los chiquillos hab√≠an roto los cristales a pedradas, permitiendo ver todas el l√ļgubre vac√≠o de las habitaciones, como ojos apagados que han permanecido abiertos en un cuerpo sin alma. Luego, a su alrededor, el amplio jard√≠n era una absoluta devastaci√≥n, el antiguo parterre apenas visible bajo las crecidas hierbas silvestres, los paseos desaparecidos, comidos por las plantas voraces, los bosquecillos convertidos en selvas v√≠rgenes, una vegetaci√≥n salvaje de cementerio abandonado en la sombra h√ļmeda de los grandes √°rboles seculares en los que, aquel d√≠a, el viento oto√Īal, lanzando su triste queja, se llevaba las √ļltimas hojas.

Durante largo rato permanecí allí, en medio de aquel lamento desesperado que brotaba de las cosas, con el corazón turbado por un miedo sordo, por una tristeza que aumentaba, retenido no obstante por una ardiente compasión, una necesidad de saber y de simpatizar con todo lo que sentía de miseria y de dolor a mi alrededor. Y, cuando me decidí a salir, vi al otro lado del camino, en el cruce de dos caminos, una especie de posada, una casucha en la que se ofrecía bebida, entré decidido a hacer hablar a la gente del lugar.

No hab√≠a all√≠ sino una anciana que me sirvi√≥ una ca√Īa de cerveza, quej√°ndose. Se lamentaba de estar situada en aquel camino alejado, por el que no pasaban ni dos ciclistas al d√≠a. Hablaba sin parar, contaba su historia, dec√≠a que se llamaba se√Īora Toussaint, que hab√≠a venido de Vernon con su hombre para hacerse cargo de aquella posada, que al principio las cosas no hab√≠an marchado mal, pero que todo iba de mal en peor desde que se hab√≠a quedado viuda. Y, despu√©s de su raudal de palabras, cuando empec√© a interrogarla acerca de la propiedad vecina, se puso circunspecta de repente, mir√°ndome con expresi√≥n desconfiada, como si yo quisiera arrancarle temibles secretos.

-¬°Ah! s√≠, la Sauvagi√®re, la casa encantada, como dicen por la comarca... Yo no s√© nada, se√Īor. No es de mi √©poca, s√≥lo har√° treinta a√Īos en Pascua que vivo aqu√≠, y esas cosas se remontan a cuarenta a√Īos. Cuando nosotros llegamos aqu√≠, la casa ya se encontraba m√°s o menos en el estado en que la ve... Los veranos pasan, los inviernos pasan y nada se mueve, salvo las piedras que caen.

-Pero, en fin -pregunt√© yo- ¬Ņpor qu√© no la venden, puesto que est√° en venta?

-¬°Ah! ¬Ņpor qu√©? ¬Ņpor qu√©? ¬°Qu√© s√© yo!... se dicen tantas cosas.

Sin duda, termin√© por inspirarle confianza. Adem√°s, era evidente que estaba deseando repetirme las cosas que se dec√≠an. Para empezar, me cont√≥ que ninguna de las chicas del pueblo vecino se habr√≠a atrevido a entrar en la Sauvagi√®re, despu√©s del anochecer, porque corr√≠a el rumor de que un alma en pena se aparec√≠a all√≠ por la noche. Y, como yo me extra√Īara de que, estando tan cerca de Par√≠s, una historia semejante pudiera a√ļn encontrar alg√ļn cr√©dito, se encogi√≥ de hombros, quiso en un primer momento hacerse la fuerte, pero termin√≥ por manifestar su terror inconfeso.

-Hay sin embargo hechos, se√Īor. ¬ŅPor qu√© no la venden? Yo he visto venir compradores y todos se marcharon m√°s r√°pido que llegaron; a ninguno de ellos lo hemos visto reaparecer por aqu√≠. ¬°Y bien!, lo que es cierto es que, desde el momento en que alg√ļn visitante se atreve a entrar en la casa, pasan cosas extraordinarias: las puertas se mueven, se cierran solas con gran estr√©pito, como si soplara un viento terrible; del s√≥tano suben gritos, gemidos, sollozos; y si se obcecan, una voz desgarradora lanza un grito prolongado: ¬ę¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line!¬Ľ con una llamada tan dolorosa, que a uno se le quedan helados los huesos... Le repito que esto est√° probado, nadie le dir√° lo contrario.

Reconozco que empezaba a apasionarme por el tema, aunque fuera presa de un peque√Īo escalofr√≠o bajo la piel.

-Y esa Ang√©line, ¬Ņqui√©n es, pues?

-¬°Ah!, se√Īor, ser√≠a necesario cont√°rselo todo, y una vez m√°s, yo no s√© nada.

Sin embargo, termin√≥ por dec√≠rmelo todo. Hac√≠a cuarenta a√Īos, hacia 1858, en el momento en el que el Segundo Imperio triunfante era una fiesta permanente, M. de G..., que ocupaba un puesto en las Tuller√≠as, perdi√≥ a su esposa, de la que ten√≠a una ni√Īa, de unos diez a√Īos, Ang√©line, un milagro de belleza, vivo retrato de su madre. Dos a√Īos m√°s tarde, M. de G... se hab√≠a vuelto a casar con otra belleza c√©lebre, viuda de un general. Y aseguraban que, desde esa segunda boda, unos atroces celos hab√≠an surgido entre Ang√©line y su madrastra, la una herida en el coraz√≥n al ver a su madre ya olvidada, reemplazada tan pronto en el hogar por aquella extra√Īa; la otra, obsesionada, enloquecida por tener siempre ante ella aquel vivo retrato de la mujer que tem√≠a no poder hacer olvidar. La Sauvagi√®re pertenec√≠a a la nueva se√Īora de G..., y all√≠, una noche, viendo que el padre besaba apasionadamente a la hija, en su demencia celosa, habr√≠a golpeado a la ni√Īa de tal manera, que la pobre peque√Īa habr√≠a ca√≠do muerta, con la nuca fracturada. Luego, lo dem√°s era horroroso: el padre fuera de s√≠ aceptaba enterrar √©l mismo a su hija en el s√≥tano de la casa para salvar a la asesina; el cuerpecito permanec√≠a all√≠ enterrado mientras afirmaban que la chiquilla se encontraba en casa de una t√≠a; los aullidos de un perro, que se empe√Īaba en ara√Īar el suelo, hizo que finalmente se descubriera el crimen, del que las Tuller√≠as se apresuraron a ahogar el esc√°ndalo. En la actualidad, el se√Īor y la se√Īora de G... estaban muertos, pero Ang√©line volv√≠a a√ļn cada noche, al o√≠r una voz lastimera que la llamaba, desde el m√°s all√° misterioso de las tinieblas.

-Nadie me desmentir√° -concluy√≥ la se√Īora Toussaint-. Todo esto es tan cierto como que dos y dos son cuatro.

Yo la hab√≠a escuchado, despavorido, sorprendido por las inverosimilitudes, pero, conquistado, no obstante por la rareza violenta y sombr√≠a del drama. Aquel se√Īor de G..., yo hab√≠a o√≠do hablar de √©l y cre√≠a saber efectivamente que se hab√≠a vuelto a casar y que un dolor familiar hab√≠a ensombrecido su vida. ¬ŅEra, pues, cierto? ¬°Qu√© historia tr√°gica y enternecedora, todas las pasiones humanas removidas, exasperadas hasta la demencia, el crimen pasional m√°s terror√≠fico que pudiera verse, una chiquilla bella como el d√≠a, adorada, asesinada por su madrastra y enterrada por su padre en un rinc√≥n del s√≥tano! Era demasiado hermoso de emoci√≥n y de horror. Yo iba a seguir preguntando, discutiendo, luego me dije ¬ę¬ŅPara qu√©?¬Ľ. ¬ŅPor qu√© no llevarme, en su flor de imaginaci√≥n popular, aquel cuento horroroso?

Cuando volv√≠a a montar en bicicleta, ech√© una √ļltima ojeada a la Sauvagi√®re. La noche descend√≠a, la casa miserable me miraba desde sus ventanas vac√≠as y oscuras, semejantes a ojos de muerta, mientras que el viento oto√Īal gem√≠a entre los viejos √°rboles.

II

¬ŅPor qu√© se clav√≥ esta historia en mi cr√°neo, hasta convertirse en una obsesi√≥n, en un verdadero tormento? √Čse es uno de los problemas intelectuales dif√≠ciles de resolver. De nada serv√≠a decirme a m√≠ mismo que leyendas semejantes corren por la campi√Īa, que √©sta, en suma, no presentaba ning√ļn inter√©s directo para m√≠. A pesar de todo, la ni√Īa muerta me obsesionaba, aquella Ang√©line deliciosa y tr√°gica, que una voz lastimera llamaba cada noche desde hac√≠a cuarenta a√Īos, a trav√©s de las habitaciones vac√≠as de la casa abandonada. Y durante los dos primeros meses del invierno, hice averiguaciones. Evidentemente, por poco que una desaparici√≥n semejante, una aventura hasta ese punto tr√°gica, hubiera salido al exterior, los peri√≥dicos del momento deb√≠an haber hablado de ella. Examin√© las colecciones de la Biblioteca Nacional, sin descubrir nada, ni una l√≠nea que se pareciera a semejante historia. Luego, interrogu√© a los coet√°neos, a personas de las Tuller√≠as: ninguna pudo contestarme con exactitud, s√≥lo obtuve informaciones contradictorias, hasta el punto de que hab√≠a abandonado toda esperanza de llegar a la verdad, sin dejar de sentirme presa del tormento del misterio, cuando una casualidad me puso una ma√Īana sobre una nueva pista.

Iba, cada dos o tres semanas, a hacerle una visita de buena confraternidad, de ternura y de admiraci√≥n, al viejo poeta V... que falleci√≥ el pasado abril, cerca de los setenta a√Īos. Desde hac√≠a ya muchos a√Īos, una par√°lisis en las piernas lo ten√≠a clavado en un sill√≥n en su peque√Īo gabinete de trabajo de la calle de Assas, cuya ventana daba al jard√≠n del Luxemburgo. Acababa all√≠ dulcemente una vida de ensue√Īo, sin haber vivido m√°s que de imaginaci√≥n, habi√©ndose construido el ideal palacio en el que, lejos de lo real, hab√≠a amado y sufrido. ¬ŅQui√©n de nosotros no recuerda su fino rostro amable, sus cabellos blancos de bucles infantiles, sus p√°lidos ojos azules que hab√≠an conservado la inocencia de la juventud? No podr√≠a decirse que mintiera siempre, pero lo cierto es que inventaba sin cesar, de tal manera que no se sab√≠a nunca con exactitud d√≥nde acababa para √©l la realidad y d√≥nde empezaba el sue√Īo. Era un anciano encantador, desde hac√≠a mucho tiempo fuera de la vida, cuya conversaci√≥n me conmov√≠a frecuentemente como una revelaci√≥n discreta y vaga de lo desconocido.

Aquel d√≠a, charlaba pues con √©l cerca de la ventana, en la estrecha habitaci√≥n, que calentaba siempre un fuego intenso. Fuera, la helada era terrible, y el jard√≠n del Luxemburgo se extend√≠a blanco de nieve presentando a la vista un vasto horizonte de candor inmaculado. Y no s√© c√≥mo llegu√© a hablarle de la Sauvagi√®re, de aquella historia que me preocupaba a√ļn: el padre casado de nuevo, la madrastra celosa de la ni√Īa vivo retrato de su madre, luego su sepultura al fondo del s√≥tano. Me hab√≠a escuchado con la tranquila sonrisa que conservaba incluso en la tristeza. Se hab√≠a hecho silencio, su p√°lida mirada azul se perd√≠a a lo lejos, en la inmensidad blanca del Luxemburgo, mientras que una sombra de sue√Īo, emanaba de √©l y parec√≠a envolverlo con un ligero escalofr√≠o.

-Conoc√≠ mucho al se√Īor de G... -dijo lentamente-. Conoc√≠ a su primera esposa, de una belleza sobrehumana; conoc√≠ a la segunda, no menos prodigiosamente bella; e incluso las am√© apasionadamente a las dos, sin decirlo jam√°s. Conoc√≠a tambi√©n a Ang√©line, que era a√ļn m√°s bella, y que todos los hombres habr√≠an adorado de rodillas... Pero las cosas no ocurrieron exactamente como usted dice.

Fue para m√≠ una gran emoci√≥n. ¬ŅEra la verdad inesperada de la que ya desesperaba? ¬ŅIba a saberlo todo? En un primer momento no desconfi√© y le dije:

-¡Ah! amigo mío, ¡qué favor me hace! Por fin mi pobre cabeza va a poder calmarse. Hable rápido, cuéntemelo todo.

Pero √©l no me escuchaba, su mirada permanec√≠a perdida en la lejan√≠a. Luego habl√≥ con voz de ensue√Īo, como si hubiera ido creando los seres y las cosas a medida que los evocaba.

-Ang√©line era, a los doce a√Īos, un alma en la que todo el amor de la mujer hab√≠a florecido ya, con sus arrebatos de alegr√≠a y de dolor. Fue ella quien cay√≥ perdidamente celosa de la nueva esposa, que ve√≠a cada d√≠a del brazo de su padre. Sufr√≠a como si se tratara de una horrible traici√≥n, pero no era s√≥lo a su madre a la que la nueva pareja insultaba, era a ella misma a la que torturaba y le desgarraba el coraz√≥n. Cada noche, o√≠a a su madre que la llamaba desde la tumba; y una noche en que sufr√≠a demasiado y mor√≠a de exceso de amor, para unirse con ella, la chiquilla de doce a√Īos se clav√≥ un cuchillo en el coraz√≥n.

Yo lanc√© un grito: ¬ę¬°Dios santo! ¬Ņes posible?¬Ľ

-¬°Qu√© espanto y qu√© horror -prosigui√≥ sin o√≠rme- cuando al d√≠a siguiente, el se√Īor y la se√Īora G... encontraron a Ang√©line en su peque√Īa cama con aquel cuchillo clavado hasta el mango, en pleno pecho! Estaban en la v√≠spera de marcharse a Italia, y no hab√≠a all√≠ m√°s que la anciana doncella que hab√≠a criado a la ni√Īa. Ante el terror de que pudieran acusarles de un crimen, ayudados por la doncella, enterraron efectivamente el peque√Īo cuerpo, pero en un rinc√≥n del invernadero que hay detr√°s de la casa, al pie de un naranjo gigante. Y all√≠ lo encontraron el d√≠a en que, muertos ya los padres, la anciana criada cont√≥ la historia.

Me habían surgido dudas, lo miraba, presa de inquietud, preguntándome si no se lo estaba inventando.

-Pero -le pregunt√©- ¬Ņcree pues tambi√©n que Ang√©line pueda volver cada noche al escuchar el grito desgarrador de la voz misteriosa que la llama?

Esta vez me miró y volvió a sonreír con aire indulgente.

-¬ŅVolver? ¬°oh, amigo m√≠o! todo el mundo vuelve. ¬ŅPor qu√© no quiere que el alma de la querida peque√Īa muerta habite a√ļn en los lugares en los que am√≥ y sufri√≥? Si se oye una voz que la llama, es que la vida no ha vuelto a comenzar a√ļn para ella, pero recomenzar√°, est√© seguro de ello, puesto que todo recomienza, nada se pierde, ni al amor ni la belleza... ¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line! y ella renacer√° en el sol y en las flores.

Definitivamente, ni la convicci√≥n ni la calma se establec√≠an en m√≠. Mi viejo amigo V..., el poeta ni√Īo, no me hab√≠a aportado sino m√°s confusi√≥n. Sin duda se lo estaba inventando. No obstante, como todos los videntes, tal vez adivinaba.

-¬ŅEs de verdad, todo lo que me est√° contando? -me atrev√≠ a preguntarle riendo.

√Čl se anim√≥ a su vez:

-Por supuesto que es cierto. ¬ŅEs que todo lo infinito no es verdad?

Aquella fue la √ļltima vez que lo vi, pues tuve que ausentarme de Par√≠s, un tiempo despu√©s. A√ļn puedo verlo con su mirada so√Īadora perdida sobre las s√°banas blancas del Luxemburgo, tan tranquilo en la certidumbre de su sue√Īo sin fin, mientras que a m√≠ me devoraba la necesidad de establecer para siempre la verdad huidiza.

III

Trascurrieron dieciocho meses. Yo me hab√≠a visto obligado a viajar; grandes preocupaciones y grandes alegr√≠as hab√≠an apasionado mi vida, en mitad de la tempestad que nos lleva a todos hacia lo desconocido. Pero, siempre, a determinadas horas, o√≠a venir desde lejos y entrar en m√≠ el desolado grito: ¬ę¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line!¬Ľ. Y permanec√≠a temblando, dominado de nuevo por la duda, torturado por el deseo de saber. No pod√≠a olvidar, no exist√≠a para m√≠ m√°s infierno que la incertidumbre.

No puedo decir c√≥mo, una admirable velada de junio, me volv√≠ a encontrar en bicicleta por el camino apartado de la Sauvagi√®re. ¬ŅHab√≠a deseado formalmente volver a verla? ¬ŅEra un simple instinto el que me hac√≠a abandonar la carretera y dirigirme hacia aquel lugar? Eran casi las ocho; pero el cielo, en los d√≠as m√°s largos del a√Īo, irradiaba a√ļn con un ocaso del astro triunfal, sin una sola nube, todo un infinito de oro y azur. Y ¬°qu√© aire ligero y delicioso, qu√© buen olor de √°rboles y hierbas, qu√© tierna alegr√≠a en la paz inmensa de los campos!

Como la primera vez, ante la Sauvagi√®re, el estupor me hizo saltar de la m√°quina. Dud√© un instante, no era la misma propiedad. Una bella reja nueva brillaba bajo el sol poniente, se hab√≠an levantado de nuevo los muros de la tapia y la casa, que apenas ve√≠a entre los √°rboles, parec√≠a haber retomado una alegr√≠a risue√Īa de juventud. ¬ŅEra pues la resurrecci√≥n anunciada? ¬ŅAng√©line hab√≠a vuelto a la vida gracias a las llamadas de la voz lejana? Hab√≠a permanecido en la carretera, impresionado, mirando, cuando unos pasos lentos, cerca de m√≠, me sobresaltaron. Era la se√Īora Toussaint que tra√≠a su vaca de un campo de alfalfa pr√≥ximo.

-¬ŅNo tienen miedo pues √©stos? -le dije, se√Īalando la casa con un gesto.

Me reconoció y detuvo el animal.

-¬°Ah se√Īor! hay gente que marchar√≠a sobre el buen Dios. Hace ya m√°s de un a√Īo que la propiedad fue comprada. Pero es un pintor el que lo hizo, el pintor B..., y ya se sabe, los artistas son capaces de todo.

Luego se fue con el animal a√Īadiendo con un cabeceo:

-En fin, ya veremos en qué queda esto.

¡El pintor B..., el delicado e ingenioso artista que había pintado a tantas amables parisinas! Yo lo conocía un poco, intercambiábamos apretones de manos en los teatros, en las salas de exposiciones, en los lugares en los que nos encontrábamos. Y, de repente, un deseo irresistible de entrar, de confesarme a él, de suplicarle que me dijera lo que sabía de cierto sobre esta Sauvagière, cuyo aspecto desconocido me obsesionaba. Y, sin reflexionar, sin reparar en mi polvoriento atuendo de ciclista, que la costumbre empieza a tolerar por otra parte, empujé mi bicicleta hasta el tronco mohoso de un viejo árbol. Al escuchar el sonido claro del timbre cuyo resorte se movía en la reja, un criado acudió al que le entregué mi tarjeta de visita, y que me dejó por un instante en el jardín.

Mi sorpresa aument√≥ a√ļn m√°s cuando lanc√© una mirada a mi alrededor. Hab√≠an reparado la fachada, ya no se ve√≠an las grietas ni los ladrillos separados; la escalinata, adornada con rosas, se hab√≠a convertido en un umbral de feliz bienvenida; y las animadas ventanas re√≠an ahora, comunicaban la alegr√≠a existente en el interior, detr√°s de la blancura de sus cortinas. Y adem√°s, el jard√≠n hab√≠a sido limpiado de ortigas y zarzas, el parterre volv√≠a a ser visible como un gran ramo oloroso, los viejos √°rboles parec√≠an rejuvenecidos en su paz secular por la lluvia dorada de un sol primaveral.

Cuando el criado reapareci√≥, me introdujo en un sal√≥n coment√°ndome que el se√Īor hab√≠a ido al pueblo vecino, pero que no tardar√≠a en regresar. Lo habr√≠a esperado durante horas; me entretuve examinando la habitaci√≥n en la que me hallaba, instalada lujosamente con mullidas alfombras, cortinas y guardapuertas de cretona, conjuntadas con el amplio div√°n y los grandes sillones. Aquellos cortinajes eran tan grandes que me sorprendi√≥ entrar en un espacio tan oscuro. Luego la oscuridad se hizo completa. No s√© cuanto tiempo tuve que permanecer all√≠, se hab√≠an olvidado de m√≠, sin traer siquiera una l√°mpara. Sentado en la oscuridad, me hab√≠a puesto a revivir toda la historia tr√°gica, abandon√°ndome a la enso√Īaci√≥n. ¬ŅAng√©line hab√≠a sido asesinada? ¬ŅSe hab√≠a clavado ella misma un cuchillo en mitad del coraz√≥n? Y, confieso que, en esta casa encantada, ahora a oscuras, el miedo se adue√Ī√≥ de m√≠, un miedo que s√≥lo fue un ligero malestar, un peque√Īo escalofr√≠o a flor de piel, pero que m√°s tarde se exasper√≥, me hel√≥ por completo en una locura de p√°nico.

Al principio me pareci√≥ que unos ruidos vagos erraban por alg√ļn lado. Era sin duda en las profundidades del s√≥tano, quejas sordas, sollozos reprimidos, pesados pasos de fantasma. Luego, aquello subi√≥, se acerc√≥ y toda la casa oscura me pareci√≥ llenarse de angustia horrorosa. Y, de repente, se oy√≥ la terrible llamada: ¬ę¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line!¬Ľ con tal fuerza creciente, que cre√≠ sentir pasar sobre mi cara un soplo fr√≠o. Una puerta del sal√≥n se abri√≥ violentamente. Ang√©line entr√≥, cruz√≥ la habitaci√≥n sin verme. La reconoc√≠ en medio de la r√°faga de luz que hab√≠a entrado con ella desde el vest√≠bulo iluminado. Era la peque√Īa muerta de doce a√Īos, de una belleza milagrosa, con sus admirables cabellos rubios sobre los hombros, vestida de blanco, blanqueada por la tierra de la que volv√≠a cada noche. Pas√≥ muda, desatinada, desapareci√≥ por otra puerta, mientras que, de nuevo, el grito se repet√≠a m√°s lejano: ¬ę¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line!¬Ľ. Y yo permanec√≠ de pie, con la frente cubierta de sudor, en un estado de pavor que erizaba todo el vello de mi cuerpo, bajo aquel viento de terror procedente del misterio.

Casi inmediatamente, creo, en el momento en el que el criado tra√≠a por fin una l√°mpara, tuve consciencia de que el pintor B... estaba all√≠ y me daba la mano, excus√°ndose por haberme hecho esperar tanto rato. No tuve falso amor propio, le cont√© lo que me hab√≠a sucedido, a√ļn nervioso. Y ¬°con qu√© sorpresa me escuch√≥ en un primer momento y con qu√© buenas risas se apresur√≥ a tranquilizarme despu√©s!

-Usted ignora sin duda, amigo m√≠o, que yo soy primo de la segunda se√Īora de G... ¬°Pobre mujer! ¬°acusarla del asesinato de aquella chiquilla que am√≥ y que llor√≥ tanto como el padre! Pues la √ļnica cosa cierta es que, efectivamente, la ni√Īa muri√≥ aqu√≠, pero no por su propia mano ¬°Dios Santo!, sino de una fiebre repentina, como un rayo, por lo que los padres le tomaron pavor a esta casa, y no quisieron volver a ella jam√°s. Eso explica que permaneciera deshabitada mientras ellos viv√≠an. Despu√©s de su muerte, hubo interminables procesos que impidieron su venta. Yo la quer√≠a, la acech√© durante a√Īos, y le aseguro que no hemos visto nunca ning√ļn aparecido.

El peque√Īo escalofr√≠o me volvi√≥, y coment√©:

-Pero, yo acabo de ver ahí, hace un instante a Angéline... La terrible voz la llamaba, y ha pasado por ahí, ha cruzado esta habitación.

√Čl me miraba sorprendido, creyendo que yo estaba perdiendo la raz√≥n. Pero de repente, solt√≥ una sonora carcajada de hombre feliz.

-Es mi hija la que acaba de ver. Tuvo por padrino al se√Īor de G... que, por devoci√≥n al recuerdo, le puso ese nombre; y si su madre la ha llamado, habr√° pasado por aqu√≠. -√Čl mismo abri√≥ la puerta y llam√≥ de nuevo: ¬ę¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line! ¬°Ang√©line!¬Ľ.

La ni√Īa regres√≥, pero viva y vibrante de alegr√≠a. Era ella, con su vestido blanco, sus admirables cabellos rubios sobre los hombros, y tan bella, tan radiante de esperanza, que era como una primavera que lleva en capullo la promesa del amor, la prolongada felicidad de una existencia. ¬°Ah! ¬°la querida aparecida, la ni√Īa nueva que renac√≠a de la ni√Īa muerta! La muerte hab√≠a sido vencida. Mi viejo amigo, el poeta V..., no ment√≠a, nada se pierde, todo recomienza, la belleza como el amor. La voz de las madres llama a las ni√Īas de hoy, a las enamoradas de ma√Īana y reviven bajo el sol, entre las flores. Era de ese despertar de la ni√Īa de lo que la casa se encontraba encantada, la casa que hab√≠a vuelto a ser joven y feliz, en la alegr√≠a reencontrada de la eterna vida.

FIN



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